Elección municipal por sorteo

Aquel día nacía el mes de diciembre de 1895, todo estaba preparado para la elección municipal en Villa María. El reloj dio las 8 cuando inició el acto comicial. Las urnas debían decir quién sucedería a Florencio Arines en la Intendencia de la localidad

La atmósfera mantenía la tensión desarrollada en la campaña proselitista, los sectores en pugna se miraban con recelo. Cualquier idea de transparencia moriría esa misma mañana cuando debieron suspender las elecciones. Más tarde un sombrero, cual bolillero de lotería, jugaría un papel importante a la hora de decidir quién sería el intendente municipal. Solo votaban los propietarios. Aún no habían pasado 30 años de la creación de Villa María y hacía apenas 12 que se había elegido el primer intendente municipal. Tuvo esa suerte, por el voto de 63 vecinos, Pedro Viñas. En 1887 asumió el segundo intendente y en 1891 el tercer jefe comunal, cuyo mandato terminó aquel diciembre en el cual tuvo lugar lo que aquí se narra.

Para hacernos una composición de situación, recordemos que por entonces solo podían sufragar los varones que contribuían al erario público y figuraban en el padrón de electores. Es decir que la mayoría de los vecinos del lugar no podían votar. Así tenemos que en octubre de 1894 se confeccionó el registro de hombres que estaban en condiciones para votar (las mujeres no lo hacían) en Villa María. La suma de extranjeros y argentinos habilitados para participar del acto comicial de 1895 fue de 217 vecinos de una localidad en la que vivían alrededor de dos mil personas.

 

Votos cantados

Los candidatos a suceder al intendente Florencio Arines fueron, por una parte, el farmacéutico Jacobo Repetto, apoyado por el sector más liberal; otro sector más conservador y católico proponía al comerciante Martín Urquijo. Ambos candidatos eran amigos del jefe político José María Altamira, según sostuviera Juan Manuel Pereyra cuando en 1946 publicó las circunstancias de aquella elección.

Con la única urna, ubicada en el atrio del edificio de la Iglesia Catedral, por entonces aún en construcción, comenzaron las elecciones. Las autoridades comiciales fueron presididas por Alejandro Voglino, a quien secundaron José Furió y José Estévez Prieto. La guardia policial cuidaba que no se armaran disturbios cuando los votantes llegaban a la mesa. Recordemos que entonces no regía el voto secreto y las manifestaciones partidarias se hacían a viva voz. Tampoco se estilaba cerrar los negocios el día del acto electoral.

 

Los más poderosos se roban la urna

Parecía que iba ganando Urquijo, cuando robaron la urna. Un hombre se abalanzó sobre la mesa, tomó la urna y se la dio a otro que montado en su caballo partió rápidamente para perderse entre el monte cercano. José Pedernera escribió: “Los secuestradores de la urna desaparecen en contadísimos instantes, ganando los bosques inmediatos, cabalgando veloces corceles”.

Juan Pereyra, quien entonces trabajaba en la casa de ramos generales y despacho de bebidas La Abundancia, en su escrito anteriormente referido cuenta que estaba el jefe político tomando un trago en ese local, cuando “llegó don Bernardo Fernández, todo sofocado, gritando: ‘¡Altamira, en la iglesia se están matando a los tiros!’”.  En el relato, Pereyra continúa diciendo que “Altamira, sin dar aparentemente gravedad a la denuncia, salió al galope de su alazán hacia el templo, en donde, afortunadamente, no había ni siquiera un herido, pero sí había terminado la elección”.

Ante los disparos de armas de fuego, la mayoría de los presente se dispersaron. Los jinetes que se llevaron la urna habían desaparecido, entre ellos el joven de 18 años Joaquín Pereira Cárdama, quien no era capataz de Moyano como se dijo y que según el mencionado Pereyra no fue nombrado en el acta escrita en la ocasión “en homenaje a la madre”.

 

Acta

Ante la imposibilidad tanto de contar los casi 200 votos emitidos como de continuar votando, se dio por terminada la elección y se labró un acta dejando constancia de lo sucedido. La misma dice: “En Villa María, Departamento Tercero Abajo, provincia de Córdoba, a 1 día del mes de diciembre de 1895 y siendo las 10.30, se dio por suspendida la elección de intendente municipal convocada por decreto del intendente municipal de fecha 15 de noviembre próximo pasado, por resolución de los conjueces que suscriben la presente protesta, a causa de que un señor, Belsor Moyano, que no es vecino de este municipio, atropelló la mesa arrebatando la urna donde se depositaban los votos y al parecer de conformidad con el comisario de Policía, don Sabas Vázquez, y dos soldados de la misma a quienes él mandó a apuntar con los Remingtons, según se puede comprobar con los testigos que suscriben la presente y habiéndose producido un tiroteo en el atrio que hizo despejar a los sufragantes. Siendo imposible continuar la elección por el carácter de lucha que se nota en los partidos sufragantes… Consideramos de nuestro deber hacer constar que a la llegada del señor jefe político con su escolta fue restablecido el orden, dispersados los grupos y garantida la vida de los conjueces, pero haciéndose imposible continuar la elección por no aparecer la urna que después de arrebatada por Moyano, fue entregada a un capataz suyo, quien a caballo internóse en el monte y como ésta lleva cerca de 200 votos no podrá verificarse el escrutinio con arreglo a la ley. En tal virtud, los conjueces de la mesa y los testigos presenciales de los hechos protestamos del abuso y falta de garantías que han impedido el libre ejercicio del sufragio público a la mayoría de los vecinos pacíficos de este municipio, nacionales y extranjeros y firmamos dos actas de un tenor de la cuales se archivará una en la Corporación Municipal para constancia de este hecho y otra para elevarla al Poder Ejecutivo de la Provincia a los fines de garantías que se solicitarán oportunamente para la nueva elección y conocimiento de estos hechos, debiendo publicarse también, esta protesta”. Al pie están las firmas de quienes dieron fe de lo sucedido.

 

Sorteo con sombrero

La historia oficial señala que el nuevo acto electoral, según lo escrito en el segundo tomo del Plan de Desarrollo de la ciudad, tuvo lugar el 22 de diciembre del mismo año y resultó elegido, por una gran mayoría, Fermín Maciel. Al día siguiente, en una sesión especial, el Concejo Deliberante aprobó el resultado. Pero eso no es todo lo que pasó en aquellos días. En la década del 90 del siglo pasado, Bernardino Calvo reprodujo, dándole crédito, lo que Pereyra publicó en 1946 diciendo que poco tiempo después del robo de la urna “Altamira y su amigo Margueirat maniobraron con mucha habilidad para que fuera electo intendente un criollo del grupo católico, pero sin que se enojasen los liberales. ¿Cómo? Muy sencillamente. Cada grupo proclamaría un candidato y se echaría a suerte, siendo electo el que primero saliera de dos cédulas puestas en un sombrero”. Los católicos conservadores propusieron a Fermín Maciel, en tanto que los liberales proclamaron a Felipe Poretti. El nombrado Margueirat fue el encargado de escribir dos cédulas, cada una con el nombre de un candidato. Las pusieron en un sombrero. Altamira metió la mano y sacó la que tenía el nombre de Maciel. El mismo que asumió el 26 del mismo mes. De esa manera se decidió quién sería el cuarto intendente de la ciudad que gobernó hasta julio de 1898.

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