La piedra de la locura

“La extracción de la piedra de la locura”, El Bosco (1450-1516)

Opinión – Psicología

Escribe: Ernesto Fernández Núñez*
DE NUESTRA REDACCION

En el siglo XVI, se consideraba que las personas con trastornos psíquicos, los llamados “locos”, tenían en su cabeza una piedra que producía conductas y pensamientos anómalos y antisociales.

Esta situación se ve reflejada con gran realismo en un cuadro de Hieronymus Bosch, El Bosco, 1450-1516, “La extracción de la piedra de la locura”, cuyo original se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

La pintura representa el momento en el que a un estafador se le practica la extracción de esa piedra, que resulta ser un tulipán. Un cirujano burlón es secundado por dos ayudantes que representan la ignorancia y la banalidad.

En la figura del estafador hay un detalle casi inadvertido, el que considero imprescindible para interpretarlo. Con ese “detalle” o recurso, podrá, dicho estafador, expiar su culpa e intentar cambiar la carátula de estafador a benefactor. ¿De qué se trata?: dos símbolos universales del poder, una bolsa con dinero en la cintura y un puñal que imita a una cruz.

El Bosco pinta sus fantasmas y la hipocresía de la época, que convierte a un estafador, que también era considerado un loco, en una persona generosa y valorizada, injustamente acusado, en cuyo interior crece la vida y la esperanza en forma de tulipán.

Toda semejanza es pura coincidencia

El estafador, técnicamente personalidad psicopática, aprovecha las debilidades y las profundiza, deslizándose entre los intersticios incompletos de un armado social y jurídico que se va conformando, corrompiendo los puntos de acuerdos, impidiendo así, unir las partes de aquello que debe ser un todo para funcionar correctamente.

Imprime su huella en el ADN de una sociedad incompleta y débil, y su intervención, luego, se torna necesaria para que las instituciones funcionen con celeridad. Son los fabricantes de un aceite que mueve los entumecidos engranajes de un país que previamente prepararon.

Entonces: indiferencia, corrupción, venalidades: ¿se llamará así la piedra de la locura que emerge cíclicamente en nuestra Argentina?

Somos una sociedad singular, que no alcanza a definir su propia metáfora (del griego: más allá, traslado), entendiendo como tal la dificultad de interpretación de los símbolos o valores que vamos generando. Ellos nos conducen erráticamente al futuro, o nos anclan en el presente o reconstruyen lo peor del pasado. No lo sabemos.

La política siempre tuvo un lenguaje de símbolos; cualquier argentino con solo mirar la foto de un acto puede interpretar las alianzas, los enconos o indiferencias según el lugar que ocupen las personas en el palco.

Esto ya es un truco viejo y no alcanza. En el futuro veremos mutaciones adaptativas a las funciones a desarrollar, ya están puestas las bases. En la política, por ejemplo, la vergüenza y la autocrítica serán sentimientos antiguos y se venderán en el rubro antigüedades. La teoría del neo-grouchismo “tengo mis principios, si no está de acuerdo, tengo otros”, que ya es una frase de culto, será el manuscrito de consulta de los mutantes que accedan al poder, público o privado.

Hay mutaciones exitosas e inteligentes que conservaron a las especies. El camello tuvo que desarrollar un tercer párpado traslúcido y puede ver en plena tormenta de arena; otras, desaparecieron de a poco.

Ante esa ausencia de interpretación de lo que nos pasa nos enmascaramos adoptando parches, especialistas extranjeros, modas efímeras. Se intenta, ante la desilusión de la realidad y el desorden que eso produce, transformar a los medios de comunicación, sobre todo a la televisión en el Oráculo de Delfos, poseedor de todas las preguntas y todas las certezas.

La frustración, padre y madre de la violencia, tiene sello, es argentina.

Lo complejo de usar este recurso, que nos “dicten” la realidad sentados cómodamente en un sillón, es que abdicamos, archivamos y descalificamos una de las funciones más exquisitas de nuestro cerebro, un proceso psíquico superior, el sentido común, proceso de síntesis que involucra y pone a todas las áreas cerebrales a funcionar, consultando en esa tarea a la experiencia, y revisando todos los conocimientos y datos inscriptos en la memoria, desde la de especie a la actual.

No poner en funcionamiento este proceso de síntesis, humildemente llamado sentido común, suplantándola por una realidad virtual, es despreciar un don de la evolución humana; un don solo ofrecido a nuestra especie; la posibilidad de analizar el presente para no llorar el pasado y prever o anticipar el futuro. Sabemos de su existencia a diario, con ella tratamos de sortear las innumerables contradicciones con que la vida nos despierta todas las mañanas mostrándonos una realidad distinta de aquella con la que nos acostamos la noche anterior El efecto que causa el descubrimiento del estafador en nuestra sociedad, en todas sus categorías, ideológicas, económicas o políticas, llega a alterar nuestro proyecto de vida, tiene la capacidad del trauma psíquico: paraliza, bloquea y nos remite a la individualidad para defendernos. Todos los procesos que intentan generar una conciencia colectiva empiezan a colapsar y el ‘homo erecto’ vuelve triunfante a la selva.

Sin embargo, el sentido común dice, “en algún lugar del muro inconcluso está la puerta, aquella que no abriste”. Y entre todos, vamos a encontrarla.

 

*Ernesto Fernández Núñez, villamariense, es psicoanalista y escritor. Vicepresidente nacional de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE)

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