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Las nuevas tecnologías afectan a la sociedad y sus integrantes

¿Cura el tiempo realmente todas las heridas?

Las nuevas tecnologías afectan a la sociedad y sus integrantes

Toda persona tiene su propio pasado y si reflexionamos sobre el mismo, comprobaremos que hay muchos detalles que ya apenas podemos recordar. Así, más de uno dice de forma lapidaria: “Lo que pasó se olvida”. Pero puesto que ninguna energía se pierde, ¿dónde están entonces las energías, por ejemplo, nuestros sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras, todo lo positivo y negativo de nuestra vida, también nuestras costumbres, es decir, todos nuestros esquemas de comportamiento, todo aquello que incluimos bajo la categoría de “olvidado” o de “lo pasado”?

Frecuentemente desechamos o consideramos una nimiedad el hecho de si las personas a las que hemos ofendido o incluso perjudicado nos han perdonado o no o si tal vez aún sufren por ello. Sin embargo, lo que no está superado, es decir perdonado, sigue existiendo, también en el caso de que hayamos olvidado aquellas situaciones no aclaradas. Los seres humanos pasamos por alto con mucha facilidad el factor “energía”, pero toda energía que proviene de cada uno de nosotros sigue existiendo, está registrada en nosotros, en el microcosmos y en el macrocosmos.

Las personas a las que, por ejemplo, les cuesta superar un golpe del destino escuchan a menudo de sus conocidos el dicho popular “El tiempo cura muchas heridas”. Y es cierto, pero solo si en el otro no hemos dejado ninguna herida, ninguna culpa. Jesús de Nazaret enseñó a los seres humanos de todas las generaciones lo siguiente: “Haz enseguida las paces con tu adversario mientras vayas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia y te metan en la cárcel”.

José Vicente Cobo

 

 

Maldita tecnología

Tenemos que resolver diferencias y reducir las tensiones. En muchos países es tan fuerte el contraste y la confusión que se requieren líderes dispuestos a dar lo mejor de sí, por encauzar otra existencia menos combativa. Desde luego, no podemos avanzar sin hombres honestos, sin dirigentes rectos que sientan fuertemente en su interior la llamada al bien colectivo mundial. Está visto que tan importante como el conocimiento es el conocerse uno y el reconocerse en los demás y que tan vital como cultivarse es propagar una buena dosis de coherencia moral. Por tanto, ante tantas carencias afectivas urge abolir esas tecnologías malditas que nos acorralan, como es la balística, que sin corazón alguno todo lo destruye.

Tampoco podemos continuar oprimiéndonos el alma mediante la exaltación de la tecnología. El  sentido de todas las cosas hace tiempo que se ha deformado, adaptándose a estas técnicas malditas, que todo lo quieren programar a su servicio y antojo. Apenas tenemos tiempo para nosotros. Vivimos para las máquinas. Ellas nos controlan y hasta nos dominan.

Por ello, a mi juicio, necesitamos otra visión menos mundana y más amorosa de lo que a diario nos acontece. Para empezar, cambiemos el mercado de vidas por otros estímulos más humanos, aunque no sean productivos.

Cada día son más las personas esclavas de la ciencia tecnológica. Indudablemente, Internet es un pórtico abierto a un mundo atractivo y fascinante, con una fuerte influencia formativa; pero no todo lo que está al otro lado de la puerta es saludable, sano y verdadero. De hecho, televisión, videojuegos, smartphones y ordenadores resultan en ocasiones un impedimento real al diálogo entre los miembros del hogar, al alimentar relaciones fragmentadas y alienación. De este modo, se acaban viviendo relaciones virtuales que muchas veces nos disgregan, apoderándose incluso de nuestro tiempo libre para la familia. Bien es verdad que también hay organizaciones que quieren aprovechar su potencial para generar compasión y empatía con causas importantes. Sea como fuere, todo necesita una dimensión ética que nos ponga en el buen camino, en la buena orientación.

Al final, lo importante no son las tecnologías ni los avances científicos, sino la propuesta de que todo esté al servicio de todos, también de los más necesitados y vulnerables. Por desgracia, este ciberespacio reinventado desde la globalización, en lugar de permitirnos el reencuentro, muchos lo utilizan para alimentar el odio y la venganza o el comercio del sexo, explotando siempre la bomba de la perversión en los más débiles e indefensos. En consecuencia, la conducta delictiva lo es tanto en el contexto de una realidad física como en la virtual y las autoridades tienen el deber y el derecho de hacer cumplir las leyes.

Personalmente, deseo que las tecnologías dejen de ubicarse en el territorio de lo maldito y nos sirvan para propiciar sosiegos y vías de entendimiento entre todos. Ojalá sepamos armonizar estos valores tecnológicos que están ahí con los de nuestra propia conciencia. Sin duda, es esencial que toda persona, habite en el lugar que habite, se encuentre en el centro de todas esas políticas y programas. Pensemos que la tecnología no lo es todo, pero sí que puede contribuir a hacer un gran bien o un gran mal. Hay que superar tantas visiones materialistas, que la fuerza impulsora va a estar siempre en esa ternura por lo autentico, considerado en su totalidad de espíritu y cuerpo.

Víctor Corcoba Herrero

 

Valerse por sí mismos

Uno de los grandes bienes que tiene el hombre es su libertad y aprender a desarrollarle rectamente es una tarea de toda la vida. Como consecuencia también los padres y educadores han de dedicarse a fomentar la libertad de los pequeños y a tener criterio propio. Se podría decir que los hijos/educandos no llegan a ser libres, los educadores han fracasado.

Pero el mayor inconveniente de la educación de la libertad es la dependencia de los chicos respecto a los mayores. Hay que reducir progresivamente la dependencia con el fin de poner cuanto antes al educando en condiciones de valerse por sí mismo, ejercitando su libertad y asumiendo la responsabilidad correspondiente.

Los profesores y padres pueden darles a sus hijos toda la ciencia, todos los conocimientos, todas las competencias básicas como se dice ahora, pero todo eso resultará pobre a la larga si no se le enseña a usar rectamente su libertad.

Todos tenemos experiencia de que resulta más fácil y rápido hacer una tarea o ayudar a un hijo que esperar a que lo haga él con su esfuerzo. Cuando vemos que el chico no acierta a ponerse los zapatos y atarse los cordones correctamente, nos inclinamos a hacerlo nosotros mismos. Pero lo conveniente será enseñarle a hacerlo él y esperar con paciencia a que lo consiga. Lo mismo podríamos decir respecto a hacer los deberes del colegio o resolver los problemas de convivencia con otros chicos. En todos estos casos los niños han de desarrollar sus propios recursos para confiar en sí mismos y cuando se encuentren en una situación difícil sepan hallar la solución, probando dos o tres hipótesis para solucionar el problema.

Otra forma de reducir la dependencia es ejercitarse en escuchar a los pequeños y fomentar a que ellos piensen soluciones y aprendan a corregir sus propios errores.

Los mayores a veces se preguntan: ¿Tan negativo es  ayudar a un niño a anudarse los cordones de los zapatos o dar consejos para resolver una riña con sus compañeros? Porque los niños son inexpertos y débiles y dependen en muchos aspectos de los adultos que los rodean. Pero ahí radica la labor del educador: reducir poco a poco la dependencia y poner cuanto antes al educando en condiciones de valerse por sí mismo.

Arturo García

 

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