Bondades sureñas

Afincada en las Sierras del Sur, la aldea muestra el perfil típico de esta bucólica región. Montañas suaves, río lozano, grandes arboledas, costumbres casi puntanas y testimonios de comechingones y ranqueles

Escribe Pepo Garay
Especial para EL DIARIO

Quedan muchas preseas por descubrir en las Sierras del Sur. Entre ellas, Las Albahacas, una pequeña aldea que 75 kilómetros al norte de Río Cuarto y a 210 de Villa María perfila un estilo bien de esta zona del mapa cordobés. Es decir, montañas bajas, pero muy vistosas, aires camperos, contundentes arboledas, aguas dadivosas, noches para reencontrarse con el alma y citas con espíritus comechingones y ranqueles.      

La propuesta, como no podía ser de otra manera, añade el típico balneario, en cuyo seno los veranos se presentan henchidos de gente, y el resto de las estaciones del año, retraídas y divinamente silenciosas.  

La radiografía del pueblo se hace fácil. Una calle larga que desde la misma entrada (ver “Cómo llegar”) abraza a los que vienen sin apuros. Cartel de bienvenida, y calle de tierra que va corcoveando y en suave desnivel muestra sencillez. La de sus 300 y pico de habitantes, que hablan con acento puntano, desnudando las cercanías con San Luis. De la vecina provincia también llevan la costumbre de tomárselo todo con soda, de armonizar con los paisajes rústicos y magníficamente puros, y de criar vacas oscuras y mansas.

Tras la curva que genera la arteria principal, las huellas conectan con el Balneario Municipal. Un vado en pendiente da las buenas, y ahí nomás lo prometido: va parejito y cristalino el río Piedra Blanca, saludado a la derecha por un follaje tupido (huelen a gloria los eucaliptus) y a la izquierda por una zona de asadores que calza traje de nostalgia en los otoños de hojas al suelo.

Yendo contracorriente, a escasos 200 o 300 metros del restaurante veraniego, surge el Baño de los Dioses. Rincón deseado por todos, merced a playas de arena ideales para contemplar un paredón entre marrón y rosado, y piedrotas para lanzarse a la claridad del agua. Allende, las últimas estribaciones de las sierras grandes ayudan a conectarse aún más.

Aquí, el viajero puede emprender caminatas que juegan con el afluente y lo persiguen, descubriendo la sabia del lugar y de comechingones y ranqueles, los primeros habitantes del valle. Pistas sobre ello arroja el antiguo alero, cercano a los asadores, lugar de reunión de las antiguas tribus, de acuerdo a los baqueanos.  

 

Follaje aquí, Villa El Chacay allá

El otro lado del vado, es más de ofrendar sombras, follaje que combina con alfombras de verde césped, como para echarse una siesta de esas que ya no existen. Apenas más alejado, Los Morteritos vuelven a echar algo de luz sobre las tradiciones de los pueblos originarios, mediante la exhibición de morteros hechos sobre rocas hace por lo menos un cuarteto de siglos.

Como parte del circuito, vale la pena acercarse hasta Villa El Chacay, que a apenas tres kilómetros de Las Albahacas redobla la apuesta de su vecina. En la comuna, el balneario Las Colecitas levanta la mano con sus bellas cascadas, mientras que el cerro El Chacay (o “Volcán Muerto” en lengua comechingona) recuerda por enésima vez que las Sierras del Sur atesoran lo suyo.

 

Cómo llegar

Tomar la ruta nacional 158 hasta Río Cuarto y en la circunvalación del “Imperio del Sur” encarar por la ruta provincial 30 (dirección a Achiras). Tras recorrer 45 kilómetros, doblar a la derecha (rumbo norte) en dirección a Alpa Corral, y sortear 25 kilómetros (todos asfaltados). Luego, hay que doblar a la izquierda (hay carteles indicadores) y atravesar unos cinco kilómetros de ripio para finalmente llegar a destino.

 

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