Amor desmesurado

Escribe: Nadya Carro

Nunca entendí el amor desmesurado por los animales. Realmente nunca lo entendí… hasta que tuve perros y una gata y, a partir de ese contacto cotidiano, entendí muchas cosas. El calor, el amor de estos seres, llenan el alma y te humanizan cuando aparecen situaciones en las que uno descree de muchas cosas.

La proximidad de una mascota es una grata compañía, sobre todo para personas solas, que, aunque no es mi caso, conozco muchas historias y situaciones en las cuales la sola presencia de animalitos al lado de una persona le cambia la vida.

A lo largo de mi vida tuvimos, en diferentes épocas y en este orden, a Homero, un manto negro; a Ciro y Mora, dos boxers, y a Lola, una gata siamesa. La relación que construimos toda nuestra familia fue determinante en la transformación de mi actitud hacia ellos. Mi esposo tuvo mucho que ver, ya que ama a los perros y venía de una larga historia con la raza boxer: su papá compró el primer boxer atigrado que hubo en Villa María. Lo trajo desde la ciudad de Buenos Aires, cerca de 1960. Cuentan los más memoriosos de la familia que en la veterinaria, cuando lo fueron a retirar, junto al macho que habían comprado, que esperaba dentro de un canil, había también una hembra y les dio tanta pena dejarla sola que los trajeron a ambos a Villa María.

A partir de convivir con estos bichitos, todo cambió, ya nada fue igual. Las vacaciones: ¿cómo hacemos, quién los cuida? Nos vamos a cenar afuera en Navidad, ¿cómo dejarlos solos con los ruidos de la pirotecnia? O si vamos a la casa de algún familiar, algún amigo, siempre hay que tomar precauciones. Así siempre, porque nuestras mascotas forman parte de la familia que construimos con mi esposo y mis hijas y que compartimos con la abuela, mi mamá.

Y ya nada es igual cuando se van, nos queda un dolor inmenso. Primero se fue Homero, al poco tiempo llegó Ciro, que este año se fue. Y nos quedamos con Mora y Lola, perra y gata, compañeras… pero no amigas. Y ahora tenemos otra integrante de la familia, claro, pero solo viene de visita: India, una caniche, como todos los caniches: eléctrica, rápida, gritona, expectante, dulce, mimosa y adorable.

En medio de todo este bicherío pasamos los domingos, con alegrías, con monadas y ocupándonos de ellos además de todas las cosas festivas de una familia. Y juramos, repetidas veces -yo no lo creo- que cuando ya no estén, no queremos más animales para no sufrir cuando nos falten.

Nunca entendí  el amor desmesurado por los animales… pero por suerte eso fue hace mucho. Hoy forman parte de nuestra familia y celebro cada vez que alguien adopta a un animalito, nos devuelven día a día con su amor y fidelidad todo lo que hacemos por ellos.

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