Los lanceros villanovenses y su desempeño en las milicias provinciales

Escribe: Luciano Pereyra

La milicia provincial acantonada en el Paso de Ferreyra primero y en Villa Nueva del Rosario después, fue vital en el sostenimiento del sistema defensivo de la línea de frontera.

Es importante recordar que el Ejército provincial, en realidad era una milicia, conformada por gauchos, pardos, mulatos, negros y hasta por indígenas evangelizados. Hizo frente a los embates unitarios, principalmente. Las invasiones de Lamadrid por el norte o de Lavalle por el este, fueron detenidas por los cuerpos de caballería y batallón de Patricios comandados por Camilo Isleño y Antonio Ruiz. Las incursiones indígenas por el norte y por el sur obligaban a reforzar las fronteras con tropas que reconocían la ferocidad de sus adversarios, con los que solían pactar armisticios.

La batalla de Quebracho Herrado fue la más grande y cruenta de la guerra civil que sacudió a la Argentina entre 1839 y 1842. No fue absolutamente decisiva, pero volcó la situación de manera drástica a favor del Partido Federal, que terminaría por triunfar y asegurarse la preeminencia hasta la Batalla de Caseros en 1852.

Los soldados llegaban a Villa Nueva provenientes de muchos lugares como el Valle de Punilla, se enviaban textos sobre tácticas y se les enseñaba lo básico sobre las armas para integrarlos a las milicias. Muchos de los reclutas enviados desde Córdoba eran presos como el caso de José Oros, la carrera militar era la segunda oportunidad de reinsertarse socialmente.

La vida que llevaban estos cuerpos milicianos era más que austera, las mismas ollas que se tiraban en el Saladillo se reutilizaban en el rancho del escuadrón villanovense, la solicitud de vestuario para la tropa es negada por la situación del erario.

El escuadrón realizaba los patrullajes entre La Carlota y Río Cuarto, a veces, hasta Achiras, pero esto estaba condicionado porque la sequía no permitía el engorde de la caballada y quedar a pie en estas travesías significaba un gran peligro.

José Victorio López propone la creación del cuerpo “flanqueadores del escuadrón López”, escogiendo a los hombres más ágiles y disciplinados, también propone incorporar cuatro sargentos que sepan leer y escribir, honrados y de buena familia. Serán vecinos de la Esquina de Ballesteros.

El capitán Pío Ceballos (tío abuelo del maestro), el teniente Vicente López fueron dos personajes destacados en las fuerzas villanovenses.

Los cuerpos milicianos en los distintos fortines eran:

Blandengues

Dragones

Flanqueadores

Lanceros

 

Fuera de Villa Nueva se destacaban las figuras de:

Francisco Rapela, en Fraile Muerto.

Pedro Oyarzábal, en Río Cuarto.

Pedro Ordóñez, en Calamuchita.

El soldado fortinero o “miliciano”, analfabeto, mal vestido y peor pago, por lo general desconocía las leyes a las que estaban sujetos y tampoco fueron efectivas las penalidades que se les aplicaban. Trabajo forzado en obras públicas, azotes y fusilamientos.

La mujer también tuvo una presencia destacada en la frontera, como esposa del soldado o como “enganchada”, “arrimada” o “manceba” muchas veces robada, por lo que fue motivo de disputas y deserciones. No siempre las deserciones se pagaban con la muerte o los azotes, porque aunque la persecución era implacable, cuando no se podía apresarlos se concedía el indulto para que regresaran voluntariamente, como ocurre en septiembre de 1845, cuando un grupo es destinado a las tareas públicas sin antes sufrir la pena de quinientos azotes.

Estas situaciones se repetían en todas las provincias que integraban la confederación, no eran situaciones exclusivas de Córdoba.

En diciembre del mismo año se produce la deserción del sargento José Lazo, capturado al poco tiempo y fusilado en el fuerte del Saladillo por el coronel González.

Para abril de 1846 se asigna una partida especial de milicianos, encabezada por Pedro Juárez, para perseguir a los desertores, vagos y mal entretenidos. En este sentido debemos explicar que por estos tiempos existía una documentación que se llamaba “papeleta de conchabo”, la cual debía portarse para poder circular, aunque la mayoría de las fuerzas provinciales “levaban” a la fuerza a los ocasionales transeúntes.

El principal objetivo de estos movimientos era descubrir tierras al sur, penetrar “tierra adentro”, alertar a los indios “bomberos” para evitar que ocuparan los terrenos entre Melincué y las Tunas, por eso al cubrir defensivamente La Carlota, especialmente los bajos de los ríos, se controlaba la zona entre Saladillo, Cruz Alta y Fraile Muerto. Para esto no solamente se utilizaban soldados, sino también baqueanos expertos conocedores de la zona.

El patrullaje se realizaba por la banda sur del río Chocancharagua pasando por los fortines de, San Fernando, Jagüeles y Santa Catalina. Pero a esto se le sumaba la amenaza de una invasión desde Corrientes encabezada por Juan Pablo López (mascarilla) y otra desde la frontera del Tío, encabezada por Salas y organizada por el “Manco” Paz y apoyada por exiliados políticos unitarios.

El tiempo de trabajo del soldado fortinero se repartía en dos momentos, el de la siembra y de su actividad específica como soldado. Con respecto al primero, todo hombre de tropa debía hacer su siembra.

El jefe de los escuadrones debía regular aquella vital tarea de tal suerte que cuando se decidiera alguna incursión bélica, esta no coincidiera con el momento de siembra o de cosecha para el trigo o el maíz. Con respecto al segundo consistía en recorrer el campo que circundaba el fuerte desde horas muy tempranas y dejar rastros para que el indio no avanzara, ejercitar la tropa y procurarse alimento cazando todo animal que encontrara a su paso. Además de los existentes como el fortín de La Carlota o de Río Cuarto se fundaron nuevos fuertes y se restauraron los abandonados.

 

En 1850 se evitó una invasión a la provincia gracias al aviso del cacique Calbán que mantenía fluidas relaciones con Manuel López, y que en correspondencias sucesivas le dijo que la guerra no le convenía y que quería la amistad del gobernador, enviando cautivos en señal de paz, como en el caso de Josefa Funes.

Con el final del Gobierno de López la frontera volvió a violentarse con los malones. Hacia la década 1860 los ataques regresaron a Villa Nueva, coordinados con los ataques de los federales lo que reafirma el concepto de los estallidos simultáneos entre montoneras y malones denotando cada vez más la relación política entre ambas fuerzas.

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