Gustavo Ballas cumple 60 años

Gustavo Ballas, en sus tiempos de boxeador, cuando deleitaba con su esgrima sobre los cuadriláteros

“El turquito vendedor”, el pibe que trabajaba en la Pizzería Edén, el campeón mundial, el hombre que ayuda a recuperar adictos, hoy está de festejo 

Escribe Gustavo Ferradans

Ya transcurrieron 36 septiembres, desde que se consagró campeón mundial. Pasó mucho más tiempo desde que se puso los guantes por primera vez y algunos años más, desde que tuvo que salir a la calle a vender peines o lavar copas en la mítica pizzería apurado por las necesidades económicas de su familia.

Cada año que pasa sirve para hacer un balance y mucho más amplio es, cuando se festeja un año de cifras “redondas”. Hoy Gustavo Ballas cumple 60 años. Son 60 febreros de una vida intensa y siempre emparentada con un ring, con y sin guantes, con los brazos levantados o con los guantes tocando la lona; siempre con buenos maestros en el rincón para cada pelea, de las que enfrentó sobre un ring, o también las que tuvo (o tiene) en la vida.

En todas tuvo un denominador común: siempre tuvo la guardia en alto, la cintura como un péndulo esquivando trompadas, bloqueando y esquivando golpes; pasando por momentos únicos e inolvidables, buenos y malos.

 

Su historia

El hombre, el boxeador, el campeón, nació el 10 de febrero de 1958, en una casa de la calle 9 de Julio de barrio Rivadavia en esta ciudad. Fue el menor de cinco  hermanos, criados por su padre, después de que la madre abandonara a la familia, cuando Gustavo era muy pequeño.

En sus primeros años tuvo una vida de bonanzas, pero luego los malos negocios de su padre (hijo de inmigrantes griegos que le cambiaron el apellido Mpallas, al registrarlo en migraciones, al llegar a nuestro país), lo condicionó a dejar la escuela y convertirse en vendedor ambulante primero, y luego en lavacopas.

Ocurrió apenas terminó quinto grado, ahí tuvo que dejar el colegio y salir a la calle, a vender lo que fuera para colaborar con los gastos de la casa, ya sean peines o curitas. Enseguida apareció uno de sus primeros motes, “El turquito vendedor”.

Después consiguió trabajo de lavacopas en la histórica Pizzería Edén, donde escuchó por la radio, que Nicolino Locche había sido campeón mundial. Entonces decidió convertirse en boxeador. Igualmente, desde aquel momento, hasta que pudo subirse por primera vez a un ring (como amateur) pasaron varios años. Ya desde entonces conocía el ring de la vida, lo había aprendido a caminar con la pelea diaria.

 

Se calza los guantes

Como boxeador, se subió por primera vez a un ring, en 1975. Luego de un par de peleas amateur, llegó al gimnasio de Alcides Rivera, el primer gran maestro que tuvo en su rincón.

Tras una veintena de peleas, su maestro le aconsejó buscar otro entrenador. Alcides sostenía que sus conocimientos habían tocado un techo y era necesario buscar “alguien mejor” que lo siguiera formando.

El nuevo maestro fue Francisco “Paco” Bermúdez, el mismo que había formado púgiles como Nicolino Locche, Cirilo Gil o el olímpico Carlos Aro; él lo recibió en Mendoza, y terminó de formarlo como boxeador.

Gustavo debutó como profesional el 1 de diciembre de 1977, en Mendoza, ganando por nocaut técnico en el quinto asalto a Raúl Anchagna. Tenía 18 años.

Su trayectoria fue llevada paso a paso. En mayo de 1978 se convirtió en campeón mendocino Mosca y el 21 de octubre de ese año debutó en el Luna Park, venciendo a José Roque Ibiris, y deleitando al público porteño huérfano de púgiles estilistas como él, desde los tiempos del “intocable” Locche.

En aquella velada, el protagonista de la pelea de fondo fue Santos “Falucho” Laciar. Entre ambos se fue gestando una rivalidad que derivó en una pelea entre sí, el 3 de noviembre de 1979 y en el mismo Luna Park. La victoria fue para “Mandrake”, como empezaron a llamar a Gustavo, por la magia que desprendía con sus guantes.

En 1980, las convenciones de la AMB y el CMB incorporan una nueva categoría al boxeo: la Supermosca; y Gustavo fue seleccionado para una eliminatoria. La misma se concretó en el mítico Luna Park y los miles de espectadores se deleitaron con su exhibición ante el japonés Ryoetsu Maruyama; ese 9 de mayo de 1981 lo venció por nocaut técnico en la undécima vuelta.

El 12 de septiembre, en un Luna Park repleto, tuvo su noche más gloriosa. Le dio una paliza al coreano Suk Chul Bae, al derrotarlo por nocaut técnico en el octavo asalto y se convirtió en el primer campeón mundial de los Supermoscas; a su vez, en el primer argentino que lograba estando invicto, un título ecuménico, y el segundo en obtenerlo en ese estadio.

Algunas malas decisiones, lo llevaron a pactar su primera defensa en Panamá, en el mes de diciembre, donde el calor agobiante y las noches largas, junto a los “amigos del campeón”, que se habían convertido en una costumbre, le hicieron perder su título.

Luego su vida y la del deportista, se convirtieron en una especie de montaña rusa, con noches de glorias, pero también de sombras, devorado por la fama, esa con olor a perfume que hipnotiza, la misma que encandila a muchos con las luces de las cámaras.

No pudo volver a recuperar aquel título, aunque tuvo dos nuevos intentos, en 1982 ante Jiro Watanabe y en 1987, contra Sugar Baby Rojas. En esta segunda chance, volvió a estar en su rincón Alcides Rivera, el mismo que lo recibió cuando Gustavo decidió regresar de Mendoza.

Entre esos años, Ballas fue campeón argentino Supermosca en 1983, Sudamericano en 1986, y Latinoamericano en 1987. Terminó su carrera deportiva en 1990, con un récord de 120 peleas, 105 triunfos, 29 por nocaut, 9 derrotas y 6 empates.

 

Lo que vino después

Más allá de sus altibajos, de su caída en una adicción que lo llevó a cometer errores, de conocer que detrás de aquella noche gloriosa del campeón, había un extremo opuesto que lo llevó a tocar fondo y a besar la lona de la vida.

Reaccionó tarde, justo después de conocer cómo era el mundo detrás de unas rejas. Afuera estaba una luchadora, que siempre ha estado en ese “rincón”, en cada una de sus peleas de la vida: Miriam, su esposa. También estaban un grupo de amigos de la ciudad, que llegaban para darle una mano, “porque todo hombre se merece una segunda oportunidad”, como le dijo el recordado abogado y dirigente Eduardo “Lalo” Rodríguez.

A diferencia de otros deportistas, con perfiles similares de recorrer ese tobogán que va de la gloria al precipicio, Ballas se sobrepuso a ese destino y escribe, día a día, un capítulo diferente.

Hoy sigue con los guantes puestos, pero luchando para salvar a otros, como él mismo logró hacerlo. Y en el rincón, está siempre esa mujer, “La Tana”, sosteniendo y aconsejando; la misma que pudo disfrutar de los tiempos de bonanzas, en los buenos momentos del boxeador, y también la que supo acompañar en los episodios más difíciles al hombre.

Gustavo, tanto el hombre, como el exboxeador, hoy sigue siendo ejemplo; se formó como socio-terapeuta en adicciones y ayuda a recuperar adictos. Hace pocos meses, para ser consecuente con lo que aconseja, terminó la primaria; y en pocas semanas más, comenzará a buscar un nuevo título, el de la escuela secundaria, según aseguró. “Terminar la primaria fue ganar el título argentino; ahora voy por el título sudamericano y después iré por el título mundial que es estudiar Psicología”, dijo.

El campeón del mundo, que hoy cumple 60 años, sigue recibiendo elogios de periodistas y excolegas. El hombre, alejado de los cuadriláteros, sigue con los guantes puestos, dando pelea todos los días a la vida.

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