Opinión I - Imprescindible para saber cómo será el futuro de Argentina

Así nos deja la nueva deuda con tasa de 29,5%

viernes, 6 de junio de 2025 · 08:30

Escribe: Mario Mazzitelli 

 

Las grandes estafas, como los grandes trucos de magia, requieren que lo esencial sea invisible a los ojos, inadvertido a los oídos, al tacto, al gusto, al olfato e inescrutable para la inteligencia.

Los elementos de distracción juegan un papel importante.  Si hablamos del precio de las empanadas, la inconducta de la jueza Makintach en el caso Maradona, los dos goles de Messi, etcétera, todo habrá pasado inadvertido. Siga el baile, siga el baile.

Pero, como dice Antonio Machado: “Todo pasa y todo queda”. Las anécdotas pasan y las deudas quedan.

Por otro lado, el mismo manejo de los números tiene una complejidad que resulta de difícil comprensión para nuestra inteligencia. Un mil millones de dólares (USD 1.000.000.000) ¿Es mucha o poca plata para un país? ¿Una tasa de interés del 29,5% es mucho o es poco? Como todo es relativo, porque depende de un gran número de variables, muchas de las cuales se enmarcan en la incertidumbre del porvenir (nadie conoce el futuro) nos queda que: entre el quilombo informativo, la complejidad de los números y la incertidumbre del porvenir, aceptamos los hechos consumados y no los cuestionamos.

Por esta razón, algunas simplificaciones extremas (que están por fuera de la realidad) nos ayudan a acercarnos a una interpretación que dé respuesta a la pregunta ¿por qué los argentinos estamos viviendo una realidad tan frustrante?

 

El mejor ejemplo

Imaginemos que el 10 de diciembre de 1983 dos personas (José y Carlos) deciden desayunar juntos a la espera de la fiesta de la Democracia. Ocurre que Carlos tiene hambre, pero se olvidó la billetera.

José le ofrece un pacto. Le dice: “En este acto solemne, te hago entrega de 1 (un) dólar para que pagues tu desayuno. Pero quiero que lo tomes como una deuda a una tasa del 29,5% anual, que no me vas a pagar hasta el 10 de diciembre de 2025. Ese día me devolvés 1 (un) dólar, más los intereses. Pero, como nosotros, por edad, probablemente no estemos, que tu familia sea garante de devolver a mi familia ese dólar y sus intereses. ¿Firmás ese pacto?”.

Carlos piensa: “Un dólar es poca cosa, 42 años es mucho tiempo, hoy pago mi desayuno con ese dinero, ¿quién en mi familia no me pagaría un desayuno dentro de 42 años?” Y responde: “Sí, firmo, mi familia siempre honra sus deudas y pagará sin disgusto este buen desayuno”.

El asunto es que el tiempo pasó. Llegó el 2025. Un nieto de José (Nicolás) pasa por la casa de un nieto de Carlos (Alberto).

Nicolás le dice que vaya juntando el dinero de la vieja deuda que vence el 10/12/25.

Alberto, canchero y sobrador, le responde que nadie deja de honrar una deuda de un dólar más sus intereses. Sigue: a propósito, ¿cuánto es la suma?

Nicolás responde: son veintidós mil novecientos diecinueve con cincuenta centavos (USD 22.919,50).

“No puede ser”, contesta Alberto, ¿subió más de 22.000 veces?

“Sí”, responde Nicolás. “Cualquiera puede hacer el cálculo del interés compuesto M = C x (1 + r)t, es muy fácil. Con una calculadora de un banco, internet o IA, a través del celular, una tablet o computadora”.

“Pero mi abuelo -dice Alberto- no tenía estas herramientas y jamás se hubiera imaginado que nos dejaba semejante deuda. Solo era un desayuno”.

¿Un desayuno de 22.000 dólares? ¿No es lo que ocurre ante nuestros ojos  cuando vemos la gigantesca deuda que pesa sobre nosotros a cambio de nada? ¿No es el castigo que le impone la usura financiera a cada niño argentino cuando hace que al nacer ya tenga una deuda de 10.000 dólares?

 

A escala nacional

¿A cuánto ascenderían los 1.000.000.000 tomados por Toto y Milei al 29,5% anual en los mismos términos del ejemplo imaginario?

A 22.919.500.000.000. Más de 22 billones. Es decir, casi 38 PBI de la Argentina. Pero, como el PBI es una medida sobre la producción de bienes y servicios que mayoritariamente se consumen, al llegar al año 42 no habrá con que pagar, por mucho que ahorremos. De manera que todo el gas y petróleo de Vaca Muerta, el oro, la plata, el cobre, el litio, la renta agraria, el trabajo de los obreros, los empresarios, los profesionales, etcétera, no alcanzarán. Pensemos que esos 1.000 millones originarios son una cantidad de dinero que no alcanza a cubrir los gastos de 1 solo día del país (un desayuno) y un tiempo después (42 años) se transformarán en una bola de nieve impagable.

Si subimos otro escalón y tomamos la deuda actual de Argentina de 500.000 millones, en el mismo ejemplo imaginario, tenemos el siguiente número 11.459.750.000.000.000. Más de 100 veces el PBI mundial. ¿Irracional? Sí. Pero, políticamente, se endeuda a un pueblo para hipotecar su futuro, su independencia, su soberanía y su territorio. Estas deudas no se crean para ser pagadas. Se crean para saquear y disciplinar al pueblo endeudado. Así, sin armas, solo con papel pintado, se doblega a un pueblo. 

 

El mundo real

En el mundo real las cosas son más matizadas. Incluso, a veces al imperio financiero le salen las cosas al revés (creen que van a ganar un montón y terminan perdiendo), pero la tendencia real es como en el ejemplo imaginario. Ya lo deberíamos haber aprendido los argentinos, que pagamos y pagamos y siempre debemos más. Y cuando pedimos no es para invertir, es para volver a pagar.

 

¿Tiene solución?

Sí, más de una. Quizás se trate de una combinación de varias. Pero hay condiciones ineludibles: comprensión y respaldo popular, fuerzas armadas sanmartinianas, un club de países deudores, bajar la tasa de interés al 0% y funcionarios decentes. Para esta solución, necesitamos estar atentos. Para que no puedan embaucarnos funcionarios corruptos con su dinero en el exterior, y que, después de hacer un desastre en el país, se van sin que nadie los juzgue. Para terminar con esta estafa perpetua habrá que sumar a lo anterior una auditoría para saber la verdad y la voluntad de juzgar a los responsables, para que no siga ocurriendo.

Superar esta trampa es una  condición necesaria para mejorar la calidad de vida de las grandes mayorías populares.

No la única.

Pero imprescindible.