El trabajo por la memoria no tiene fin… ni lo tendrá

“Siete piedras preciosas”, basado en un poema de Eduardo Belloccio, dedicado a nuestros desaparecidos villamarienses

NOTA Nº 533, escribe Jesús Chirino

Se cumplieron 42 años desde el golpe cívico-militar y eclesiástico que dio inicio a la dictadura más atroz abriendo de par en par las puertas del terror que ya se había iniciado con los operativos de la Triple A y el Comando Libertadores de América. Con satisfacción puede verse la enorme cantidad de ciudadanos que trabajan por la memoria, pero también existen voces que traen otro mensaje. Por estos días, en un negocio céntrico, escuché alguien que decía que en la ciudad no había pasado mucho durante la dictadura. Eso habla de lo necesario de continuar el trabajo por la memoria para que nadie desconozca lo sucedido durante la época del miedo y el terror.

 

Algo de antecedentes en la provincia

En Córdoba el 9 de octubre de 1974  Héctor García Rey, jefe de la Policía de la provincia, estuvo al frente de un operativo que allanó, de manera simultánea, los locales del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), del Partido Comunista (PC) y del sindicato de Luz y Fuerza, que lideraba Agustín Tosco. Detuvieron 46 personas, entre ellos a Tita Clelia Hidalgo que pocos días después murió a causa de la tortura que le infligieron. Durante el allanamiento, que duró ocho  horas, en las paredes del local comunista escribieron: “Si son comunistas como Guarany más bien váyanse del país porque los vamos a matar uno por uno. Si cae un policía van a caer tres de ustedes bolches hijos de p… Las Tres A”. Entonces en la provincia ejercía la intervención del Gobierno, el brigadier retirado Raúl Lacabanne. Al año siguiente, en 1975, el capitán Héctor Vergez, el comisario inspector Raúl Pedro Telleldín junto a otros integrantes del Ejército y la Policía provincial, acompañados por civiles, organizaron el Comando Libertadores de América que desarrolló una historia de crímenes y terror en el territorio provincial.

Todo se fue descomponiendo y el golpe se anunciaba. Existieron resistencias y voces que se oponían a ese camino, pero no tuvieron la suficiente fuerza. En nuestra Villa María, también sucedieron cosas. Pero aún hoy suele escucharse la expresión que en la ciudad no pasó nada, pero pasó… y mucho. Sucede que el olvido no necesita ayuda, se mueve con un infinito respeto por las leyes de la física, sin que nadie haga nada, sigue la inercia que desdibuja cada recuerdo. Sin colaboración alguna, ahoga en sus aguas todo lo que tiene que ver con la memoria. Luego resulta muy difícil rescatar algo de allí. Aunque, en honor a la verdad, están quienes se animan a esa dura y extenuante tarea para que los pueblos no olviden. Por eso debemos celebrar a quienes de una u otra manera trabajan para vencer la inercia del olvido.

 

Contra el olvido

La memoria nos necesita, no tiene posibilidad alguna de existencia sin el trabajo constante que podemos hacer por ella. Se puede olvidar para siempre, pero sería muy difícil poner algo en la memoria para siempre. Debemos ser consciente que continuamente debemos laborar para que se recuerde aquello que deseamos mantener en la memoria. Entender que ésta no es un depósito del cual, cada vez que deseamos vamos y sacamos cosas. La memoria es una construcción, fruto de las dinámicas que se dan en el juego de las cambiantes relaciones de fuerzas.

 

Decir que aquí nunca pasó nada, entre otras cosas, es faltarle el respeto a los que vivieron otro tiempo. Quizás se haga por ignorancia, descuido o tal vez por apatía. Y también, pero son muy pocos, los pícaros que sostienen este tipo de enunciados para que sus remanidas propuestas siempre aparezcan como nuevas.

 

La llovizna que cayó sobre las calles de Villa María, aquel 24 de marzo de 1976, no pudo lavar el terror de las puertas golpeadas esa madrugada por las fuerzas militares. Tampoco borró las huellas que dejó en la institucionalidad de la ciudad, la destitución del intendente elegido democráticamente. A las 5.30 de la mañana, salieron las tropas desde la Fábrica Militar, dos horas después estaban en el despacho del jefe comunal. A las 8.30 intervinieron la regional de la Confederación General del Trabajo (CGT). Para entonces decenas de vehículos militares con efectivos habían tomado posición en distintos puntos de la ciudad. La radio LV28, ese día inició su transmisión conectada a la cadena nacional, al igual que el canal local por cable. No funcionaron los bancos ni las escuelas. Los comercios abrieron y los espectáculos públicos fueron suspendidos. Nadie pudo ir al cine esa noche. La intranquilidad cuando no el miedo reinó en miles de hogares, en otros, insensatamente creyeron que llegaba un alivio. Así lo reflejó la prensa local.

 

Allí comenzaba el período más patológico de la vida institucional del país. En nuestra ciudad pasaron muchas cosas: atrocidades como los secuestros realizados por las fuerzas de seguridad, las torturas, las desapariciones. Y junto a eso la naturalización de conductas promovidas por las nuevas autoridades. Así se enseñoreó la sospecha sin fundamentos del vecino; la delación; la condena a las ideas de libertad; la censura; el miedo como mecanismo de control; la identificación ideológica como insulto; el silencio; el festejo de las acciones de los representantes de la dictadura y un largo etcétera que no se cuestionaba entonces y, algunos, tampoco pueden cuestionar ahora.

 

Y también pasaron otras cosas. En esta ciudad los trabajadores de comercio, los de ATE, la CGT y otros se opusieron al paro patronal de febrero de 1976 que preparaba el clima para el golpe. Los municipales resistieron la prohibición de realizar actividad gremial. Familiares de detenidos se armaron de coraje y salieron a golpear puertas de cuan poderoso encontraran para pedir por sus seres queridos. Otros se arriesgaron a repartir prensa clandestina con información sobre la situación que vivía el país; escondieron amigos o desconocidos que estaban en peligro. También estuvieron quienes organizaron reuniones políticas con las más diversas excusas. Algunos se jugaron la vida, se expusieron y sufrieron injustas consecuencias. De muchas de éstas y otras cosas quedó registro, pero también es cierto que de otras tantas no existen documentos que den prueba. ¿Pero cómo tomar nota del color de la esperanza con la que se esperaban los regresos que nunca se dieron? ¿Cómo registrar aquello que no pudo elegirse por miedo? ¿Cómo dejar asentada la cantidad de lágrimas derramadas por la falta de noticias de los detenidos? Dónde anotar las angustias producidas por las acusaciones de fanáticos que repudiaban la libertad? Miles de cosas no están registradas, pero es innegable que decir que aquí pasó poco o nada, es desconocer la historia y faltar el respeto a quienes sufrieron y sufren, lo de esa época que no debe volver Nunca Más.

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