Encanto alpino

Escribe Pepo Garay ESPECIAL PARA EL DIARIO

Rodeado de los fabulosos paisajes que generan los Alpes, el pequeño pueblo sirve de balcón hacia las montañas, y de portfolio de cultura centroeuropea. Los paseos por el exquisito Cantón del Valais, con Francia a tiro de piedra

Ubicado en los límites sudoccidentales de Suiza, a pasitos de la frontera con Francia, Finhaut se presenta con cartas de recomendación. Su escaso tamaño no hace mella en los deseos del viajero. Al contrario, los estimula, sabedor éste de que muchas, pero muchas veces, lo bueno viene en frasco chico. Es el caso de este pueblito de apenas 500 habitantes, plantado en las alturas de cara a las bellezas del Cantón del Valais (en castellano, Cantón del Valle), y rodeado de Alpes.

Ya lo adivina el lector: puñado de casitas de aspecto entre señorial y rural que se amontonan en lo escarpado del cerro, configurando un balcón hacia las quebradas. Las calles son de piedra, como un Iruya que a cambio de gente de piel tostada y burros, mete gringazos serios y vaquitas desperdigadas, las que pastan en praderas dichosas en margaritas ¿Tentador, acaso? Claro, todo lo es en el corazón de Europa.

En ese contexto, imposible no resistirse a los deseos de andar, de palpar el terreno con los pies, y las postales alpinas con la conciencia. Son múltiples los circuitos que, aún sin estar del todo promocionados, llevan a recorrer el valle circundante. Tararean las pinturas y convidan con el Mont de l’Aprile, los Picos de Mont de la Barme, Tete de la Boffa, Bel Oiseau, Fontanabran o de Les Perrons. Los nombres, hacen saber de lo francófono de las latitudes, siendo incluso las fronteras tan difíciles de precisar, de saber qué es Francia y qué es Suiza. En cualquier caso, los paisajes no tienen banderas, pero sí colores bien definidos: el verde de los pinares, el blanco de las cúspides, cuyo mantel impoluto se despliega por doquier en el crudo invierno.

Entonces, difícil resistirse a los centros de esquí de los alrededores, que son muchos y encuentran epicentro en Chamonix (25 kilómetros al suroeste) y su área de influencia. Se trata de la capital francesa de los Alpes, un sueño recostado a los pies del Mont Blanc (con sus 4.810 metros, el pico más alto de la Unión Europea).

 

Alrededor de la presa

Más cercana, hermanada se diría con Finhaut, está la famosa Barrage d’Emosson. Una gigantesca presa que engendra tremendo y azulado espejo de agua abrazado por la Naturaleza. A lo largo y ancho del área, las opciones para el andariego son cantidad: cuevas acuáticas, cascadas (Pissevache y Vernayaz, por ejemplo), el paseo en furnicular (el segundo más empinado del mundo, con una gradiente que llega al espeluznante 87%, y regala panorámicas impactantes), y hasta un sitio paleontológico protegido que da cuenta del paso de los dinosaurios.

Tras el recorrido, la propuesta es recontra alpina: husmear las callecitas impolutas de Finhaut (hay que ver, por ejemplo, la pulcritud de los baños públicos, el otro mundo), sacarle una foto mental a la iglesia, y en algunos de los cafés, sentarse a disfrutar la majestuosidad del cuadro montañoso.

Todo, antes de montarse en nueva cuenta en aquel tren rojo y perfecto, tan suizo, tan suizo hasta la médula, tan encantadoramente suizo y abandonar Finhaut prometiendo regresos.

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