El Diario del centro del país

Los amigos de la Peatonal

Ahí está el Negro, que ya no es el Negrito, sino todo un animalazo que mete miedo. El tipo está echado, observando el zigzagueo de las bolsas de compras -que cada vez son menos- llevadas de la mano de esas señoras del pueblo cercano que llegaron para ver vidrieras.

Al pasar cerca, las mujeres hacen un paso más allá, escapando un metro del peludo, con temor a la mordida. “¿Y a estas qué les pasa?”, pensará el Negro, que no sabe por qué muchos no saben que él se porta bien, más que bien.

Tal vez muchos lo recuerden de otra manera por su pelea reciente con el Orejudo, el “vecino” de la Peatonal, con quien hubo notables diferencias sobre la propiedad de un pedazo de hamburguesa que sobró de La Madrileña.

La pelea fue una noche de verano en la que se gruñeron, se ladraron rápidamente y dieron paso a un par de mordidas semirrabiosas.

Cuando el mozo los separó de un escobazo, cada uno buscó su espacio sobre los adoquines. El Negro se ocupó de la mitad de cuadra. El Orejudo se movió hacia el Café de la Música. No hubo vencedores ni vencidos, aunque quedó claro que pocos perros ajenos podrían circular por el sector sin rendirse ante sus miradas penetrantes, ni siquiera el pitbull ese que pasa seguido con la correa roja, sediento de calle.

De todas maneras, ellos tienen muy en claro que están en un sector público y son parte del paisaje urbano que se debe respetar a rajatabla. Y por ese precepto también se escapan un tiempo hacia la plaza Centenario, sobre todo en horas de la siesta, cuando la sombra de un jacarandá les devuelve la energía. También pueden aprovechar el ingreso a los cajeros del Banco de Córdoba, donde está fresquito el piso y a veces todo queda vacío, como las máquinas en feriado.

Sin embargo, más tarde o más temprano, ellos siempre vuelven al ruedo.

El Negro y el Orejudo son tan de la Peatonal como el Palito y su guitarra, a quien suelen acompañar en alguna canción descontrolada, mientras el rasguido de una milonga sostiene el ritmo del centro.

En eso son bastante amigos y compinches, junto a los demás vecinos perrunos. También coinciden en la “novia”, esa joven empleada de comercio que sale a fumar frecuentemente, les da una caricia prolongada y les tira la colilla del pucho bien lejos, para no intoxicarlos cuando se acuestan sobre el cemento, viendo la Villa pasar.

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