El Diario del centro del país

La musa de Goethe y del viajero

DESTINOS/Suiza/Lauterbrunnen

El pueblo inspiró al genial poeta, y a cientos de miles de visitantes, con unos paisajes alpinos sencillamente alucinantes. La magia de su cascada madre y de recorridos por los alrededores que deleitan de lo lindo

Escribe Pepo Garay
Especial para El Diario

Goethe, sensible como pocos el muy mortal, llegó a Lauterbrunnen y cayó rendido. O enamorado, que es lo mismo ¿y cómo no iba a hacerlo? ¿Cómo no iba a sucumbir ante los encantos de ese pueblo tan bonito, dueño de un entorno como pocos ojos han visto?

Fue el mismo Johann quien contemplando un salto de agua de casi 300 metros de altura que emana desde la roca gigante, desde un paredón que prácticamente se abalanza sobre el ejido urbano, compuso el poema “Canto de los espíritus sobre las aguas”.

Al forastero no le da para tanto. Pero igual que el artista, ve, vibra y se emociona. Qué lindo es viajar y que lindo es sentir, fuerte, fuerte, fuerte. Ahí está la aldea de nombre enreverado para prestar testimonio.

 

Postales de cuentos sonrientes

Acomodada en el Oberland Bernés, en la plenitud del Valle de Lauterbrunnental, muy cerca del corazón de la infinitamente bella Suiza, el municipio convida con unas postales dignas de cuentos sonrientes. Basta ver las fotos y sacar las conclusiones del caso. Incluso cuando ni las imágenes, ni los tibios esfuerzos del escriba, le harán justicia a semejante portento.

Para empezar hablaremos de esos muros implacables que lucen imponencia en el rostro este de la localidad, esa que habitan 2.500 humanos serios y afortunados, alemanes en el hablar, muy suizos en el vivir. Desde el centro nomás las pupilas tocan Staubbachfall, la novia de Goethe, lanzándose al vacío en canto acuático, en danzas prístinas, vaya espectáculo. La cascada es apenas una de las 72 que pueblan la zona inmediata. Pero la más colosal.

 

El Jungfrau y los pueblos vecinos

Continuando en dirección norte, dejando de lado a Staubbachfall, a los campings, al puñado de hoteles y posadas con alma de ciprés, a la iglesia (protestante ella, luterana, centroeuropea), se abre el Valle y las vistas increíbles. La constante son praderas a los costados, casitas aisladas de madera y canteros de flores, pinares, vaquitas de propaganda de chocolates y, sobre todo, pero sobre todas las cosas, horizontes de picos eternamente nevados: el Jungfrau (4.158 metros de altura), principal exponente. La postal, para los amantes de la montaña y de recuerdos nunca vividos (inexplicable la afirmación, que no pierda tiempo el lector tratando de deducir una paradoja relacionada con dibujos animados, pinturas, y acaso sueños), es tierra prometida.

Por aquel sector, pero más arriba, se sitúa el pueblito de Mürren, al que se puede acceder caminata mediante o haciendo uso del funicular. Desde allí, las panorámicas potencian lo apreciado abajo.

 

Aventura y más aldeas

Después, las alternativas de paseos y actividades surgen de a montones. Algunas de ellas son la vía ferrata (un circuito de una hora realizado en cornisa, donde el caminante va atado a la pared con arneses), el Schilthorn (pico de casi 3.000 metros arruinado por un restaurante con vistas alucinantes, se accede vía treking o funicular), el tradicional pueblo de Kleine Scheidegg y el tren cremallera de Jungfraubahn (que parte precisamente desde Kleine Scheidegg). Este último conecta con Jungfraujoch (3.454 metros), la estación de trenes más alta de toda Europa. Allá arriba o aquí, surgen decenas de los circuitos de trekking perfectamente señalizados, para que uno siga deleitándose con los paisajes del valle.

En invierno, en cambio, todas las miradas apuntas a los complejos de esquí, de los más famosos del Viejo Continente. El área del Jungfrau (Lauterbrunnen y alrededores), cuenta con 213 kilómetros de pista, y un sistema de transporte que incluye aerosillas y más funiculares y trenes cremalleras.

También en tren es que se llega al cercano Wengen (20 minutos en trepada, algo más de una hora caminando), otro balcón natural hacia la maravilla. El pueblo, alpino y adonis como todos sus vecinos, es disparador de más circuitos a pie, y de la vía férrea que lleva a un nuevo valle, capitaneado por la popular comuna de Grindelwald. En mitad del trayecto, se puede bajar y palpar más de cerca el hechizo. El de Lauterbrunnen, sobre todo, que allá abajo sigue brindando con los muchos Goethes que llegan para abrazarla.

 

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