La usina de La Playosa

Cuando hicimos esta nota estábamos en las puertas del otoño, el sol de mediodía lo anunciaba rebotando con un modesto brillo en el pavimento de la avenida Córdoba, en La Playosa. En el patio de la casa de los Mauro, el humo, despacio, dibujaba sueños desde la chimenea del asador. Sin viento que lo disipara se divertía armando formas que bien podrían asociarse a los recuerdos que desgranaba el dueño de casa, Onildo María Mauro.

Hombre nacido en el mismo lugar, durante el mes que comenzó la primavera de 1932. Entonces sus padres vivían “en el campo de los Campodónico que eran de Los Zorros” hasta cuando él contó con seis años y la familia compró “un campito”. Fue allí donde desarrolló su vida hasta que en el año 48, cuando murió su padre, decidieron comprar la usina del pueblo. Entonces, junto a sus dos hermanos varones, su hermana y la mamá, doña Erculina Ferretti, se vinieron a trabajar a La Playosa.

La Usina Grassi le proporcionaba energía eléctrica a todo el pueblo, era de Bocco Hermanos, y había sido inaugurada en el año 1924. Cuando la familia de Onildo la compró, la firma pasó a denominarse Mauro Hnos. y Tomás Bocco. Mantenía el nombre de los primeros dueños porque Tomás se quedó con algunas acciones de la compañía. Fueron los tres hermanos, nuevos propietarios, quienes llevaron adelante el modesto emprendimiento. Onildo recuerda que contaban con “tres motores gasoleros, dos eran Crossley y uno marca Ruston”. Ellos mismos debían arreglarse para realizar el mantenimiento mecánico de toda la maquinaria. Mauro rememora que “fue un negocio bastante mal. Siempre se trabajaba con lo justo. Cómo será que, cuando alguien, por ejemplo, se compraba una heladera, tenía que avisarnos porque iba a consumir más energía. Entonces íbamos a ponerle  un medidor para poder cobrarle algo más. Si no sólo se cobraba un mínimo”.

Los 220 voltios que llegaban a las casas recorrían la localidad en cables de cobre pelado. Dentro de las casas las instalaciones eran más bien precarias, “con cables forrados en tela y, al principio, con cajas de luz de madera”. Cuando llovía, los vecinos no veían con mucho agrado que los Mauro controlaran los medidores que, en la mayoría de los casos estaban colocados en el interior de las casas, pues entraban con los pies llenos de barro.  Por entonces, la usina prestaba el servicio de energía eléctrica sólo durante algunas horas del día. Por la mañana era de 8 a 14 horas. A la tarde iniciaba a las 16, extendiéndose hasta las 24 horas, salvo los sábados y domingos que llegaba hasta las dos de la madrugada. En caso “de haber una fiesta especial, nos avisaban. Se cobraba un extra y el servicio se prestaba por más horas”. La extensión del horario beneficiaba a todo el pueblo pues no estaba sectorizado el servicio, cuando se ponían en marcha los motores les daban electricidad a todas las casas, sin distinción.

Algo que Onildo recuerda con una sonrisa está relacionado con las emergencias, “al principio, cuando saltaba un fusible o se rompía una lámpara y debíamos salir a realizar las reparaciones íbamos en bicicleta con la escalera al hombro. Luego nos compramos un Ford T, allí la cosa mejoró”. Otras anécdotas que quiere compartir con nosotros es que “una vez, se instalaron unas carpas en el pueblo y esa gente vino a la usina para ver si podíamos darle electricidad. Le dijimos que sí, pusimos un poste, arreglamos con los cables que teníamos, incluso alambres para fardos. Justo había un baile que animaba la orquesta de Caffaratti.

Un pibe, que vino con los recién llegados al pueblo, pidió cantar y lo dejaron hacer lo suyo. Al poco tiempo la misma orquesta actuó en San Antonio de Litín, allí también estaba el mismo muchacho que volvió a cantar en aquel escenario”. Para don Onildo aquel pibe luego sería quien a principio de los años 60 adoptó el nombre artístico de Sandro. No salíamos del asombro por su narración de lo que podría ser una temprana actuación de Roberto Sánchez en la zona. Quizás cuando aún hacía dúo con su amigo Enrique Irigoytía.

No logramos reponernos de esa sorpresa y Onildo dice que “aquel mismo año, en otro baile, en el intervalo, tres chicos habían venido a cantar”. Mira con una agudeza a quienes compartimos la mesa para ver si tiene la atención de todos los presente y dice “uno dijo que cuando volviera lo haría cantando”. Onildo hace un silencio y luego lanza “era Palito Ortega”. Volvemos a sorprendernos, y pensamos que quizás fue cuando este músico hizo una gira con la orquesta Carlinhos, interpretando temas folclóricos y melódicos.

Pero no podemos hacer más especulaciones, pues Mauro nos trae la reflexión acerca de la importancia de la energía eléctrica y las condiciones en que ellos pudieron prestar el servicio durante varios años en su pueblo, hasta 1964. Piensa en el final de la usina y nos dice que “ya no se podía seguir. Llegamos a tener unas doscientas conexiones domiciliarias, 65 les correspondían a viudas.  Si bien no podíamos parar la usina por ser servicio público, la cosa no marchaba. Algunos políticos consiguieron un subsidio para pagar parte de combustible, pero los cables ya tampoco daban más y aumentaba la demanda. La gente se compraba nuevos aparatos.

Llegó el día en que se cerró y La Playosa se conectó al servicio provincial de energía”. Pero no acabaría allí su relación laboral con la electricidad. Cuando le tocó hacer el Servicio Militar aprendió a reparar baterías. Al regresar al pueblo comenzó a cargar, luego a reparar y más tarde a armar baterías, “por 50 años hice eso”. Mientras nos contaba que Marcelo, uno de sus hijos, también supo ayudarle en esa tarea, mostraba la piel otoñal de sus brazos “esto es por tantos años de trabajar sin protección”. Su mano izquierda acariciaba su brazo derecho con su piel tirante, ennegrecida y ajada. Son las huellas que el trabajo dejó en el cuerpo de Onildo, el hombre que era el dueño de la fábrica de luz, la Usina Grassi de La Playosa.  

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