El Diario del centro del país

El legado de Daniel Baysre

El Baysre al que alude el autor, en la pluma de nuestro querido y recordado Nino Menardo

Opinión – El docente y exlegislador cumpliría mañana 80 años

Escribe: Alfredo Nigro
Especial para El Diario

Hace un año, un grupo de correligionarios y amigos brindábamos con el Gordo celebrando sus 79 y comprometiéndonos a hacer un brindis mucho más grande para festejar los 80 que cumpliría mañana, 21 de octubre. Daniel se tuvo que ir antes, hace pocos días, por lo que vayan estas líneas como modesto homenaje a falta de ese brindis que se dará alguna vez en otro plano…

Quizás no alcanzaría un diario para relatar la vida de uno de esos hombres que en algún momento descubrió que hay alguna circunstancia que lo supera, una pasión que lo mueve y que lo lleva a entregarse; eso que se llama militancia y que por ahí en estos tiempos suele estar vituperada.

Pero no puede dejar de mencionarse que se unió para siempre con el radicalismo al encontrarse cuando era un niño con el libro de Gálvez “Yrigoyen, el hombre del misterio”, quizás en sus frecuentes visitas a la Biblioteca que atendía la señora de Kamiensky. Que se identificó con el Rivadavia y que fue discípulo del gran maestro villamariense Antonio Sobral. Que fue docente, pionero del Festival de Peñas, funcionario de Porfirio Seppey en los 60, conoció a Amadeo Sabattini, anduvo con Arturo Illia, llegó concejal en los 70 y fue cesanteado de la docencia por la dictadura. Que fue uno de los protagonistas del amanecer democrático en 1983, encabezando una de las 3 boletas que colmaron las urnas y lo consagraron senador provincial junto a José Parola.

Como senador su tarea legislativa no se redujo a declaraciones de beneplácito, sino que, entre otras iniciativas, como buen profesor de Historia y Geografía, promovió la ley que le devolvió a los ríos de Córdoba sus nombres autóctonos y así el nuestro pasó a llamarse oficialmente Ctalamochita. Que también suscribió la necesidad de la reforma de la Constitución Provincial en 1986 desde la visión y la convicción que Córdoba se merecía una democracia moderna, participativa y con fuerte contenido social, y ante la crítica de los que solo veían un objetivo reeleccionista les respondió en el recinto que “las grandes obras de las instituciones las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las aprovechan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos…”. El de la gran interna con Veglia y Valinotto. El amigo leal de Angeloz, pero no por sumisión incondicional u obsecuencia, sino porque entendía que el Pocho supo encarnar esas ideas que no eran otras que el radicalismo… En fin, un dirigente que saboreó las mieles del triunfo y también el trago amargo de la adversidad electoral, pero de esa casta de los que aunque vinieran degollando, minga que cambiarían la camiseta…

 

No tragarse la píldora…

Ante la partida de un político, de un Ciudadano Notable como lo declararon recientemente a Daniel, suele hablarse del legado que dejan. El suyo quizás esté más allá de sus libros y tenga un destinatario particular: la juventud. En tiempos cuando en la política en general y en su partido en particular los debates de ideas están ausentes, su mensaje, ese que últimamente compartía a quien quisiera escucharlo desde la “academia” -la mesa del Bar Argentino en la que conducía deliciosas y divertidas tertulias y en la que los participantes podían ser tachados de “políticos de mesa de café” por los criticones que siempre habitan el mentidero político-, ese mensaje alentaba la unión de los radicales en torno a las ideas, a abrazar la política con pensamiento crítico y por la senda del análisis: en otras palabras, a no tragarse cual píldora les quieran hacer tragar, y a mirar el pasado para saber de dónde se viene, entender el presente y mirar con claridad hacia dónde ir, pero no para anclarse en ese pasado que ya fue, de desencuentros y viejos esquemas.

También su legado puede conducir a recuperar la amistad en la política. Siempre citaba, casi añorando, su experiencia como concejal en los convulsionados años 70, cuando pese al fragor de las luchas parlamentarias y políticas convivían amigablemente y trabajaban en conjunto por la comunidad los concejales y el intendente Carlos Pizzorno.

El diálogo era y debía ser la base de toda construcción colectiva, de los disensos surgirían los consensos. ¿Los límites? La corrupción y el fanatismo. Plenamente vigente en tiempos de tanta grieta…

Ahora bien, para no idealizarlo al Gordo y sin perjuicio de lo mencionado, hay una parte de la historia que vale la pena mencionar.

Quien escribe estas líneas no ha sido precisamente un buen alumno, pero cree haber tenido grandes maestros. Entre ellos el contador Cabezas y el profesor Baysre, o más sencillamente el Horacio y el Gordo…

La política que une tanto como desune, en un momento determinado se quebró la relación entre esos dos grandes villamarienses, la que no se restableció más, pero la enseñanza reside que aún en las divergencias fueron caballeros.

No cayeron públicamente en el agravio ni el trato peyorativo tan frecuente en el teatro de la política actual. Quien firma estás líneas tuvo el atrevimiento de propiciar el reencuentro y tácitamente Daniel lo sabía… Como él decía, la vida es como una regla de un metro y cuando se pasan los 70 y pico centímetros, lo que va quedando es cada vez menos. La parca se adelantó, se llevó primero a Horacio y ahora a Daniel y ambos ya descansan bajo los mismos árboles. Ojalá en algún lado se haya producido ese reencuentro…

Para concluir, bien vale la pena citar aquella frase se Sobral con la que Daniel supo despedirlo y homenajearlo a don Antonio: “Cuando una generación pliega sus alas, otra comienza a desplegar las suyas”…

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