Opinión - En el marco del 30º Aniversario de la institución
La primera cátedra de la UNVM
Los orígenes de la institución, que involucró a dos ideologías distintas, logrando lo imposibleLa creación de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) fue, me animo a asegurar sin temor a errarle por mucho, el hecho histórico más relevante que se registró a la vera del Ctalamochita desde la llegada del ferrocarril. Puede que algunos piensen que estoy un poco loco cuando afirmo esto que afirmo, pero no soy el único que lo asegura, de modo que, en todo caso, no estoy tan solo en mi locura. Y no es por negar otros hitos históricos en la ciudad, que también los tuvo y que fueron verdaderamente importantes y que la distinguen, ciertamente; pero la creación de la UNVM cambió para siempre y de manera radical (y peronista, si se me permite) la vida de Villa María. Y así, por obra y gracia de la onda expansiva que generó esa suerte de big bang político-cultural-educativo-económico-demográfico que significó el arribo de la casa de altos estudios, cambió también la vida de toda la región.
La oferta educativa, distintiva desde el vamos, que convocó a los claustros a muchos jóvenes locales y de los pueblos de alrededor que no podían permitirse el lujo (como si estudiar fuera un lujo y no un derecho) de ir a cursar estudios universitarios a Córdoba, Buenos Aires, Rosario, Santa Fe u otros destinos habla por sí misma de lo que significó que se abrieran las puertas de la Uni.
Y la voz corrió como reguero de pólvora; no tardaron en sumarse a la buena nueva alumnos y docentes de otras provincias y, en no mucho tiempo más, de otros países. Pero todo esto ya se ha dicho muchas veces, por eso quiero hablar acá de otra cosa. Quiero referirme a lo que me gusta considerar como la primera cátedra de la UNVM. A lo que nos enseñó antes de ser la universidad propiamente dicha, cuando era apenas un sueño, un sueño que parecía imposible.
“Seamos realistas, pidamos lo imposible”
Cuando más arriba decía que “la creación de la UNVM cambió para siempre y de manera radical (y peronista) la vida de Villa María”, me refería justamente a eso, y viceversa; o sea, porque también cambió de manera peronista (y radical) la vida de la Villa.
Me explico: hubo una vez un joven concejal peronista que tuvo una idea, un sueño loco, algo que parecía imposible y/o improbable de conseguir. Pero igual se lo contó a un intendente radical -bastante proclive a los sueños imposibles- que era capaz de ponerle el cuerpo a esos sueños locos, fueran de quién fueren, con tal de que hicieran al bien común, y juntos, el concejal peronista y el intendente radical, dejaron a un lado mezquindades, vanidades y menudencias, y pusieron en marcha el alambique político para convertir en realidad aquel sueño loco tendiente a favorecer el bien común.
Fue aquella una curiosa alquimia. Una alquimia que hoy, en tiempos de grietas, motosierras y odio profundo y desgarrador; hoy, en épocas de persecución ideológica y desacreditación permanente del otro tan solo por ser un otro; hoy, suena como algo remoto, improbable, imposible.
Sin embargo, aquella alquimia acaba de cumplir 30 años. Parecía imposible.
“Seamos realistas, pidamos lo imposible”.
Y como la alquimia de los sueños imposibles suele ser bastante contagiosa, no tardaron en sumarse laderos al proyecto del sueño loco que parecía imposible. Una maestra jubilada, un médico evangelista, una docente, dos dirigentes, una ama de casa, un periodista, un obispo... En fin, un variopinto catálogo de ciudadanos de diversas procedencias, colores y pensamientos (tampoco se vayan a creer que eran tantos: 20 o 30, como máximo) alcanzaron para que comenzara a germinar el sueño loco que terminó por brotar y por convertirse en la UNVM. En la mesa de un café, primeramente, que es el terreno más fértil para que germinen los sueños locos que parecen imposibles.
Y este variopinto grupo de villamarienses que no se conocían entre sí, motivados por un sueño común, en todo caso, más grande que ellos mismos, por lejos, fue capaz de trabajar codo con codo durante dos años y hacerse más o menos amigos, y remar en equipo en el dulce de leche que era espeso y muchas veces no muy dulce, hasta conseguir que el sueño se hiciera realidad, una realidad tan inmensa que logró transformar la historia de la ciudad igualito que lo hizo el ferrocarril allá en su día, cuando llegó a la vera del Ctalamochita.
Esa alquimia, esos dos años de trabajo silencioso, mancomunado, tenaz, porfiado, solidario, generoso, en pos de un bien común y que tal vez ni siquiera se sospechara todavía qué tan grande era, realizado por personas diversas, en algunos casos antagónicas, guiadas por aquellos dos rivales políticos (rivales, no enemigos), esa alquimia, esas gentes y esos dos años previos a que el Congreso de la Nación sancionara la ley de creación de la UNVM, esa es, a mi modo de ver, la primera -y si me apuran un poco, la más importante- cátedra de la Universidad de Villa María: la alquimia de convertir los sueños locos en realidad, para el bien común.
