El Diario del centro del país

El paraíso no está tan lejos

DESTINOS/Brasil/Ilha Grande

Unos 2.800 kilómetros al noroeste de Villa María, esta isla de encantos presenta espectaculares playas, cerros henchidos de selva y mucha paz. Para muchos, lo mejor de “o país tropical”

 

Escribe Pepo Garay Especial para El Diario

El paraíso no está tan lejos. Vive en Brasil, en el estado de Río de Janeiro, 150 kilómetros al suroeste de Río de Janeiro y 2.800 al noreste de Villa María. Lleva por nombre Ilha Grande y no tiene nada que envidiarle a otros rincones prometidos del mundo mundial. Nada, se dijo, porque en su seno tropical acoge un universo de 113 playas de ensueño, cerros preñados de vegetación inimaginable, vistas extraordinarias al continente montañoso y aldeas donde la vida se pasa en ojotas, a ritmo quedo, al respirar de paisanos que no se estresan ni porque les caiga un Bolsonaro encima. La promesa posible. El lugar donde la naturaleza brilla de veras.

Aquel cielo en la tierra dista a una media hora náutica de la opaca Angra dos Reis, la ciudad que hace las veces de “Centro de Trasferencias” (otros menos populares los corporizan Conceicao de Jacarei y Mangaratiba, más cercanos a Río). Desde allí parten pequeñas lanchas y grandes buques de pasajeros en búsqueda de Vila do Abraao, la “capital” de la isla.

 

No poder creer

Llegar es no poder creer: una cortina verde abrazada a los morros se planta ante los ojos, impoluta, al ritmo de olas que bañan las costas doradas y los muelles de madera, de otro tiempo, puerta de entrada al descanso y el relax total. Surgen entonces las certezas que ya se sabían.

Entre ellas, que en Ilha Grande no hay autos. Así, recorrerle los encantos sólo será posible de la mano de caminatas entre follaje selvático (menos recomendable resultan las bicis, por la cantidad de subidas y bajadas), o barco (durante todo el día y hacia casi cualquier punto del terreno). A tomar nota pues, toda vez que se quiera aprovechar como se debe las maravillas de un territorio que se extiende en unos 30 kilómetros de largo por 14 de ancho.

Son tantos los sitios naturales para ver, que cuesta decidirse. Lo primero, en todo caso, será girundear por Vila do Abraao. Un pueblo precioso y muy bien preparado para el turismo, y que no por ello pierde su carácter auténtico, de aldeanos que aplauden los días en armonía con el paisaje. Esto es: en paz, en abundancia de recursos (se caen las frutas de los árboles de los patios, e incluso en las profundidades de la selva, y fácil salen los peces del mar caña de pescar mediante), en la certeza de que aquí Brasil es Brasil mismo.

Posadas y cabañas sobran. Barcitos y restaurantes con mesas sobre la arena (algunas besadas por el desenlace de olas quedas), también. Igual que actividades para hacer en el rededor inmediato. Desde paseos por el centro (puñado de callecitas de adoquines y tierral, la iglesia de Sao Sebastiao y el muelle), hasta la visita a diversidad de playas muy cercanas (como la Preta o Do Careca, por sólo nombrar algunas), todas ellas dueñas de espectaculares vistas a las continentales cordilleras del Estado de Río de Janeiro.

Otras opciones son la trepada al emblemático Pico do Papagaio (que domina la postal del pueblo y de la isla, casi 1.000 metros de altura, unas cuatro horas de caminata ida y vuelta) e incluso a las ruinas de lo que ayer fuera un presidio (cuando Ilha Grande estaba, increíblemente, vedada para los visitantes), además de los clásicos buceo, kayak o surf, o las visitas a cascadas y cavernas.

 

Las mejores playas

La isla puede ser recorrida íntegramente mediante las “trilhas” o senderos dispuestos, en un viaje que demandaría por lo menos una semana de aventura. La mayoría, en cambio, prefiere ir realizando traslados cada día, con regreso a la tardecita (ideal para contemplar románticos atardeceres en la zona del muelle).

Aquí, surgen tres opciones: barco, caminata por las ya citadas, selváticas e inspiradoras “trilhas” o combinación de ambas. Si la idea es ir y venir a pie en el día, el portfolio se reduce a la parte este de la isla. Allí, destacan playas como Ensenada Das Estreias, Saco do Ceu, Dois Ríos, Laguna Verde, Laguna Azúl (estas dos últimas en realidad ofrecen bordes de roca) y la célebre Lopez Mendes, considerada, pavada de piropo, como una de las más lindas del mundo (llegar a ella con el sólo impulso de las piernas, exigiría unas dos horas de placentera marcha, sólo ida).

En cambio, si lo que se busca es acceder a la zona oeste desde la Vila para regresar en la misma jornada (las opciones para pernoctar en otro lado que no sea Abraao son escasas), se puede contratar uno de los muchos barcos que dan la vuelta completa a la isla, tocando además playas como Aventureiros, Vermelha, Ensenada Do Sitio Forte o Bananal (hay muchas más).

En la totalidad de los casos, aguardan al viajero un mar prístino, arena impoluta, palmeras y follaje, postales redentoras. El paraíso, en fin.

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