El botón antipánico y las denuncias no le alcanzan para vivir en paz

Michelle Márquez decidió contar el calvario por el que atraviesa desde hace tiempo, luego que el pasado viernes su expareja le intentara robar a su hija por segunda vez. Convive con el miedo y choca contra una desalmada Justicia: “Ya no sé más qué hacer”

Una familia entera que no logra escapar de la violencia. Michelle dice que ya no sabe qué hacer

Escribe: Damián Stupenengo (DE NUESTRA REDACCION)

Después de describir por más de veinte minutos el horror que está viviendo ella y su familia, Michelle Abigail Márquez se quiebra en llanto cuando cuenta: “Hasta me ha apuntado con un arma”.

La joven de 24 años asegura que ya no sabe qué hacer, ante la inacción de la Justicia y la displicencia policial. La barrera entre mantener silencio y querer hacer público el infierno por el que está atravesando la cruzó el pasado viernes, cuando por segunda vez su expareja le quiso secuestrar a su pequeña hija.

Paradójicamente, en el mismo momento en el que ella estaba en Tribunales, manteniendo una charla con psicólogos, “porque me querían sacar el botón antipánico”, en el barrio Las Playas, su cuñada, quien se dirigía a la verdulería con la niña, forcejeaba, era golpeada y lograba salir corriendo para evitar que el hombre en cuestión robara a la pequeña.

“En ese momento, Karen me manda un audio y fotos por mensaje contando lo que acababa de pasar y se lo hago escuchar a la jueza, y ahí me dijo que la disculpara, que me iba a dejar el botón antipánico”, describió Michelle, que había llegado ahí porque su expareja la había denunciado por acoso “para que me saquen el botón”.

 

Un infierno

“Se llama Dardo Nefle, tiene 37 años, estuve seis meses en pareja con él y hace dos años que estamos separados. En el transcurso de esos seis meses quedé embarazada, me separé justamente por su violencia, y desde Santa Fe, donde estaba él, me llamaba y me amenazaba que se iba a llevar al bebé a la tumba”, recordó Michelle, mientras muestra una pila de denuncias.

La crónica de esta triste y desesperante historia, según contó la joven, dice que “él nunca le quiso venir a poner el apellido” y “a los siete meses recién la vino a conocer”.

“La primera vez que me quiso robar a la nena fue hace tres meses, estaba con Karen y con mi mamá, y después de eso le pusimos una orden de restricción”, detalló. Dicha orden, de 500 metros, no se cumple porque el hombre vive a apenas tres cuadras de la familia. Incluso, agregan, “lo hemos encontrado en el patio de mi casa, porque hay vecinos que lo dejan pasar, que lo ayudan y que lo esconden cuando llamamos a la Policía”.

Con el botón antipánico en sus manos, Michelle afirmó que “me lo dieron hace cuatro meses después que me quiso chocar con el camión regador, lo he tenido que usar varias veces, y siempre funcionó, el problema es que cuando viene la Policía los vecinos lo esconden y no lo pueden encontrar”.

La familia se siente desprotegida. Claudia, mamá de Michelle, mencionó: “Nosotros estamos todo el día solas, mi esposo trabaja en el campo, mi otro hijo también y el otro en el frigorífico. Siempre estamos solas nosotras tres con los nenes. Ya lo hemos encontrado en el patio, entrando por atrás, la Policía lo ha encontrado y no hace nada”.

¿Qué hacer cuando la Justicia no actúa, cuando los que deberían abrazar este tipo de situaciones les dan las espaldas? “Varias veces la jueza que está al momento que llego a hacer denuncias me ha tratado remal. Me dijo que denuncie. ¿Cuánto más tengo que denunciar? Yo trabajo por día y si no trabajo es un plato menos de comida, y el día que tengo que hacer la denuncia tengo que estar todo el día ahí, hemos ido a la mañana y nos han tomado la denuncia a las seis de la tarde. Me han tratado de mentirosa. ¿Sabés lo que es llegar a la Policía y que te digan que no tenés nada, que no hay marcas, que la agresión fue verbal entonces que deje todo porque no hay golpes?”, enfatizó Michelle, con un dejo de impotencia y desolación en sus expresiones: “Dicen eso porque no eran ellos los que tenían el arma en la cabeza”.

A raíz de estas situaciones que le tocó vivir cuando fue a pedir ayuda o a exponer situaciones de violencia es que plantea que “el botón antipánico solo sirve si cuando lo aprieto viene un policía que tiene ganas de tratarte bien, y si no te tenés que aguantar que te basureen”.

Habló por ella, por su madre y por su cuñada, pero también por sus hermanos, por su papá y por sus hijos, cuando dijo: “Vivo con miedo”.

“Ya no puedo ir ni al trabajo sola, teniendo en qué ir, me tienen que llevar por si me encuentra en la calle”, reclamó y agregó: “Trabajo en la costanera y ya una vez intentó tirarme al río”.

“Hemos presentado videos, fotos, de todo. Dicen que está todo en la Fiscalía”, se quejó, entre lágrimas, suyas y de su mamá, y apenas le quedó voz para confiar: “Ya no sé más qué hacer, porque nadie me escucha”.

 

Opinión: Cuando ni los moretones son suficiente argumento

En la ciudad que tristemente registra el mayor número de femicidios cometidos en la provincia en lo que va del año, hay mujeres que no saben cómo hacer para pedir ayuda. El caso de Michelle no es el primero en el que una mujer acude a los medios para intentar exponer lo que le sucede, como una forma de visibilizar algo que ya ha intentado hacer visible por las vías correspondientes.

Esas vías -la Justicia, denuncias, la Policía- según cuentan las víctimas, no llevan a ningún tipo de solución y sus vidas siguen siendo un infierno. Por ejemplo, meses atrás, otra joven villamariense llamada Josefina Mangas, tuvo que realizar un recorrido mediático para pedir a gritos que alguien haga algo con su expareja, quien ya no solo la agredía a ella sino a toda su familia, y las denuncias no alcazaban para ponerle freno a la situación. Ella misma contó que luego de la exposición en los medios le dieron un botón antipánico que no funcionaba.

¿De qué sirve, por ejemplo, un Polo de la Mujer, recientemente inaugurado y para albergar a mujeres víctimas de violencia, si son reiterados los casos que dicen ir a la Justicia y encontrarse con maltrato, desinterés o frases como “no tenés marcas”? ¿Cuántas víctimas más tendrá que lamentar la ciudad para que no hagan faltas moretones que argumenten el tomar acciones preventivas o, mínimamente, les aseguren poder vivir con una tranquilidad digna?                                                 D. S.

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