Napoleón Bonviajante

HUMOR VIAJERO
Por El Peregrino Impertinente

Napoleón Bonaparte (Francia, 1760 y pico, Walter), viajó muchísimo. Sin embargo, sus ansias de andares no surgían del gusto por conocer lugares y culturas diferentes a las propias, sino más bien del afán por conquistar, por dominar, por abarcar cada vez más poder y engrandecer su figura sin importar el sufrimiento del otro. “Obvio, como si existieran otros anhelos en la vida”, salta el político estándar, el corazón más frío que Mario Pereyra cuando denigra a sus empleados al aire creyendo que así la tiene más larga (a la antena radial).

En concreto, Napoleón recorrió de esquina a esquina, a ver si llovía, diversos territorios de Europa, tomando para su imperio buena parte de lo que hoy es Francia, Alemania, España, Italia, Bélgica, Suiza, Holanda, Austria y Dinamarca, por solo nombrar algunos países xenófobos actuales.

“Con semejante repertorio, no hubiera habido  forma que se le escapara el mundial”, comenta el historiador francés Jean Baptiste Sala Mé, quien al igual el 99% de la población planetaria en estos días previos a la cita ecuménica, lo único que tiene en la cabeza es una pelota de fútbol.  “Es el momento: decreten alguna de nuestras garcaleyes urgente”, grita Durán Barba desde la torre comando de Mordor, con unos reflejos que no poseía ni Mohamed Ali.

Pero además de realizar periplos por el viejo continente, el político y militar galo se animó a viajar hasta Egipto, Siria y la zona oriental de Rusia (geográficamente parte de Asia), a donde llegó con sus temibles huestes pensando que la empresa de conquista sería un juego de niños. Años después, encarcelado en la remota Isla de Santa Elena, volvió a caer en cuenta de su error al recibir una carta de sus rivales árabes, persas y eslavos que decía: “LTA Napoleoncito, LTA”.

 

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