El Diario del centro del país

Espacios públicos para la alegría

Escribe Jesús Chirino
Nota Nº 558

Las plazas con juegos, las calesitas, los circos, los parques de diversión y demás lugares similares son una oferta cultural que ha sufrido modificaciones a lo largo de la historia. Es mucho lo que puede escribirse acerca de estos espacios públicos, aquí repasamos algunos de esas instalaciones que supieron funcionar en la ciudad.

Cuando hablamos de alegría nos referimos a un estado de bienestar y regocijo, una excitación que proporciona placer, una emoción expansiva que apareja la necesidad de expresión y de compartir con los demás. En nuestra sociedad existen lugares públicos pensados para realizar actividades que despiertan interés, entretienen y que divierten generando alegría.

Sin lugar a dudas la diversión resulta algo de importancia a la hora de hablar del desarrollo y el crecimiento del ser humano y bien podríamos hacer una historia acerca de cómo fue la existencia de esos lugares públicos dedicados a la realización de actividades de diversión, su gestión y las prácticas que allí se realizaban.

Una historia de esas ofertas culturales y, también, de las maneras de consumo cultural que las originaron. Reflexionar acerca de cómo se han gestionados estos lugares no es algo menor. Por ejemplo, podemos preguntarnos cuánto interviene el Estado en el diseño y la gestión directa de los mismos, a la vez cuántos de ellos quedan librados a las famosas leyes de mercado.

Esos espacios también pueden pensarse como puntos en los cuales se facilita la integración social, a la vez entenderlos como dispositivos urbanos cuyo diseño, ubicación y manera de funcionamiento expresan relaciones de poder y estratificaciones sociales.

Dentro de la diversidad de esos lugares, en esta oportunidad, sólo ponemos atención en los que están dirigidos al público infantil. Desde este recorte podemos advertir que más allá de lo realizado desde el Estado, que en algunos períodos se ha ocupado poco del asunto, la oferta privada ha sido permanente. Claro que el desarrollo de este sector económico que ofrece diversión a cambio de dinero, ha tenido altibajos en el desarrollo histórico.

 

Calesita a tracción a sangre

La extensión de esta nota nos limita para la realización de un tratamiento profundo de la temática pero sí podemos asomarnos a algunas ofertas de estos espacios en la historia de la ciudad. A inicios del siglo XX, en septiembre de 1905, la Comisión Administradora Municipal, presidida por Vicente Martínez Ferrer, otorgó el permiso para que funcionara una calesita que no funcionaba a motor sino con la fuerza de caballos.

El trámite se originó mediante una nota presentada por Francisco Naviero en la cual solicitó permiso para “establecer y poner en funcionamiento calesitas a sangre en un sitio frente a la plaza del este” en referencia a la actual Plaza Independencia ubicada en la manzana formada por las calles Sobral, Mendoza, Mitre y Entre Ríos.

Otro permiso para la instalación de espacio de diversión fue el presentado por un ciudadano de apellido Vázquez, quien en marzo de 1931 solicitó autorización “para instalar en esta ciudad durante algunos días una Rueda de la Fortuna con objetos-mercaderías”.

En la nota manifestó que al tratarse “…de un hombre inválido en el brazo izquierdo y pierna derecha, espero de su benevolencia se ha de servir concederme dicho permiso libre de impuesto”. Dado que el recurrente no fijó domicilio, el trámite terminó siendo archivado.

 

Parques

A los pocos días del permiso anteriormente mencionado, el 5 de mayo, Joaquín Navarro pidió permiso para instalar, por el término de diez días, el “Parque de atracciones norteamericano”. El lugar elegido para funcionar era la esquina formada por Santa Fe y Leandro N. Alem.

Entre los juegos que hicieron las delicias de niños y adultos se contaron el carrusel, la rueda gigante, el chicote, los aeroplanos, el torpedo, la barranca, las muñecas, la barraca chocolate, la barraca objeto de fantasía, la barraca cigarrillos con argollas, las botellas con argollas, la barraca bombones y el tiro al cigarrillo con rifles de aire comprimido.

En el escrito presentado al municipio se señaló que el parque designaría “…dos días por semana gratuitamente para los asilados de esta ciudad”. Este tipo de ofrecimiento no sólo poseían un fin solidario sino, principalmente, abaratar u obviar el pago de impuestos municipales que incidían en las ganancias de quienes llevan adelante este tipo de actividades comerciales. Los impuestos eran un costo a tener en cuenta a la hora de decidir trabajar en una ciudad. En noviembre de 1933, Jesús Casal, escribió desde la localidad de Rufino preguntando “cuánto vale el impuesto para una calesita por mes o por día y en qué fecha hubo otra o si hay actualmente”.

Por aquellos años era habitual que los representantes de las empresas que tenían parques o calesitas hicieran reservas anticipadas del derecho a funcionar en la ciudad. El municipio también otorgaba el permiso por un período determinado y solía hacerlo con derecho a exclusividad. Por ejemplo el “Garden Park” en noviembre de ese año pidió que el intendente Parajón Ortiz le renovara el permiso, de manera excepcional, por toda la temporada de verano “vale decir hasta fines de abril”.

Este parque también ofrecía espectáculos teatrales y renovaba sus permisos de manera mensual. Pedro Maroglio en 1934 se instaló en la calle Santa Fe al 1000 ofreciendo “…calesitas, pesca de pescado, lluvia de bolitas, pesca de la botella, tiro eléctrico y palacio de la risa…”. Juan Pérez Mafé, en 1935, se dirige a la autoridad municipal “pidiendo permiso para instalar, en el antiguo local de la mueblería La Piamontesa, la Ciudad Mecánica, permitiéndosenos cobrar entradas para su acceso”.

Un año después llega a Villa María el “Coney Island Atraction”. En 1937, desde la vecina James Craik, escribe José Suárez pidiendo permiso para instalar una calesita, girada gracias a la fuerza de sus caballos, en Santa Fe “entre Leandro N. Alem y Perú (actual Gral. Paz)”. En el mismo lugar, el mismo año, funcionó el parquecito de Esteban Minoli.

Este mismo empresario regresó en 1938. En esa oportunidad cobró entradas de diez centavos “siendo cinco para el hogar de ancianos y los cinco restantes para efectuar una rifa consistente en dos premios: una bicicleta y un juego…”. Hasta aquí dimos cuenta de la diversidad de algunas muestras de oferta cultural para la diversión, principalmente de niños, en espacios públicos gestionados por empresas privadas. Es decir, la oferta de diversión en el marco de un intercambio comercial.

 

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