La sombra huidiza de Juan Larrea

Escribe: Normand Argarate

ESPECIAL PARA EL DIARIO

 

“Ven a expandirte como los autores de cartas anónimas” dice un verso de Juan Larrea y uno no puede dejar de pensar en la forma misteriosa en que la poesía trabaja. Juan Larrea, el poeta místico de la generación del veintisiete, el compañero de andanzas de César Vallejos, García Lorca, Gerardo Diego, Tristán Tzara, Vicente Huidobro, Juan Gris, entre otros nombres de una generación que atravesó revoluciones y vanguardias estéticas. El ensayista, el hermeneuta de Picasso, el viajero, el coleccionista de arte incaico, el profesor universitario, el hombre que finalmente se exilió en la Córdoba de la Nueva Andalucía hasta volverse invisible a sus contemporáneos. Juan Larrea, el abuelo de otro poeta que también sacudiría la modorra de la siesta cordobesa, Vicente Luy.

Juan Larrea, el poeta que construyó su propio silencio.

“Vigilia de un sueño (apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina -1956/1980) de Eugenia Cabral editada por Eduvim, es el minucioso rastreo de una presencia tan delicada, que por pudorosa parece huidiza. Como dice el propio poeta: “Aún tengo que huir de mí mismo”.

Eugenia Cabral con temple amorosa reconstruye el repliegue de una vida y sus efectos sobre la comunidad cordobesa. Su aporte a la colección del Museo Caraffa con grabados de Picasso, la creación de Aula Vallejo, espacio de debate intelectual donde se vivió apasionadamente las discusiones en torno al surrealismo y la confrontación estética entre Breton y Vallejos. Aparte de la ensayística escribió dos libros de poemas y un diario poético. “Versión Celeste” publicada originalmente en 1970, es según Antonio Gamoneda, citado en el libro de Cabral, es “una dialéctica entre inocencia y conocimiento”; como dice el propio Larrea “esto que llega a mí en calidad de inocencia”.

Juan Larrea y Vicente Huidobro

Por ello, decidimos mantener una breve comunicación con la autora de “Vigilia de un sueño”, Eugenia Cabral, reconocida poeta, ensayista y dramaturga de la ciudad de Córdoba que hilvanó con los diversos testimonios de aquellos que pudieron tratar a Juan Larrea, la fugacidad de una vida. Por cuestiones de distancia, el diálogo fue vía Internet y por la dimensión del personaje seguramente merecería que nos explayáramos mucho más, pero como se dice en las viejas redacciones, tenemos que entrar en caja.

-Larrea, a través de su vida, revela una naturaleza multifacética: ¿cómo lo definiría a partir de sus investigaciones?

-Precisamente a Juan Larrea lo definiría por su plasticidad, su dinamismo, su amplitud como escritor. Pocos escritores han tomado la decisión explícita de dejar de escribir poesía, como lo hizo Larrea. Por lo general, lo disimulan o, directamente, lo ocultan, como si fuera un falta invalidante, en cambio, para él significó la liberación de su palabra hacia otros géneros del hablar. Y construyó diversos grupos de hábitats textuales. Comienza escribiendo un “diario intelectual” (Orbe) y prosigue con ensayos literarios (en especial, sobre César Vallejo); o sobre artes plásticas, descollando su trabajo sobre el Guernica, de Picasso; sobre arqueología incaica, sobre simbolismos místicos del cristianismo. Y a todo ello hay que agregarle un guión cinematográfico, Ilegible Hijo de Flauta, a pedido del director Luis Buñuel.

-¿Por qué cree que eligió Córdoba para vivir sus últimos veinticuatro años?

-Bueno, es un tema complejo. En principio, no eligió a esta ciudad, sino que la Universidad Nacional de Córdoba lo convocó a sus claustros. Estaba viviendo en New York, pero la oferta de Argentina fue cautivadora y no solo en lo económico, también en la propuesta académica. Después lo fueron reteniendo sus actividades universitarias, pero también sus afectos. A la muerte de la hija y el yerno en un accidente de aviación, queda a cargo de su pequeño nieto, el que luego se convertiría en el poeta Vicente Luy. De todas maneras, Larrea tenía una imagen simbólica de Córdoba, por ocupar la posición geográfica central, de ombligo, de omphalos, que encuadraba en su visión del nuevo mundo americano, dentro de su teleología de la cultura.

-¿Encuentra influencias de Larrea en nuestro medio?

-Ninguna específica, salvo que consideremos en esa calidad a la herencia poética que legó a Vicente Luy. Su labor no halló continuadores y ni siquiera comentaristas. Antes del título que he publicado, Vigilia de un sueño, únicamente Laura Pollastri y David Lagmanovich habían realizado un estudio sobre la revista Aula Vallejo, para la universidad del Comahue, y existían algunos estudios de Graciela Maturo, en Buenos Aires. Ninguno de ellos en Córdoba. Sí he notado en muchas personas que lo trataron que era capaz de contagiar el deseo de hacer cosas de calidad en la cultura. En particular, a Armando Zárate (poeta y docente universitario), además, podríamos nombrar a María Luisa Cresta de Leguizamón, o a Gustavo Roldán, todos ellos ya fallecidos. En cierta manera, quien recibió su influencia en el mismo sentido es María Eugenia Courtade, por su actividad junto a Vicente Luy.

-¿Cuál fue el aporte fundamental de Larrea?

-Por la misma diversidad de su tarea, es difícil señalar cuál es su aporte fundamental. Por ejemplo, la donación de la Colección JL de piezas arqueológicas incaicas a la República española implicó un aporte mayúsculo, porque eran piezas que podrían haber quedado dispersas en colecciones particulares, sin ningún beneficio intelectual de tipo colectivo. Ahora bien, para mí ningún tributo se compara con sus poemas. Versión celeste es una obra inefable, prodigio de la lengua poética. Elijo este poema suyo porque revela un ars poética sublime:

 

Razón

Sucesión de sonidos elocuentes movidos a resplandor, poema

es esto

y esto

y esto

Y esto que llega a mí en calidad de inocencia hoy,

que existe

porque existo

y porque el mundo existe

y porque los tres podemos dejar correctamente de existir.

 

Juan Larrea

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