Más vivos que nunca

Gabriela es bailarina y Martín, músico. Ambos están en sillas de ruedas. El, por un accidente; ella, tras dos cirugías por un aneurisma. La discapacidad los acercó al arte, a los deseos que llevaban dentro y a los que todavía no habían escuchado. Salen a la calle y pierden los prejuicios hacia ellos mismos. Los dos se dieron cuenta de que la vida seguía adelante. Y decidieron aceptarlo

Escribe Clara Trillini

“Cuando no creo, me voy a dormir”, dice Martín. Tiene 30 años y hace diez que está en silla de ruedas, luego de un accidente que lo dejó con una discapacidad a nivel de cuadriplejía.

En otro punto de la ciudad, está Gabriela, de 33, moldeando con sus manos un vestido de Bella para decorar una torta de cumpleaños. La joven también está sentada en silla de ruedas después de dos cirugías que tuvo a los 15 años por un aneurisma enquistado en su columna.

¿Qué tienen ellos dos en común? Sí, muchos podrán decir -así, sin más datos- que la discapacidad es el punto donde sus vidas encuentran un cruce. Pero no. Es el arte.

 

La danza y la música

“En 2012 me fui de vacaciones a Buenos Aires con unos amigos y me llevaron a un lugar donde bailaban lambazouk. Era un garaje abierto, estilo salsera. Me preguntaron si quería bailar y acepté. La gente me miraba, se sorprendía, pero de modo agradable. Ahí me di cuenta de que podía bailar y adaptarlo a mi condición”, cuenta Gabriela Goitea, bailarina y artesana. “Volví de allá decidida a comenzar y bailar ese ritmo”. Días después, supo que una de las personas que había bailado con ella en la salsera porteña era profesor. Lo contactó, le propuso viajar para aprender y del otro lado le contestaron que sí. Y así empezó a hacer viajes una o dos veces al mes, partiendo los viernes y volviendo a Villa María los martes.

Después de un tiempo, Gabriela decidió buscar un espacio en la ciudad, aunque le costó encontrarlo. “En 2015 empecé a bailar jazz contemporáneo y estuve todo un año aprendiendo la técnica de ese ritmo. Fue también un cambio largarme a bailar sola porque estaba acostumbrada a hacerlo en pareja. Lo bueno fue darme cuenta de que a una coreografía en grupo, yo la adapto a los movimientos que puedo hacer con mi cuerpo y que el resultado final sea lindo, armónico con lo que hace el resto”, explica.

De forma independiente, sigue bailando. Cuenta que le encantaría aprender más ritmos y también enseñar. “Algo importante es que esto me ayudó a desmitificar el tema de que si me caigo, me va a pasar algo. Soy como cualquier bailarina que corre el riesgo de caerse”, dice.

“La música me ayuda a sanar, cada vez que digo algo es porque lo siento, me pasó o me pasa”, cuenta Martín Galdeano. El, junto a tres amigos, conforman la banda “Martín, yo y los forritos”. Empezó a tener bandas y a tocar bastante tiempo antes de su accidente, pero reconoce que ese hecho fue también un quiebre en su forma de relacionarse con la música. “Mis manos no son las mismas, mi postura y mi condición no lo son tampoco. Además ahora canto, que nunca antes lo había hecho. Tengo una discapacidad tejida en mi cuerpo”, explica. También asegura que “hacer música es más simple de lo que parece”, y eso es algo de lo que se dio cuenta después de encontrarse, de un día para otro, en silla de ruedas.

“Hay un disco en camino. Somos cuatro integrantes en el grupo y el proyecto nos unió más, con la idea de crecer y de hacer de esto un trabajo para todos”, comenta. Hoy, cada uno de ellos tiene otras ocupaciones: trabajo, estudio, participaciones en otras bandas. “Ensayamos cuando se puede. Tuvimos la oportunidad de hacer el San Justo Punk en el centro vecinal del barrio, con bandas locales e invitadas. Es importante para mí este logro, de hacer algo en el barrio donde crecí”, cuenta Martín.

“Es una etapa importante de mi vida, después de mi accidente, de la muerte de mi hermana, de cambios en la familia. Es importante creer. Desde el momento en el que me quebré hasta hoy, siempre creí”, dice y hace una pausa en su relato. “A lo que apunto en la música es a los dolores o a las sensaciones que he tenido y empecé a liberar. El disco tiene ocho temas, todo es propio de la banda, aunque también sólo he trabajado y le dediqué mucho tiempo”, agrega.

 

La difícil decisión de aceptar

“Me operaron dos veces. Salí de una cirugía y entré a otra. Al día siguiente, me estaban llevando a rehabilitación en una camilla”, cuenta Gabriela. A los 15 años, le detectaron un aneurisma en la columna. Después de pasar por diversos consultorios, diagnósticos y estudios varios, un grupo de neurólogos le dijeron que ese aneurisma le estaba oprimiendo la médula, y que por eso había empezado a perder movilidad en su pierna derecha, sintiendo fuertes dolores en la zona dorsal.

Salió de la primera cirugía bien, pero de terapia a la habitación común, se dio cuenta que no se le movían las piernas. Apenas recuperada de la anestesia, supo que la iban a operar una vez más, porque la médula se había inflamado. Nunca supo el motivo o nunca quiso saberlo. “Yo pienso que fue porque tenía que ser”, dice. Y aunque ahora habla sin perder la sonrisa y la voz tranquila, dulce, el posoperatorio fue una etapa dolorosa. “Tuve que asumir todo lo que implica pasar a una silla de ruedas. Fue un proceso bastante largo, me costó darme cuenta de lo que me estaba pasando y tenía que seguir adelante”, cuenta.

Para Martín, aceptar la realidad también fue costoso. “Lloraba mucho. Mi cuerpo quedó paralizado entero. Fue una etapa fuerte, me despertaba en la noche con sensación de asfixia, porque me salvaron por muy poco de ahogarme. Todos los días era sobrevivir. Mi cuerpo no se movía, pero yo estaba vivo igual. Más vivo que nunca”, dice.

Además de la música, sale a vender budines y alfajores que hace su hermana. Y tener una silla adaptada para eso, le cambió la vida. “Hace cuatro años que ando en una silla de ruedas fabricada acá, en Villa María. Y después tengo mi bici a motor de taladro, que se ajusta a la silla y me permite andar vendiendo por la calle”, explica. “Está buenísimo porque te da autonomía, sos independiente, llegás limpio al lugar, más rápido. Te da otra perspectiva y además, tranquilidad”, comenta.

Martín cuenta que junto a un bicicletero y un tornero amigos suyos, armaron ya varias bicis a motor y a pedal para que otras personas con discapacidad puedan tenerlas. Habla de su proyecto y se le ilumina el rostro, porque su sueño es que otros chicos y chicas accedan a esa posibilidad y, para él, pueda convertirse también en una fuente de trabajo.

 

“Quería que mi mamá caminara al lado mío y no detrás”

Gabriela y Martín compartieron juntos, en Buenos Aires, un curso sobre “vida independiente”, que les brindó herramientas sobre cómo movilizarse en sus sillas. “En una semana, varios instructores que estaban también en sillas de ruedas, te enseñaban todo lo que tenías que saber para independizarte. Y también a no mostrar una imagen que produjera lástima, porque vos estás discapacitado, pero no significa que ahí se termina todo. Podés hacer un montón de cosas: trabajar, estudiar, practicar deportes. Entonces, ahí no cabía el ‘yo no puedo’, porque te estaban mostrando el ejemplo de otros, en tu misma condición, que sí podían, que lo estaban haciendo”.

Al volver del curso, Gabi retornó a su silla de estilo hospitalario, la misma que había tenido durante nueve años. “Durante una semana, estuve en una silla como esta, la que tengo ahora. Pero en ese momento, volví de Buenos Aires a mi silla de siempre, a esperar que otra persona pudiera llevarme, empujarme. Yo quería ser independiente, que mi mamá caminara al lado mío y no detrás”, dice. Y cuando llegó su silla nueva, en la que anda ahora, se abrió un abanico de oportunidades para ella.

“Abandoné la carrera de Administración de Empresas y me anoté en teatro. Era un desafío estar en escena, pero mi director y compañeros, en El Globo Rojo, tuvieron siempre la mejor onda conmigo”, cuenta. “Seguí con los trabajos en porcelana fría, algo que venía haciendo desde los 16 años. Primero les vendía a mis amigas de rehabilitación y después, gracias al ‘boca en boca’, recibí cada vez más pedidos y fui ganando clientes”, relata Gabriela. Y el año pasado comenzó a dar clases. “Quería otro ingreso y en la Municipalidad me ofrecieron ser profesora para los talleres de adultos mayores. En 2016 di clases en el centro Amadeo Sabattini, pero este año tengo un grupo de 20 alumnas en el hogar de día del barrio”, cuenta.

Ese barrio, el suyo, es Las Playas. Allí vive en una casa al lado de la de sus padres. “Ahora a mi mamá le digo vecina. Mi vecina me trae comida, me lava la ropa, es buenísima conmigo”, comenta entre risas.

Martín también reconoce que el curso fue un antes y después. Sobre todo, en cuanto a salir, a mostrarse y visibilizarse. “Cuando salís y andás en silla de ruedas te das cuenta de muchas cosas, de cómo va la gente, de cómo están las calles”. El, que vive en barrio San Justo, dice además que el apoyo y sostén de su familia es lo más valioso. “Vivo en la casa de mis padres, solo, acá estoy cómodo. Mi hermana Flopi, que vive en Córdoba, viene a visitarme, a pasar ratos conmigo. Y Mariela, mi otra hermana, es la que hace budines y alfajores para que yo venda. El ciento por ciento de apoyo me lo da mi familia”, cuenta.

Al volver del curso sobre vida independiente, Martín decidió practicar rugby adaptado. “Entrené bastante tiempo y fui a jugar a muchos lados. Incluso hice entrenamientos en Buenos Aires con el seleccionado y estaba la posibilidad de viajar al exterior. No seguí por una cuestión económica”, dice.

Ahora, la música, sus proyectos de bicis adaptadas y la venta de budines forman parte de su vida diaria. “La música es una partecita, un escudo al llanto o cuando estoy enojado. En mis letras no pongo una palabra porque sí. Me gusta esperarlas y, cuando aparecen, las agarro. Por ejemplo, después de dos años salió un tema por la tristeza de la muerte de mi hermana Laura”, cuenta. Los días, aun con sus varias actividades, no siempre son motivadores para Martín. “Esta mañana tenía que salir a vender y no salí, porque me sentía frustrado. Me perdí en malas sensaciones, en tristeza, en bronca. Y eso me impidió salir y haber pasado un rato en la calle, andando, charlando con la gente, la posibilidad de ganar alguna moneda. Siempre hay muchas cosas para hacer, pero a veces te falta el impulso, la motivación, tenés que sentirte bien”, comenta.

Gabriela también pasó por la experiencia de la pérdida de un hermano. “Tengo tres hermanos varones y Cristian, el cuarto, falleció cuando tenía dos años. Durante mis operaciones, mi mamá estaba embarazada de siete meses. El nació en marzo, le detectaron problemas en el corazón y yo llevaba tres meses de lesión. Por eso a los primeros años de discapacidad los viví de otra manera, sin hacer un duelo por lo que me había pasado. Estaba enfocada en mi hermanito, pensaba mucho en él. Me acompañaba siempre a rehabilitación y mi mamá no usaba cochecito porque yo lo llevaba en mi falda. Me ayudó muchísimo, gracias a él sentí ganas de seguir el colegio, de ir a rehabilitarme. Perderlo fue lo más doloroso que me pasó en la vida”, cuenta.

Gabriela y Martín tienen otro denominador común: eligieron aceptar. Tomaron la decisión de seguir hacia adelante e ir redescubriéndose. “No es fácil, pero elegí ser lo más feliz que pueda ser. La silla de ruedas me cambió la vida, pero para bien. Yo no lo veo como un impedimento físico. Me ha abierto puertas, conocí gente que probablemente no hubiese conocido nunca si no me pasaba esto. Esto es una experiencia más de vida, y como todas, te curte, te cambia”.

 

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