Morales responde a Marzolla

En una extensa entrevista publicada en nuestra sección “Mano a mano” del 18 de este mes, el profesor Teobaldo Morales aludió a su cesantía de la Biblioteca Bernardino Rivadavia con la llegada de la última dictadura. Afirmó también que le inició y le ganó un juicio “a Videla”, pero que la institución no le devolvió sus horas cátedra en el Profesorado Antonio Sobral. El director de entonces, Eduardo Marzolla, respondió tres días más tarde (en nuestra edición del 21 de este mes) que la salida de Morales no fue por cuestiones políticas sino por agredir a golpes de puño a otro docente, al término de una asamblea de profesores, entre otros conceptos. Y Morales solicitó nuevamente la palabra: aquí su carta

El autor de la carta, Teobaldo Morales

Señor director:

Solicito a usted la publicación de la presente carta, en la que doy condigna respuesta a la carta publicada en EL DIARIO con fecha 21/09/2017, y que firma el profesor Eduardo Marzolla.

En ella, el profesor Marzolla manifiesta sentirse molesto por unas palabras que vertí en el curso de la larga entrevista que me hiciera la periodista Nancy Musa y que fuera publicada en ese medio el 18/09/2017.

El se siente molesto por mi expresión, propia del lenguaje coloquial: “Le gané el juicio a Videla, pero lo perdí con Eduardo Marzolla”. Sin embargo, ella no entraña una agresión personal. Simplemente se refiere elípticamente al hecho que concluyó con la pérdida de la condición de profesor en el Profesorado del Rivadavia. Creo que tal expresión no es sino una sutil defensa del yo. Es común que las personas, aunque a veces parezca una “irreverencia”, ocultemos el dolor que nos causa un recuerdo tras una sonrisa. Con un poquito de comprensión, Marzolla debió interpretarlo así. No puede ignorar que para mí sigue siendo muy doloroso el haber sido despojado de las catorce horas cátedra que dictaba en el Profesorado del Rivadavia y de otras cuatro en el Secundario, como profesor de Teatro.

Si él se siente molesto por esas diez palabras dichas al pasar, cuánto más podría yo decir, que perdí, debido a la suspensión sine die que él me aplicó ilegalmente, el trabajo que tanto amaba, sin poder recuperarlo nunca más; que con su decisión de no dar cumplimiento al fallo de la Corte Suprema de Justicia que ordenaba que me fueran reintegradas inmediatamente las horas cátedra de las que fui despojado, me cambió la vida de un modo traumático, me condenó al exilio de la institución donde trabajaba feliz.

Me parece recordar que después de litigar por más de cuatro años y de ganar el juicio al general Videla, con el fallo de la Corte Suprema de Justicia, cuando me presenté con una copia de ese fallo, en septiembre de 1981, Marzolla no dio cumplimiento a lo ordenado, aduciendo que a esa altura del año mi reincorporación alteraría el currículum escolar; me apena que me prometiera que en el período siguiente lo haría; me apena que al llegar abril de 1982 tampoco lo hiciera, según explicó, porque los profesores que me remplazaron en el dictado de esas cátedras no querían devolverlas; que no se me respondiera a los reiterados reclamos de la Secretaría de Trabajo para que fijaran una fecha para poner fin a la arbitraria suspensión; que fue en vano que apelara a las razones que avalaban mis derechos y a los sentimientos de solidaridad de quienes eran mis colegas… La inaceptable decisión tomada por el director, conjuntamente con el Consejo Superior, fue la misma que asumieron con respecto a la profesora Susana Barco de Surghi, a quien, impiadosamente, le rechazaron sin darle ninguna explicación su legítima solicitud de reincorporarse a sus cátedras y al cargo de jefa del Departamento de Psicopedagogía del Instituto, que ejercía hasta el momento en que la dictadura la encarceló por considerarla peligrosa y a pesar de que cuando fue liberada presentó a Marzolla un certificado de buena conducta que los militares le otorgaron reconociendo que se habían equivocado al privarla de su libertad durante más de cinco años.

Tanta falta de solidaridad de nuestros colegas y amigos, asombra. Simplemente, he señalado dos hechos reales, verificables:

  1. a) La dictadura del Proceso tuvo que huellar y respetar en mi caso un fallo de la Corte.
  2. b) Marzolla no lo hizo. Desconoció el orden jurídico. Se puso sobre la Constitución Nacional, las leyes y los códigos que amparan los derechos de los trabajadores. Esa es la verdad de fondo, o la pelea de fondo. En una gané por puntos en tres rounds; en la otra, por confiarme demasiado me sacaron por nocaut. “Lo risible es resultado de un contraste”, enseñó Henry Bergson.

Pero es comprensible que me hayan pegado tan fuerte. Cabe recordar que cuando sucedieron los hechos que nos ocupan, estábamos en el año 1981, o sea, en plena dictadura. Todavía reinaba el miedo en todo el territorio nacional, naturalmente también en el Instituto Rivadavia. Son explicables los conciliábulos secretos, el enmascaramiento de las resoluciones tomadas en nombre de “la institución”. Todo sea por el Instituto, argumentaban. Qué importaba, entonces, desconocer los derechos humanos y constitucionales. Desde ese punto de vista Marzolla debe sentirse justificado, pero es decepcionante.

Este fue el marco histórico de mi odisea rivadaviana, que hoy Marzolla me ha obligado a recordar. Mis percepciones de aquel período de terror vivido durante la dictadura, se hallan publicadas en un capítulo del libro En honor de la verdad, de Omar Toscano, en el que relato cómo lo pasé. Debiera hacer lo mismo el profesor Marzolla y subrayar en sus escritos sus diferencias con Videla, poniendo de relieve, por ejemplo, cómo defendió la libertad de cátedra, cómo defendió a los docentes cesanteados y desaparecidos.

Además, Marzolla me pide en su carta que recuerde “que los hechos no son como yo los relato”, valiéndose de la falacia “de la evidencia incompleta”. Se podría conjeturar que ello obedece a una necesidad que tiene de tranquilizar su conciencia. Para eso sirve esta falacia. Se cita un hecho que parece confirmar una verdad: que mi alejamiento del Instituto obedeció a mi renuncia, ignorando una importante cantidad de evidencias que contradicen su afirmación. Se basa en un argumento falaz, que parece válido, pero no lo es.

Pretende probarlo citando para ello a un inspector del Ministerio de Educación que según él me pidió la renuncia. En primer lugar, aquel inspector se apersonó en mi domicilio muchos meses después de haber sido suspendido, no para pedirme la renuncia sino para decirme que había sido encargado de abrir un sumario administrativo, tal como es de uso corriente cuando surge un conflicto en el ámbito de la administración pública y que procedería a tomarme una declaración, si yo estaba de acuerdo. Pero antes de iniciar su trabajo, nos advirtió a mí y a mi esposa, que el sumario demoraría años en resolverse y que a ese largo período se iba a sumar que las autoridades del Instituto Rivadavia habían decidido no permitirme volver como profesor.

Ante ese panorama desolador, que amenazaba con prolongarse indefinidamente con el consiguiente agravamiento del estado de angustia que me habían generado desde que fui suspendido sine die, no obstante los reiterados reclamos de la Secretaría de Trabajo al Instituto Rivadavia para que cesara la injusta e ilegal suspensión, yo, atendiendo los ruegos de mi esposa, corté definitivamente con la relación estresante que mantenía como profesor del Rivadavia y ya vencido por las circunstancias le dije al instructor del sumario que presentaría la renuncia.

¿Quién puede creer que alguien después de litigar durante años, de pronto renuncie a los beneficios de un fallo en el que se le reconocen sus derechos? Pues esto es lo que el profesor Marzolla trata de hacer creer a los lectores de EL DIARIO. Pretende que se le crea que entre la fecha del fallo en que se ordena que se me reponga en el cargo y mi renuncia, no pasó nada, como si él no tuviera nada que ver con mi renuncia.

Es admisible que Marzolla intente tranquilizar su conciencia después de la injusticia que cometió conmigo, pero no que lo haga apelando a un recurso tan mezquino como decir medias verdades.

Miles de veces me he arrepentido de haber reaccionado con violencia aquella noche. Fue un instante de locura. Pero lo que hizo Marzolla es mucho más grave.

Madurar es aprender a ser humildes, a saber aceptar que no somos perfectos, que nos podemos equivocar.

Agradeciendo desde ya la publicación de la presente carta, saludo muy atentamente.

Teobaldo Rafael Morales

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