Aires de campo y bohemia

A 200 kilómetros al norte de Villa María, donde el Valle de las Sierras Chicas se luce de veras, la aldea trae una paz distinta. Gaucho y hippie, el lugar convida con río, tenues montañas y escapadas para respirar hondo

Escribe: Pepo Garay

Pasa una señora de pantalones coloridos y gris pelaje, libre como el viento ella y la cabellera, sabedoras ambas de que el suelo que habitan está para eso, para sentirse sin cadenas. Lo dice La Granja con pocas cosas, con un casco que se abre en forma de campo cortado por la ruta, verde pradera acá y surtido de casitas por allá, y al oeste una cadena montañosa sutil. Heme aquí dice el pueblo, respirá, relajate, no te preocupes por nada. Le hace caso la señora, la gris cabellera, y nosotros.

Capital de la bohemia de las Sierras Chicas (como San Marcos o Capilla del Monte en Punilla o Nono o Los Hornillos en Traslasierra), la aldea le escapa a los gentíos, y a cambio propone paz y amor. Apenas 50 kilómetros al norte de Córdoba capital (200 desde Villa María), el ambiente se torna especial. Hasta hay ideas de límites en el contexto, como si allende, al norte, no hubiera nada. Un recreo reconfortante. Un alivio.

Bien combina con el caso ese río dormilón (aunque a veces, y gracias al tan dañino desmonte a la cordobesa, se ponga a desbordar canales y a inundar promesas), llamado como el municipio. El que atraviesa el mapa por el centro, de este a oeste. El que del lado de las colinas, siembra el Balneario La Toma, aposento para pasarse días al sol y a la sombra en refrescante compañía. Más occidental y solitario todavía resulta el Balneario Quinto Baño, compinche de las Sierras Chicas e incluso del Río Tiu Mayú, que entre las quebradas aparece.

Hacia el este, en cambio, la cosa es más de llanuras, de calles de tierra en forma de bosques que conecta con el caserío de Los Molles. Se ven los gauchos a caballo en algunos sectores, y a los andariegos fáciles de complacer con caminatas inspiradoras. Todo, antes de regresar al “centro”, y contemplar viejas casonas de fines del siglo XIX y comienzo y mediados del XX. Entre la arquitectura antigua, destaca la donosa Capilla Nuestra Señora de Lourdes, y el Castillo Roger Agst (erigido por aquel franco alemán que prácticamente fundó el pueblo, en los alrededores del 1930).

 

Estancia Santa Catalina y Las Tres Cascadas

Hablando de historia, vale la pena subrayar la influencia que tuvieron los jesuitas en la zona. Acomodados en la cercana Estancia Santa Catalina (la más grande de las seis joyas cordobesas nombradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco), adoptaron los loteos de La Granja y su área de influencia como terrenos propios.

No queda mucho rastro de ellos en la localidad, pero si en la misma Santa Catalina (levantada a principios del siglo XVII), que el viajero podrá descubrir con solo trasladarse unos 25 kilómetros al norte, surcando huellas de tierra, monte y villas campestres perdidas en el tiempo.

También con rumbo norte, pero antes de que se termine el asfalto, un camino juguetón se desprende del paraje de Ascochinga (instalado a 10 kilómetros de La Granja), y luego de atravesar el vado del río San Miguel, conecta con las famosas Tres Cascadas. El espacio, primor serrano, convida justamente con tres saltos de agua que además sirven para masajear la espalda, en un rededor de piedras y ollas naturales. Contracorriente, arriba, aparece el Pozo Azul, aún más profundo y dadivoso.    

Una vez en allí, la opción es retornar a Ascochinga y encarar con todo el muy ripioso Camino del Pungo (sólo recomendable para transitar con camionetas preparadas), que saluda al cerro homónimo y va a parar al municipio de La Cumbre, en el Valle de Punilla.

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