De empleadas a dueñas de su negocio

Ofreciendo dulzuras en su panadería

Gabriela Ledesma y Marisol Tisera – Madre e hija trabajan juntas como cocineras, panaderas y pasteleras

Madre e hija eran empleadas en una panadería y hoy están al frente, como dueñas de ese negocio. Las dos conocen los secretos de la pastelería y de la cocina en general y disfrutan del momento que viven, ofreciendo sus dulzuras

Nunca escuchamos la frase “amo los lunes”, pero en esta nota Gabriela Ledesma (47) la expresó con la convicción de quien disfruta el trabajo que lleva adelante.

“Yo se que llega el lunes y tengo que hacer alfajores, que es lo que más me gusta. Por eso amo los lunes”, señaló esta mujer egresada, al igual que su hija Marisol Tisera (28), de la escuela de cocina Capacitar como cocinera, panadera y pastelera.

Marisol había orientado su vida laboral hacia otros rumbos. Estudió Instrumentación quirúrgica -le faltan sólo tres materias- y hasta le ofrecieron empleo en una clínica, pero prefirió la panadería. “Sin darme cuenta, esto que empecé de grande es lo que más me gusta”, dijo.

Hoy es la encargada de varias recetas dulces y de la decoración de tortas de la panadería “El que come y no convida”, que desde hace dos meses tiene al frente a estas dos mujeres emprendedoras.

 

Empleada y dueña

Gabriela tiene pasión por cocinar. De niña, viviendo en el campo, estaba todo el tiempo en la cocina con una señora que le enseñaba.

Sus padres trabajaban en el campo y a ella le gustaba esperarlos con algo de comida preparada.

Incluso, entre los juguetes de su niñez hay una batería de cocina de aluminio en la que preparaba alimentos de verdad.

“A mi tía, que era la que me enseñaba, le decía que cuando fuera grande quería tener un negocio para vender comida”. Hoy ese proyecto se cumplió.

Ya viviendo en la ciudad, Gabriela tuvo a sus hijos y esperó el momento en que estuvieran escolarizados para estudiar cocina. “Mientras, les preparaba menúes especiales, diferentes para cada uno de los cuatro”, recordó.

Paralelamente empezó a trabajar en una panadería. La primera experiencia no fue muy buena. “Después fui a La Técnica, que me encantaba, y luego llegué acá”, dice, en relación al negocio ubicado en la calle José Ingenieros en la cuadra del 400. “Fui empleada 20 años y mi hija, que entró después, cinco”.

Cuando los propietarios decidieron vender el negocio, pensaban que tenían que dejar el lugar en el que habían amasado, decorado y probado nuevas recetas. Pero la historia quiso que siguieran allí. “Venían muchos interesados a comprar la panadería, pero finalmente no se vendió. Así que nos ofrecieron alquilarla y acá estamos, desde hace dos meses, en nuestro negocio”, relató Gabriela o Gabita, como le dice su mamá María Esther, quien también colabora con su descendencia en este nuevo desafío.

Cuando se hicieron cargo, remodelaron el lugar, lo pintaron y hasta se encargaron de hacer luminarias artesanales para hermosearlo. “Hoy pasamos igual que antes 11 horas en el negocio, pero estás más contenta trabajando para vos”, precisó Marisol.

“Igual, antes tuvimos gente que nos ofreció asociarse con nosotros porque le gustaba cómo cocinábamos, para que pongamos un restaurante o una pastelería. Pero nunca nos decidimos porque no era el momento. Hasta hace dos meses que se nos dio esta oportunidad”, recordó.

Otra “veta” del negocio de la comida que suman estas mujeres trabajadoras es el catering. “Un día alguien nos presentó en la Municipalidad y empezamos a hacer los servicios de desayunos y de agasajos”, relató.

 

Te cambia la vida

Marisol no tiene presente el momento en el que aprendió a cocinar. Pero cuando fue a la cocina, esos saberes aprendidos de ver a su mamá estaban ahí.

“Me gusta mucho la pastelería, la decoración de tortas y, fundamentalmente, hacer alfajores de maicena. “Fuimos modificando la receta hasta que encontramos el sabor que más nos gusta. Y, de hecho, los hacemos y vuelan”, dice.

Su madre aporta otro logro en materia de dulzuras: el alfajor de chocolate. “Es algo que hacemos nosotras acá, es muy rico”, dicen.

Hablan apasionadas de cada receta y también de este nuevo desafío que asumieron cuando abrieron el negocio. “Seguimos estando 11 horas, como antes, pero es diferente el cansancio, tenés otro entusiasmo. Ni mirás el reloj para ver la hora en que te volvés a tu casa”, dice Marisol. “En definitiva, te cambia la vida”, plantea.

Hablan apasionadas de su labor y eso permite comprender por qué dejaron atrás otras carreras y otros empleos que estaban a su alcance. Porque cocinar las hace felices y el largo camino que hicieron para estar en el lugar que están hoy les propone un desafío que afrontan con sus dulzuras.

Huevos de urraca

De niña, Gabriela experimentaba con la cocina. Tal es así que en la recorrida del campo decidió utilizar los huevos de una urraca para hacer una torta. “El sabor no es malo, pero el olor es insoportable”, señaló.

El secreto

Ellas trabajan a gusto y se nota. Van haciendo variaciones y adaptaciones de distintas recetas, pero el sabor de lo que venden tiene un secreto: el horno de barro.

“Es un horno de barro y ladrillos, como los de las panaderías de antes. Ya no se alimenta a leña, sino a gas, pero el sabor que encuentra la gente es el clásico de las panaderías”, remarcó Gabriela.

Lo peor del pastelero

Marisol: “Para mí, lo peor que te puede pasar en pastelería es que se mezcle un poco de yema con la clara y te arruine un merengue. O que se te pase el almíbar para hacer ese mismo merengue”.

Gabriela: “A mí lo que más bronca me da es cuando se te pasa la crema chantilly. Ahora no porque le pongo mucho cuidado, pero me ha pasado”.

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