Esclavitud: memoria para iluminar el futuro

NOTA Nº 532, escribe Jesús Chirino

Es sabido que el verdugo mata dos veces, la segunda con el silencio. En el caso de la trata transatlántica de esclavos eso se produjo por un largo tiempo durante el cual el silencio rodeó la temática. Silencio que también significó la falta de reconocimiento de lo específico del fenómeno. Aún hoy podemos notar ese silencio en la escasa presencia del tema en los manuales escolares. Poco y nada se analiza de la escala de valores de las sociedades que engendraron la trata, como tampoco suele relacionarse esa sangría humana con la profunda desestructuración de algunas sociedades africanas. Incluso se insiste en la invisibilización del legado africano que posee nuestra cultura.Si bien existen importantes esfuerzos que trabajan contra el silencio y el olvido, para restarle oportunidades al verdugo e impedirle que vuelva a cometer esa infamia, es grande la resistencia que debe vencerse. Por ello debe ser claro y firme el convencimiento de que este tipo de miradas críticas hacia ese pasado no solo ilumina la lectura de otros períodos históricos, sino que también es un insumo imprescindible para la construcción de una sociedad respetuosa de los derechos humanos, pues aquellos siglos de horror repercuten en el presente.

 

También llegaron en barcos

La trata de esclavos de origen africano no es una problemática que pueda sernos ajena. En esta tierra vivieron seres humanos esclavizados, que fueron traídos en barcos desde Africa. Pero una cara de esta moneda no existe sin la otra, por ello también debemos pensar en los empresarios que se dedicaban al comercio de esclavos y en las familias que los tenían a su servicio. Existe una amplia gama de documentos que dan cuenta de esta realidad. Entre otros podemos mencionar: balances, crónicas de viajeros, asientos en libros de la Iglesia Católica y testamentos. Es así que sabemos de los esclavos que vivían y trabajaban en Yucat, los que ayudaban a viajeros para cruzar el río en el antiguo Paso de Ferreira, etcétera. Pablo Granado en su libro “Villa Nueva, un pueblo con historia”, recuerda que López Fiusa, afincado en la zona entre los años 1617 y 1643, hizo levantar ranchos para esclavos. El historiador Juan Pereyra sostuvo, en varias publicaciones, que en las inmediaciones del actual Parque Hipólito Yrigoyen, de Villa Nueva, cerca de la costa del río Ctalamochita, estaban las habitaciones destinadas a los esclavos de la estancia de Francisco Ferreira Abad, durante la primera mitad del siglo XVIII. Esos africanos llegaban a la zona producto del comercio de seres humanos que desarrollaban los tratantes de esclavos como Luis Abreú, quien ejerció esa actividad en la capital provincial, padre de María de Abreú y Albornoz quien fuera esposa del ya mencionado Ferreira Abad.

 

Memoria

Lo mencionado acerca de la presencia de esclavistas y esclavos en la zona no es una información que debemos ver como simples datos, por el contrario debemos problematizar y analizar tanto la escala de valores de la sociedad cordobesa que permitía la trata como los mecanismos de poder que se utilizaron para el sometimiento de seres humanos. Es necesario correr el velo para descubrir ese pasado y vencer el olvido para la construcción de una memoria que alumbre el futuro. Que podamos entender la dimensión de la importancia de siglos de esclavización de africanos en nuestra América. La trascendencia del horror de ese período esclavista fue tanto para nuestro continente y el Africano, como también para el Europeo, y para cada vida particular que pasó por algunas de las terribles situaciones de la esclavitud. Las implicancias de todo ello aún están entre nosotros en este presente en el cual no se habla, tanto como se debiera, del tema.

Algo de todo esto podemos pensar a partir de lo que escribió Antonio Di Benedetto, en su magistral novela “Zama”. Se trata de un diálogo entre la negra Tora y Diego de Zama:

-Tora, ¿quién es esa señora que se sienta todas las tardes junto a la ventana?

-Siempre lo ha hecho.

-No te pregunto desde cuándo lo hace, sino quién es.

-Siempre se asoma. Desde que nací.

-¿Y tú tienes recuerdos desde que naciste?

-Desde antes, su merced.

-¿Te burlas de mí, Tora?

-¿Cómo podría, su merced?

Se desnudó el brazo hasta más arriba del codo. Me mostró un antiguo y cicatrizado hundimiento de la carne.

Tengo otros en el cuerpo. Nací con ellos. Un blanco, enojado, quiso matar a mi madre con una cadena. Yo estaba adentro de mi madre; no había nacido.

-¿Y lo recuerdas?  

-Sí, su merced.

Si desnudamos nuestra sociedad de algunos ropajes construidos con algunas versiones no críticas de la historia, notaremos, al igual que Tora, algunos hundimientos que no son más que huellas del horror de la esclavitud que también se vivió en estas tierras.

 

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