No da para Bikini

HUMOR VIAJERO

Por el Peregrino Impertinente

La República de las islas Marshall es un país perdido en la soledad Pastorutti del Océano Pacífico Sur. Como el lector bien se podrá imaginar, está rodeado de agua, agua y más agua “agua es el líquido que toma la gente para hidratarse”, le explica un funcionario a la Pato Bulrrich, quien se clava otro tres cuartos sin entender de qué carancho le están hablando.

La pequeña nación está compuesta en su mayor parte por atolones, que son islotes formados por corales. “Los corales son elementos calcáreos constituidos por el esqueleto del animal del mismo nombre, y que se asientan en mares claros y cálidos”, le explica un funcionario al Rabino Bergman, ministro de Ambiente de la Nación, quien se clava un helado en la frente sin entender de qué carancho le están hablando.

Entre estos atolones, uno destaca por sobre el resto: el Bikini. El mismo, al igual que sus “vecinos”, es considerado un verdadero paraíso, gracias a sus arenas blancas, sus aguas transparentes y sus  corales. Lástima que el lugar sufre unos índices de contaminación más altos que los de la popular de Sportivo Belgrano de San Francisco.

Pero no hablamos de una contaminación cualquiera: el aire, la tierra y el agua de Bikini están impregnados de radioactividad, que es incluso más peligrosa que la extremadamente nociva radiomitre, por ejemplo.

Ello se debe a que las proximidades del atolón fueron violentamente bombardeadas durante sendos ensayos nucleares, llevados a cabo por el Gobierno de Estados Unidos. Tal despropósito ocurrió apenas un año después de terminada la Segunda Guerra Mundial (1946), en el despertar de la Guerra Fría. Una catástrofe ambiental que impide que, aún en nuestros días, el islote pueda ser habitado. “Bueno, bueno ¿pero los all inclusive están buenos o no?”, pregunta uno de por ahí, el cerebro lleno de corales, y Washingtons.

 

 

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