Encarnación Sobrino, sus posiciones feministas

NOTA Nº 534, escribe Jesús Chirino

Intelectual políticamente comprometida, con numerosas investigaciones y publicaciones que dan cuenta de una trayectoria de peso. Mujer cofundadora del Inescer, que lleva el nombre de su esposo “Angel Diego Márquez”, participó activamente en la comisión que trabajó para hacer posible la fundación de la Universidad Nacional de Villa María (incluso escribió un proyecto de universidad). Docente de dilatada carrera, nunca tuvo miedo a la polémica asumiendo los riesgos que ésta implica. Elevó su voz ante las injusticias que observaba en la sociedad. Mantuvo posiciones en defensa de la igualdad de género que no pocas veces le significaron rechazos o desmerecimientos de parte de sectores conservadores de la ciudad. Aquí recordamos algunas de las posiciones que, de manera cotidiana, sostenía la doctora Encarnación Sobrino.

 

Docente comprometida

Hija de un talabartero de la ciudad, no ocultaba que provenía de una familia con una cultura donde las mujeres no estaban en pie de igualdad con los hombres. Sin embargo, tanto en su trabajo intelectual como personal avanzó hacía otro ideario que le permitieron prácticas diferentes. Llegada a la vida en Villa María, a mediados de los años 30 del siglo XX, inició su formación en la “Escuela de Sobral” para luego continuar sus estudios en diferentes centros educativos del mundo. Socióloga doctorada en París, con la tradición de La Sorbona. Luego de pasar por varios países, acrecentando una importante vida académica, regresó a nuestra ciudad en los años ´80 para desarrollar una intensa actividad laboral y militante en diferentes instituciones.

Siendo muy joven tuve la doble suerte de ser su alumno y de trabajar junto a ella, por lo cual muchas veces pude ser testigo tanto de su coherencia en relación a la igualdad de género, como de las reacciones que producía ese posicionamiento. Unos de los primeros libros que me hizo leer, estaba relacionado con el sexismo en las aulas de las instituciones educativas. Se trataba de la traducción de una obra francesa referida a las posiciones sexista tanto en los textos escolares como en las prácticas docentes. En su calidad de docente, Sobrino, durante las clases hacía de estos temas algo habitual, y no solo promovía la reflexión acerca de los mismos sino que nos animaba a pensar la realidad local desde esas perspectivas. El tema de la mujer y su discriminación se repetía, siempre regresaba a la primera división del trabajo en el hogar y la discriminación que la mujer sufría en toda la sociedad. Lectura de la realidad social que compartía con amigas como, por ejemplo, Ana Lorenzo, Amanda Toubes o la cubana Isabel Monal.

 

Igualdad en el trato

Pero sus reflexiones no quedaban recluidas en los ámbitos áulicos, sino que producían prácticas concretas en su cotidianeidad. Encarnación hacía planteos en una sociedad villamariense que no siempre la entendía. Por ejemplo, tanto ella como su pareja se habían doctorado, pero quienes estábamos cerca veíamos como en el trato con colegas todos mencionaban el grado académico para referirse a él, pero era habitual que dejaran de lado el de Encarnación. Entonces ella solía recordarles que también era doctora, entonces aparecía la calificación de soberbia a pesar que nunca trató de usar su título académico como si se tratara de uno nobiliario. Es más, siempre aclaraba que eso era lo que intentaban hacer intelectuales que, en algunos aspectos, se creen superiores al resto de los ciudadanos que no poseen estudios universitarios. Repetía que este tipo de titulaciones no deben ser usados para diferenciarse de ningún sector social, es decir que no tienen que ser fuente de privilegio alguno. Por el contrario, sostenía que la formación intelectual genera obligaciones, a la par que enseñaba que el ejercicio de la actividad científica debe estar regida por la sensibilidad para entender la comunidad donde se vive y tomar problemáticas reales de la misma para aportar soluciones.

 

Nadie es propiedad de nadie

Recogiendo datos para esta nota, hablé con la trabajadora social Mirtha Vilella, quien también trabajó con la doctora Sobrino. Ella recuerda muy bien cómo solía explicar que nunca firmaría “de Márquez” porque su pareja no firmaba “de Sobrino”, a la vez decía que si alguien quería ponerse el apellido de su pareja no debería hacer uso de la preposición “de” pues implica ser propiedad de otro. Acto seguido aclaraba “como si no hubiera terminado la época de la esclavitud”. Muchas mujeres pensaban igual que Encarnación, pero ella no solo lo comentaba por lo bajo sino que se animaba a sostenerlo en un congreso de educación, decirlo en clase, en medio de una discusión intelectual, etcétera. Eso hacía que algunas personas reaccionaran diciendo frases tales como: “Quiere destacarse”; “es soberbia”; “tiene complejo de inferioridad”, cuando en realidad sostenía la igualdad entre géneros. Estas reacciones se daban en ámbitos intelectuales, políticos, sindicalistas y sociales de la ciudad.

 

Incluso solían producirse reacciones más básicas cuando Encarnación hablaba, en los años ´80, de feminizar la lengua, algunas figuras conservadoras se escandalizaban y no tenían empacho en sostener que eso era una “burrada” o “una pose”, en definitiva algo que no podía ser considerado. En cambio ella estaba convencida que la igualdad entre los géneros debía tener un capítulo importante en la modificación de la forma que nombramos las cosas, que allí existía una pelea para dar.

 

Hoy las cosas han cambiado bastante, se producen debates que en noviembre de 2014, cuando Encarnación dejó de existir físicamente, eran imposibles. Recordar la figura de Encarnación Sobrino, que más de una vez debió enfrentar misóginos que la desmerecieron intelectualmente a pesar de sus acreditados antecedentes, es rescatar una mujer de nuestra historia local.

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