Musa de Yupanqui

Recostado en las serranías tucumanas, el pueblito supo ser hogar de Don Ata, que se sirvió de su duende a la hora de componer. Lo inspirador del paisaje, muy resuelto en montañas alfombradas, ambiente rural y cultura nativa. Recorridos por el Circuito de las Yungas

“Ay lunita tucumana, tamborcito calchaquí”, entonaba Yupanqui, inspiradísimo, tal cual fue. Le pertenece la obra, aunque hay quien piensa que haya que adjudicársela a Raco. Un pueblito somnoliento de los fondos montañosos tucumanos, donde Don Ata latió un tiempo, sintiéndolo todo como sólo él sabía. De allí, acaso, salió la señora zamba. De allí, seguro, el artista tomó lo que hacía falta para que bailaran las musas.    

La teoría surge solita ni bien el viajero pisa la aldea. Un amasijo de casas, casonas y ranchos que se reparten por las quebradas de la sierra norteña, muy de praderas en salir a dar las buenas. Las acuarelas, a los cuatro costados, son de cerros cercanos y lejanos, de pastores trabajando la tierra y los verdes pastizales, de ambiente rural puro y dulce, de montaña, de montaña, de montaña.  

En la caminata, el gusto está en contemplar eso, el paisaje tal cual es apenas 60 kilómetros al noroeste de San Miguel de Tucumán. Excelente la chance para descubrir la timidez de locales con rostros de sabia nativa, y lo imponente que resulta, allá al oeste, las cumbres calchaquíes, y acullá al este, los valles del Tucumán llano.

Parte de la agenda, es tocar el descuidado monumento levantado en honor a Atahualpa (quien vivió aquí algunos años de su juventud, a mediados de la década del 30), y la Fundación Cultu Raco, donde las artesanías y obras de arte de raíz originaria dejan ver la esencia de los locales.

También, aprovechando las postales circundantes y el camino asfaltado, tomar rumbo a Siambón, para visitar la Abadía del Cristo Rey. Un retiro construido y habitado por monjes benedictinos que es muy conocido en la provincia, y que al viajero le genera más paz y más armonía, si cabe. En el lugar, se consiguen además productos típicos de elaboración artesanal (destacan la miel pura de abeja y el dulce de leche), e imágenes imborrables de ambiente campirano.

 

Por los alrededores

Raco, junto con la decena de pueblitos que se esparcen en la zona, está ubicado en los confines del llamado Circuito de las Yungas (aunque en la comuna la cosa sea más de granja que de selva, más de cielo abierto que de bosque tupido).

Un recorrido de serranías ungidas de las múltiples bondades asentadas en el oriente de las Cumbres Calchaquíes. Lo de “Yungas” le cabe más que nada por lo que cobija la parte sur del área. Allí, sobresale la frondosa y casi tropical trepada desde la capital hasta San Javier, y las adyacencias de localidades como Villa Nougués (de sutil estilo centroeuropeo) y San Pablo.

Vale la pena sacarle el jugo a la región, una de las culpables de que a Tucumán se la conozca como “Jardín de la República”. Al respecto, hay que citar rincones entrañables como el Parque Percy Hill (donde se protege una fracción del denominado “bosque tucumano”), la Reserva Horco Molle, el paraje La Sala (balcón natural donde fueron esparcidas las cenizas de una tal Mercedes Sosa, da fe el monumento alegórico), la Cascada del Río Noque, el mismo San Javier (y su Cristo de 28 metros de altura, el cuarto más alto del mundo) y Loma Bola (ideal para la práctica de parapente).

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