La ciudad total

La capital del país del sol naciente es el mejor regalo para un viajero sediento de experiencias inéditas y desconcertantes. Tantas son sus virtudes y acertijos, que cualquier resumen queda chico

Escribe Pepo Garay
ESPECIAL PARA EL DIARIO

Qué hermosa locura. La ciudad más grande del mundo. Y sin embargo, pulcritud extrema. Ni una colilla de cigarrillo al suelo. El no entender cómo. Y hordas de soldados de oficina andando de prisa y en silencio. Y jóvenes de moda occidental, la vista al celular, su mejor amigo. Y rascacielos indiscutibles, por doquier. Y templos sintoístas y budistas, bellísimos y místicos, en el medio. Y trenes, tantos trenes y subtes, los de un sistema de transporte que es un caos y la perfección a la vez (la puntualidad en todo su esplendor, descubrir que Suiza juega en la B).

Y más hombres de traje y corbata apurando el sushi y el ramen (la sopa de fideos, el pan de cada día). Y noches de neón y agite. Y tiendas de comics y de electrónica, presentadas por lolitas de oriente. Y pachinkos, los locales de tragamonedas, ruidosos a tope. Y baños públicos que son mejores que la casa entera de uno. Y los otros baños, en los que los locales comparten pileta como Dios los trajo al mundo, ningún sonrojo. Y parques como esmeraldas, domicilio de lagos, tortugas, peces grandotes y cuervos. Y tránsito bestial pero armonioso, de seda, la envidia de cualquier alcalde. Y más, más, mucho más. Impecable. Efervescente. Desconcertante. Maravillosa. Tokio, en fin.

El ajetreo de palabras precedente, destartalado pero sentido, hace de buen resumen de la capital de Japón. Una metrópoli que supo ser hogar de samuráis y de emperadores (en rigor, todavía lo es, basta con acercarse a Chiyoda), y que hoy se planta como máximo ícono de modernidad. Herencia milenaria que aún late, mezclada con el futuro, que en estos pagos ya llegó. Buen resumen decíamos, antes de una recorrida que, aclaramos de antemano, siempre quedará corta.

 

Cada distrito, un universo

Imagine el desafío para el que escriba, que tiene que resumir en tres mil y picos de caracteres, un Godzilla de cemento que incluye el proporcional a 10 centros de Buenos Aires, acaso (aquí, cada distrito presenta un centro, todos lindos, todos con cosas para ver).

Así las cosas, mejor será apuntar a lo “imprescindible” (si cabe la expresión, teniendo en cuenta que mucho de lo “secundario” alcanza para volarle la cabeza al más piantado) y empezar por Shibuya, lo más flamante de lo flamante, al oeste del kilómetro 0. Torres espejadas que rosan las nubes, carteles gigantes que se incendian cuando cae la Luna, y un hormiguero de andares que brilla al cien por mil en el famoso cruce peatonal en diagonales.

Al lado queda Shinjuku, otro canto al siglo XXI, con la Torre del Gobierno Metropolitano de Tokio y su mirador en el piso 50. En el medio de ambos barrios, el Parque de Yoyogi, que en realidad es un bosque mayúsculo, sagrado e impoluto (si, en el medio del remolino humano). Allí descansan lagos, arboledas, senderos y el Templo de Miji Jingu, emblema nipón. También anda por ahí Roppongi y su intensa vida de bares.

Acercándonos al epicentro geográfico, aparece Chiyoda, cantando en verdes con su impresionante parque, residencia oficial del emperador. Con canales y muros a lo castillo, el lugar está vetado para los mortales que no pertenezcan o sirvan a la familia real, aunque se puede realizar visitas guiadas al Palacio Imperial y a los Jardines del Este.

Seguimos: Ginza, con la Estación de Tokio (núcleo del transporte, con lo que ello conlleva en un área donde viven 35 millones de tipos), se aprecia como centro bursátil, aunque casi toda la capital nipona huele a negocios y contratos millonarios. Al otro lado del río Sumidagawa, Ryogoku se enorgullece de albergar el mayor estadio de sumo del país, el realmente descomunal Museo Metropolitano de Tokio, y el Skytree, o Torre de Tokio. En tanto, Akhihabara, marca las tendencias de la cultura juvenil (y no tanto, que hasta los viejos más viejos leen historietas en Japón) y el bullicio de la electrónica.

Al norte, Ueno presenta otro de los parques locales de ensueño, con más templos y lagos cubiertos de flores, la paz total (otra vez, sí: a pasitos de pibes que andan vestidos de Pikachu, Sailor Moon y Mario Bros).

Nos faltó la emblemática torre Dai-Jingu (la que tiene onda a Eiffel), las obras de teatro que vuelven a la vida los tiempos de shogunatos, el mercado de pescados de Tsujiki (el más grande del globo), los mercados callejeros, la zona portuaria de Odayaba, la paqueta Omotesando (Avenida de glamour y marcas de lujo), Ikebukuro y sus maneras de barrio y casas bajas… y tantas, tantas cosas más. Se nos fue la página, nos quedamos cortos. Era sabido. Qué hermosa locura.

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