Horacio Cabezas, un hombre al servicio de la ciudad

Escribe Jesús Chirino
Nota Nº 497

Esta semana se marchó Horacio Cabezas y expresiones de diferentes sectores de nuestra sociedad lo acompañaron hasta su última morada.

Elogiado, emprendió el último viaje quien en 1983 asumió la Intendencia de Villa María, recuperación democrática mediante. Un hombre sencillo, profundo, austero y amigable que recorrió cada cuadra de la ciudad. Este domingo no podíamos escribir sobre otra cuestión que no fuera su figura.

Por ello rescato parte de una entrevista, inédita, que le realizamos junto a alumnos del Inescer Dr. Angel Diego Márquez.

 

Honestidad

Cabeza practicó la política de una manera que ya no es muy común. Por ejemplo, nunca necesitó tener una corte de asesores para cuidar su imagen, y el sello de su andar por la vida fue la honestidad. Es así que el día que habló en el Concejo Deliberante dando por terminado su mandato pudo decir “no me he enriquecido en la función pública”. La frase, que entonces tituló una nota a toda página en El Diario, nunca fue puesta en duda por nadie. Cuando cumplió con el mandato del pueblo para que ejerciera la Intendencia de la ciudad siguió caminando las calles como siempre y saludando a la multitud de amigos que tenía. Pero no dejó de trabajar para su querida Villa María, es así que contribuyó con trabajos serios al registro de la historia de la ciudad, presidió comisiones importantes como en la que trabajó para lograr establecer la Universidad Nacional. Presidió la Junta de Historia y tantas otras actividades que llevó adelante, pero todas con el sello de la humildad, otra característica de su persona.

 

En La Calera le dijeron “vas a ser intendente”

En el referido reportaje le preguntamos cómo recordaba el surgimiento de su candidatura a intendente. Respondió diciendo: “Siempre andaba en la calle, mi vida se desarrolló mucho en la calle, desde niño. De manera que conocía mucha gente y tenía muchos amigos. Participaba en muchas cosas, en reuniones, diferentes inquietudes de la ciudad, instituciones… Cuando se empezó a hablar de quién podía ser candidato por supuesto había cierto pudor en decirlo, nadie se proclamaba candidato. Yo… compartía la inquietud de un comedorcito en el barrio La Calera, que después pasó al Paicor, y ahí me hice de muchas amistades y sorpresivamente ocurrió que en un asadito, en una reunión, algunos de los amigos dicen: vos vas ser el intendente. Esa fue la primera expresión que sentí en relación a que podía ser intendente. Por supuesto no voy a decir que era inocente, pero esa fue la primera expresión que escuché. Transcurrió un tiempo en que no se dijo nada, seguimos trabajando, visitando la gente, los barrios, compartiendo. Después ese supuesto ya fue encarnándose en algunos sectores y, creo, que a falta de algún otro candidato me pusieron a mí. Después vino el proceso interno de los partidos políticos…”. Su humildad no era una pose, por el contrario, cada uno de sus pasos corroboraba la autenticidad de la misma.

Antes nos había contado acerca del tiempo en que “anunciaron la apertura política y el proceso eleccionario para entregar el Gobierno al pueblo”. Fue entonces, aclaró, que “se respiró un aire distinto, totalmente distinto. Empezaron los permisos, la consideración hacia la gente y las reuniones… y se permitió a los partidos políticos la difusión de sus propias ideas… encontramos un ambiente de mucho fervor… había mucho entusiasmo, sobre todo en la juventud”.

Recordó que iniciada la apertura política, los jóvenes “reclamaban para interiorizarse bien” de cómo era la cuestión democrática y por ello “pedían la Constitución Nacional, entonces los partidos políticos, por su cuenta, imprimieron gran cantidad de libritos conteniendo la Constitución Nacional y distribuimos, a los distintos jóvenes… -para- que se interiorizaran de las potestades que nos daba… y cada vez el entusiasmo era mayor y las preguntas sobrevenían con mucho entusiasmo e interés”. Cuando hablaba de esa época se entusiasmaba mucho, intensificándose el brillo de sus vivaces ojos. Nos comentó que la Carta Magna no explicaba el “aspecto práctico del proceso eleccionario de manera que eso quedaba a cargo de los partidos políticos. Ilustrar a los jóvenes sobre todo de cómo iba a ser el proceso”.

Por último realizó una reflexión acerca de entonces “tanto los jóvenes como los grandes abrigábamos muchas esperanzas de que la democracia nos iba a traer otras formas de vivir, de mayores ilusiones… efectivamente fue así. Pero después vinieron los desencantos, la desilusión en muchos casos, no por fallas de la democracia, sino, a veces, por debilidades en el pensamiento de los hombres que ejercían en la democracia. Cuando decimos cuál es la falta que quedó de la democracia, creo que la pregunta está mal planteada porque la democracia no falló, lo que fallaron fueron los hombres que tuvimos el ejercicio de la democracia”. Con su humildad no se excluía del juicio crítico a quienes tuvieron la obligación de ejercer en los gobiernos que desde 1983 se sucedieron.

Ya no veremos su inconfundible figura caminando por las calles de la ciudad, pero quedó el ejemplo de su honestidad, la humildad con la que siempre ocupó el rol que le tocaba y también la austeridad con la que llevó adelante su vida. Esperemos que podamos aprender de su ejemplo y no que el mismo contraste con la espectacularidad de las nuevas prácticas políticas.

 

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