Los Alpes en todo su esplendor

Escribe Pepo Garay

ESPECIAL PARA EL DIARIO

Zermatt es uno de los destinos más famosos y visitados de los Alpes suizos. Y no por casualidad: el pequeño y precioso pueblo de rasgos de cuento, está ubicado en un área de belleza excepcional, en el sur del país y del cantón de Valois. Un punto en el mapa de privilegios múltiples, que incluye impresionantes montañas de picos nevados y más de cuatro mil metros de altura, bosques, glaciares, laderas preñadas de margaritas, arquitectura típica en madera y todas las imágenes dulces que a uno le vienen a la cabeza cuando le nombran a esta parte del mundo.

Conscientes de ese patrimonio, los locales (tan organizados y puntillosos como el resto de sus compatriotas), han desarrollado una infraestructura turística que realmente deja al foráneo con la boca abierta: la aldea, de apenas seis mil habitantes, cuenta en el rededor con 400 kilómetros de senderos señalizados para el trekking, 360 kilómetros de pistas de esquí y 54 teleféricos y telesillas, además de un tren que trepa hasta los tres mil metros de altura y el teleférico “más alto de Europa” (porque alcanza los 3.800 metros).

 

El pueblito

Antes de salir a la aventura, conviene recorrer la localidad y deleitarse con su estilo de montaña. Y antes de eso, habrá que decir que en el pequeño municipio no están permitidos los coches a motor (un paraíso, si no fuera por tantos que hay eléctricos), por lo que el tsunami de contingentes de turistas (sorprende la cantidad de chinos, coreanos y japoneses), llega en tren.

Así, el paseo se vuelve todavía más ameno, entre calles repletas de casitas de madera a dos, tres o cuatro plantas (tan pero tan suizas, con sus balconcitos floreados y sus tejados, un sueño), jardines con cercas y duendes, y espectaculares vistas a las montañas.

Lo más destacado del circuito urbano (aparte de las ya citadas viviendas), lo corporiza el paso de un angosto y cristalino río, la iglesia (con misas en alemán y rictus como de miedo de cura y feligreses), el pequeño cementerio y claro, las asomadas que meten el Monte Rosa, el Liskamm y fundamentalmente el Cervino. Ese monte adonis y puntiagudo, como un cuerno de roca cuya cúspide alcanza los 4.500 metros de altura. Emblema de Zermatt, los paisanos (también en alemán), le llaman Matterhorn.  

 

Caminatas y paseos hacia arriba

Será entonces observados por el colosal Matterhorn (que del otro lado mira tierras italianas) que saldremos a caminar los senderos, trepando cantidad por momentos, maravillándonos de veras. Sobre todo, cuando los caminos escogidos se escapan de la zona de teleféricos y movimiento de masas (la mayoría, infelizmente, tienen esas características).

El ejemplo más a mano es el que lleva al refugio Schönbielhütte (hay varios y antiguos refugios en las zonas altas, muchos de ellos emplazados donde los pioneros, los que comenzaron a escalar el Cervino y sus vecinos allá por mediados del siglo XIX, plantaban campamento).

El inspirador circuito conecta con destino en unas seis horas de caminata y paisajes alpinos y aislados de antología. La vuelta se puede realizar por la cara norte, donde la mano del hombre puede molestar la visual sobremanera.

Eso, por culpa de las aerosillas (en invierno el lugar se colma de esquiadores), de las vías del tren cremallera, de las telecabinas y teleféricos. Artefactos de metal y cables que convierten lo que décadas atrás era una proeza de semanas, en un cómodo viaje de minutos.

Los que lo agradecen son los cientos de miles de turistas que llegan de los cinco continentes, tanto en invierno como en verano, y se trepan a los sistemas de transporte de montaña con el anhelo de llegar a miradores y centros de esquí (que obviamente incluyen restaurantes y tiendas de recuerdos), como el famoso complejo Matterhorn Glacier Paradise.

Una vez en las alturas (los 3.800 metros que se contaban antes), disfrutan de la nieve (todo el año), de los circuitos de trekking que salen cerca (no pocos bajan en bicicleta, adrenalina pura) y de unas panorámicas de Zermatt, del Valle del Cervino, de Valois y de los Alpes, que conmueven hasta al más piantado.

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