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Cuando el río suena, sangre lleva

Está claro que lo que Estados Unidos y sus mecenas están haciendo en Venezuela es un golpe de Estado, está clarísimo tanto jurídica como políticamente.

Disfrazado de San Demócrata de las Moralinas, lo que el gigante anglosajón busca en realidad es el dominio de los 15 mil pozos petroleros de la Nación bolivariana, que tienen una producción diaria de casi 4 millones de barriles de crudo y gas. Es decir, que corren tras de una de las reservas de petróleo más grande del mundo, ubicada en el 6° lugar en el ranking después de Arabia Saudita, Estados Unidos, Rusia, China y Canadá. Pero lo hacen justo en el momento en el que, según un informe de Wall Street, el fracking de shale de los 16 mil pozos estadounidenses decae notablemente y pone en riesgo el autoabastecimiento alcanzado los últimos años.

La intromisión norteamericana no es nueva, viene en ascenso desde hace un lustro. La ejercen, mediante artilugios de bloqueo económico (en un país que importa el 70% de sus alimentos debido a que, y he aquí el grave error del chavismo, no apostó a diversificar su matriz productiva); también bajando junto a Arabia Saudita el precio del barril de petróleo (por ser los mayores productores, son formadores de precio del bien) de u$s114 q costaba en 2014 a u$s45 que cuesta hoy (en un país en el que el 90% de su producción y el 87% de su exportación son barriles de petróleo ); y recientemente fomentando y financiando la creciente violencia social que se vive en estos días, contribuyendo a debilitar aún más a un gobierno que parece haber entrado en el ocaso.

Decía que el intervencionismo norteamericano no es nuevo en Venezuela, pues tampoco es extraño en el mundo; el accionar desplegado por estos días, es el modus operandi con el que se redujo a la destrucción total a Irak desde 2001, Libia desde 2011, Ucrania desde 2014, Siria desde 2018 y tantos otros antes. Con la excusa de terminar con los gobiernos dictatoriales y liberar a la población, entran en los países, toman el dominio de sus recursos económicos (siempre petroleros y nucleares) mediante la privatización de las empresas, y luego se van, dejando un saldo peor de cuando entraron. Ya lo decía Eduardo Galeano: “Cada vez que EE.UU. salva a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”.

Dada la situación, las posibilidades de recuperación económica de nuestro hermano país, se desvanecen frente al recrudecimiento de las sanciones comerciales y financieras. Y el apoyo popular a la gestión que lleva 20 años en el poder, se desploma ante la incapacidad del Gobierno de dar soluciones concretas a la crisis, que ha elevado los porcentajes de desocupación al 20% y de pobreza al 50%, según cifras oficiales (criticables), que lo ubican en la franja de la emergencia humanitaria , de la que se hacen eco los opositores.

Al bombardeo ininterrumpido de los grandes medios de comunicación internacionales como la CNN, la Fox, New York Times, Washington Post, la BBC, el Corriere Della Sera, la Rede Globo, y tantas otras repetidoras de desinformación de por aquí y de por allí; ahora debemos agregarle una tropa formidable de trolls, que desde todas partes del mundo, lanzan constantemente una innumerable cantidad de fake news a las redes sociales sobre la situación en Caracas. Todo esto, sumado a la crisis de representatividad imperante y los aires de derechización en gran parte del globo terráqueo, vuelven al terreno una zona muy fértil al brote intervencionista.

La “cadena internacional” de Mike Pence el martes, el discurso de Jair Bolsonaro en Davos, el ultimátum de la Unión Europea, y las manifestaciones públicas de Luis Almagro, Mike Pompeo, Elliot Abrams, Duque Márquez, Sebastián Piñera, Bibi Netanyahu, Scott Morrison, Justin Trudeau, Emmanuel Macron y Mauricio Macri corren en ese sentido.

El reconocimiento de Juan Guaidó como presidente encargado, es un acto de elefantiásica ilegalidad, porque los constituye como cómplices del delito de usurpación de un cargo público que NO se encuentra acéfalo (conforme a las causales del artículo 233 de la Constitución Bolivariana), valgan las redundancias. Pero además, en lo que al Derecho Internacional respecta, viola los artículos 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21 y 22 de la Carta Democrática de la Organización de los Estados Americanos, de la que son naciones partes tanto Venezuela, como EE.UU., Canadá, Brasil, Chile, Colombia y Argentina .

Esto rompe la tradición diplomática de Latinoamérica y destierra los principios de no intervención, libre determinación de los pueblos y de resolución pacífica de las controversias; enarbolados por los Grupo de Contadora y Grupo de Apoyo, decantados en el Grupo Río, que bregaron por la pacificación en Honduras a fines de la década del 80. Pero además, sienta un precedente nefasto, que puede ser muy perjudicial de cara al futuro de la democracia en la región.

Llama la atención, que las grandes potencias, no tengan la misma posición frente a Arabia Saudita, donde hay una dictadura monárquica, donde el 60% de la población vive en la extrema pobreza y donde el año pasado asesinaron y descuartizaron al periodista Jamal Kashoggi en el Consulado de Estambul para luego desaparecer sus restos, tras denunciar a Mohamed Bin Salmán por la participación en la guerra yemenita, la corrupción con el petróleo y el atropello brutal a los derechos humanos.

El escenario en Venezuela es distinto, Nicolás Maduro se consagró reelecto en los comicios abiertos de mayo pasado, ante la negativa a participar de un sector de la oposición, obteniendo el 60% de los votos contra el 30% del primer candidato opositor. Es cierto, el proceso tuvo la participación del escaso 40% del electorado, cifras similares a las de las elecciones de Chile en 2017 y de Colombia en 2018. Suponiendo que el 60% ausente hubiese votado contra el chavismo, este último hubiese obtenido el 24%, pero esa ponderación es contrafáctica y peligrosa. Lo destacable aquí, es que la elección contó con una basta veeduría internacional , entre los que se encontraba el expresidente de España Rodríguez Zapatero (del que no se puede decir que sea chavista), y no tuvo una sola impugnación.

A los pocos días de asumir el Gobierno reelecto, Donald Trump desempolva la misma estrategia que su antecesor George Bush Jr. en 2002, al intentar golpear el gobierno de Hugo Chávez de la mano del empresario Pedro Carmona, intentona aquella que duró solo 48 horas.

Cómo ciudadanos de la Patria grande debemos alzar nuestra voz ante esta inminente injerencia, porque de avanzar, el resultado es obvio: Caracas habrá de caer en el precipicio de la guerra civil donde el hambre y la muerte hacen su festín con millones de niños, mujeres y hombres de a pie; ante la mirada indiferente de un mundo que parece hechizado por la avaricia, la insensibilidad y la meritocracia.

Hoy Venezuela amaneció con un saldo de 29 muertos y 350 detenidos, según organizaciones de derechos humanos, y todo parece que estos números van a elevarse. La única solución posible que puede avizorarse en este clima adverso es un acuerdo de paz; tal como proponen México, Uruguay y el Vaticano. Negociación pacífica, como la que llevaran adelante en 2016 oficialismo y oposición, con la mediación del Vaticano, y la participación de la República Dominicana, la Unasur y la Unión Europea (de la que, ¡Oh casualidad!, no participó EE.UU.) y que finalmente, tras dos años de reuniones y ante un llamado telefónico de Rex Tillerson desde Colombia minutos antes de la firma del acuerdo, la oposición no rubricó.

Una vez más, amigos míos, los “adalides de la libertad y la democracia” propician a la hostilidad de los pueblos periféricos, privilegian sus intereses y lavan sus manos en un río de sangre injustamente derramada.

Lautaro Celayes, estudiante de Derecho

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