“Me asombra que a las cosas haya que escribirlas para que existan”

Escribe Fran Gerarduzzi

“En las historias se encuentra el corazón de nuestro pensamiento. Lo que hemos vivido nos construye y define”, me dice Fabio Cardarelli mientras tomamos un café colombiano con sabor a chocolate en la sala de su hogar. Afuera, la tarde reposa en el silencio de las calles vacías que se parecen al laberinto en el que el poeta se aventura cuando lo desvelan esas preguntas inagotables que tienen respuestas inagotables.

El autor de obras como “Truco de espejos” (2016) y “La breve recompensa” (2016) recuerda el momento en que empezó a establecer el vínculo con la palabra.

“Todos sabemos que la escritura marca una bisagra. Aprender a escribir es mágico. Todo lo anterior es oscuridad y tinieblas”, sentencia.

Una pequeña pausa le dibuja una sonrisa y puedo ver en su mirada a un niño frente al papel, esa “ventana infinita” por la cual, como le explicó alguna vez su entonces profesora Marta Parodi, puede observar y asomarse a universos nuevos y diferentes.

“Me parece que la primera palabra que escribí fue ‘luz’. De repente, algo comenzó a iluminar la sala con una claridad que encandilaba y me di cuenta del efecto que había producido esa palabra escrita en el cuaderno. A esa edad uno es curioso y quiere reincidir. Fui por otra palabra y escribí ‘pájaro’. Algo empezó a revolotear, voló en círculos hasta el techo y se fue por la ventana. Después escribí la palabra ‘perro’ e inmediatamente apareció mi entrañable Jon, esperándome para salir a jugar al patio. Luego escribí la palabra ‘madre’, ‘padre’, ‘amigo’, ‘amor’, ‘mujer’, ‘hijos’”.

Hace silencio unos segundos.

“¿Qué quiero decir?”, se pregunta de repente. Uno va escribiendo las palabras que hacen a su vida y nos queda el eco y me asombra que a las cosas haya que escribirlas para que existan, vivan y se echen a andar. Uno duda, incluso, de qué existió primero, si el mundo o la palabra.

 

La edad justa en el lugar adecuado

Fabio nació en Bell Ville, pero a muy temprana edad se trasladó a la pequeña localidad cordobesa de Ana Zumarán, que está conformada, cuenta el autor, por una manzana incompleta de la que jamás pudo ni podrá despegarse.

“Uno magnifica tanto las vivencias, las historias y los vínculos, que, definitivamente, queda impregnado y se aferra a todas esas experiencias”.

Otras de las ventajas de vivir en un pueblo chico, cuenta Fabio, tiene que ver con el dominio que se posee sobre lo geográfico y con un aspecto, un poco particular, que sucede en la escuela.

“Da la impresión de que los patios de las otras casas, los árboles de los vecinos, los gallineros, los palomares, la iglesia y la escuela son tu hogar. Uno se siente absoluto en ese terreno. Además, al ser la escuela tan pequeña y tener tan pocos alumnos, más allá de cómo te comportaras, siempre eras abanderado o escolta”.

 

Como un exilio

A los 11 años se trasladó junto a su familia a Villa María. Ese cambio tan antagónico creó un sentimiento que con los años encontró en las crónicas o relatos de exilio que leyó. Con la mudanza, además, el escritor rememora una anécdota que representó un quiebre. Su madre le vendió una escopeta que había sido obsequio de su padre y le compró una máquina de escribir.

“Fue una decisión arbitraria. Si me hubiesen preguntado, habría elegido cualquier otra cosa. Pero confío en el instinto de madre. La máquina estaba ahí, era verdad y para un chico de 11 años es un objeto extraño, una herramienta digna de ser explorada”.

La mirada se le pierde y las palabras aparecen despacito, como si contara un secreto.

“Cuando un chico de 11 años le pone una hoja en blanco, inmediatamente se transforma en una ventana infinita. No voy a olvidar nunca esa primera hoja, el olor del papel y de la tinta, el golpe del metal y lo que eso significó”.

Mucho tiempo después, en “Truco de espejos” (2016), escribirá: “Mi madre/ que vendió mi escopeta para/ comprar una máquina de escribir/ nunca me pidió perdón// la perdoné/ cuando entendí/ que una máquina de escribir o una escopeta es/ ese tipo de herramienta/ que desconoce la mano/ de su amo y mata// solo cambia/ la permanencia en lo estéril/ y el tiempo/ que dura la agonía”.

 

Dudar, la única certeza

Fue a los 11 años también cuando sintió que comenzaba a recorrer el “terreno cenagoso” de la poesía, donde a veces, dice Fabio, se nos va la vida dudando. ¿Una tarea? ¿Una vocación? ¿Un oficio? ¿Un destino? ¿Un designio divino?, todos interrogantes que el poeta se hace respecto a esa pregunta inagotable: ¿Qué es la poesía?

“Como muchos la definieron, puede ser esa ‘herencia sin rencor y sin resentimientos’. Tal vez sea ese afán de querer alumbrar con la palabra las más profundas obsesiones. Quizás tenga que ver con la esperanza de que un hombre o una mujer en el lugar más remoto de la tierra puedan, solo con un papel y un lápiz, iniciar el caos”.

Fabio también tiene la fantasía de que la poesía es una mujer que seduce, que intimida, que nos encadena y nos sienta en su silla de interrogación de por vida.

“Uno cree que puede dominar esa situación, pero solo somos herramientas de algo superior”.

 

Un refugio

La poesía lo ayudó, salvó y amparó con la idea de la muerte. Cuando era joven y ciertos temores lo inquietaban, le llegó a sus manos, como un pájaro extraviado, “La doctrina de los ciclos” de Jorge Luis Borges.

“El número de todos los átomos que componen el mundo es, aunque desmesurado, finito y solo capaz como tal de un número finito, aunque desmesurado también, de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de las permutaciones posibles debe ser alcanzado y el universo tiene que repetirse”, recita con la precisión de una fotografía.

Como si tuviera el texto sobre sus manos, las palabras se le continúan revelando.

“De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble”.

Con esa lectura sintió que se agigantaba la medida de su esperanza, que se posicionaba la vida sobre la muerte definitivamente y que la muerte podía llegar a ser un detalle en la vida de los hombres.

“Cuidado, no estoy diciendo que la muerte no sea dolorosa. Estoy diciendo que cuando me toque despedir a los seres que más amo, pueda en ese terrible dolor besarles la frente y decirles bajito: ‘Nos volveremos a ver… infinidad de veces’”.

 

Sobre ruedas

Cuando dice que su poesía marcha sobre ruedas, no miente. Fabio recorre aproximadamente nueve mil kilómetros por mes para la empresa en la que trabaja.

“Gran parte de mi poesía fue pensada, planeada y, a veces, escrita en el camino. El parabrisas de mi vehículo ha sido la ventana más exacta y rigurosa a través de la cual vi el mundo”.

La poesía, además de haberlo amparado con la idea de la muerte, también lo hizo con el sentimiento de exilio vivido en la mudanza y con su labor cotidiana.

 

Un paréntesis

En 1986, a los 17 años, editó “Donde la piedra es pájaro” y en 1989 publicó “Bis”. Después, no escribió por más de dos décadas. ¿Por qué? Todavía no lo pudo elaborar, pero lo describe como un período oscuro en el que tal vez existió cierto temor por esa palabra que es difícil de medir, de alcanzar.

“Mi vínculo con la poesía fue siempre ambivalente, de amor-rechazo. A veces, cuando me levanto, digo que esto es sublime, mágico y bello, a pesar de que considero que la belleza siempre es triste porque se agota. Y otras, pido que no venga. Hay tantos oficios que te dejan respirar, sentado bajo las estrellas, libre”.

Heidegger, me dice, cuando terminó de escribir una de sus grandes obras (que le llevó años), una vez impresa se dio cuenta de que lo que había querido decir allí no lo había dicho.

“Existe una sensación de que las palabras cambian, se transforman y conocen ciertos trucos”, explica. Volver a escribir es una cuestión de reconciliación. Uno reelabora ciertas obsesiones, encuentra el punto en el que comprende que la palabra tiene vida y, por lo tanto, se transforma.

 

Un palomar, una respuesta

En Ana Zumarán el poeta tenía un palomar. Su padre, por razones de trabajo, se comunicaba con los patrones que eran de la ciudad a través de las palomas. En una ocasión, el hombre, después de escribir algo que Fabio nunca sabrá, anilló el mensaje a la pata de una de las aves y dejó que él la suelte.

“Mi padre decía que había que llorar únicamente cuando presenciáramos algún milagro. En esa oportunidad lloró, pero nunca supe por qué. Tengo un poema que rememora esa vivencia. Desde esa vez tengo la sensación de que las palabras, las palomas y los milagros se me parecen tanto que los confundo, me cuesta reconocerlos, diferenciarlos. Tal vez por o para eso escribo”.

Pero por otra parte, con cierta prudencia, dice que escribir tal vez sea un ejercicio lúdico.

“Así como los chicos mediante el juego elaboran sus conflictos y se afianzan para la vida adulta, a veces (no quiero decir que sea) pienso que escribir, para los adultos, tiene la misma finalidad y permite preservar el niño que conservamos dentro. Pero es una ocurrencia, nada más”.

 

Querer la palabra

“Uno aprende a querer las palabras por esa capacidad que tienen para crearse y refundarse en sí mismas infinidad de veces. Uno las quiere porque te hacen sentir que estamos ejerciendo el oficio más antiguo del mundo. Nos unen con aquellos que nos precedieron y nos hacen romper con el concepto lineal que tenemos del tiempo”.

Además, dice Fabio, las queremos porque nos brindan esa esperanza de poder encontrar en cada una de ellas la nobleza y, a través de ellas, la nobleza que tienen las cosas.

“Cuando al poeta Hugo Mujica en una entrevista le preguntaron cómo definiría a la nobleza, con esa humildad absoluta respondió: ‘La nobleza es que las cosas coincidan con lo que son, despojadas de toda apariencia y eso, tal vez, sea la poesía’”.

 

Presencia de Dios

Borges, cuando le preguntaron si creía en Dios, respondió que sí, pero dijo que no sabía en cuál. Y expresó que era un “exceso de economía creer en uno, habiendo tantos”. Fabio comparte ese pensamiento.

“Creo que no puede haber hombre sin Dios sobre la Tierra. Es un eje fundamental. No quiero sentir que vengo de un vacío absoluto y que voy hacia otro vacío absoluto. Tengo la sospecha de que aun en quienes lo niegan está presente. Además, como sospecho que existió la palabra antes que el mundo, solamente un Dios pudo haberla dicho y hecho.

 

La palabra y su metamorfosis

“Las palabras, en las páginas de los libros, se mueven, saltan, se esconden”, dice el poeta. “La palabra no solo cambia y adquiere diferentes significados de acuerdo al contexto en la que se la utiliza, sino que también, con el tiempo, uno siente que adquiere cuerpo, peso, volumen”.

Lo observo con desconfianza.

“Y no solo eso”, me dice. “Miralas con la ‘lupa de la pasión’”.

Es cierto. También tienen movimiento, voluntad, carácter, temperamento.

 

Proyectos

Actualmente está trabajando en un libro de poesía que ya tiene una primera corrección de Griselda García.

“El título posiblemente sea ‘Instrucciones para mirar el fuego’. Sin embargo, es un libro que debe madurar. Lo frené y no seguí con la corrección porque, personalmente, no me termina de cerrar. Necesito repensarlo”.

Además, me cuenta, le gustaría hacer un libro de poesía para adolescentes de 10, 11, 12 años.

“Tengo algunos poemas y me encantaría que sea un libro que esté limpio de palabras difíciles y donde primen solamente las emociones. Quiero que sea simple, sencillo, directo y que conmueva”.

La vida, la muerte, la tristeza y la soledad son algunos de los temas a los que acude el poeta, simplemente porque son sus espejos. Y para abordarlos tiene su bitácora de viaje que es apenas un esbozo, un pequeño plan que lo guía. El azar, sin embargo, lo acompaña en el viaje. Y la tinta va dejando sus huellas en el papel como si desempañara el vidrio de esa ventana infinita que terminará por revelarnos, como escribió Fabio, que “por este camino se llega a la casa del nunca”.

 

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