OPINIÓN

La angustia flotante de los argentinos

Escribe: Ernesto Fernández Núñez*
Especial para Clarín y elDiario del Centro del País

El profesor Viktor Chuchin, nacido en Bielorrusia, da comienzo al primer encuentro internacional de científicos libres de prejuicios, en el sótano de una antigua fábrica de calefones abandonada en la zona sur.

Con su extravagante y largo piloto cruzado que en algún momento fue color beige, rollos de planos sobre el escritorio y su pelo blanco tirante, producto de su invención y recurso económico, el engrudo, un fijador de agua y harina para el pelo, abre el debate.

Cuando un hombre se desabrocha la camisa y se rasca debajo del brazo, es un hombre que le tiene miedo al futuro.

No puede continuar, un caño herrumbrado parte desde un sector del público del grupo siberiano intransigente y pasa a centímetros de su cabeza.

Su primo lejano Vladimir, observa, ha viajado desde lejos y huele el triunfo, acaricia su larga barba, apura un coñac doble y pide la palabra.

Darwin miente, el hombre no puede descender de los monos, los monos son muy educados. Y agrega, no hablan, pero comunican todo con sus emociones.

Uno de los desafíos de la escritura es encontrar las palabras que representen o se acerquen a la emoción que queremos relatar.

En este variado y caótico mundo de las emociones, las palabras son limitadas, estrechas y a veces mudas para contar historias, ante esa soledad, el escritor debe inventar artilugios, frases, estrategias para llegar al nudo emocional y darle vida a las palabras.

La escritura entonces, tiene una función liberadora o debería tenerla, depende del riesgo que el escritor asuma.

En una sociedad frustrante como la nuestra se necesitan más control de las emociones y más energía psíquica usada para mantenerla fuera de la conciencia y evitar sentir la angustia flotante, la angustia con sello argentino, la angustia de una escalera que le robaron los peldaños.

Extrapolando, como país, para mantenernos a flote, algunos le dicen banda flotante, cada vez pagamos más a la usura internacional y en consecuencia tenemos menos futuro o un futuro embargable.

El eufemismo banda flotante ha remplazado al Oráculo de Delfos, de la mitología griega, centro de consulta y sabiduría, quien predica el pasado, el presente y el futuro; de su oscilación pareciera depender nuestro destino y la de nuestros hijos.

La sociedad pide cosas simples, pero las cosas simples no existen en política, se sobreponen los intereses personales, las debilidades de diván, el travestismo ideológico, un fracasado reconvertido en irresistible playboy, la lluvia y la bonanza que llegarán del cielo, por ahora solo inundando las ciudades, los campos y las esperanzas.

Cuando un expresidente en el límite de la irresponsabilidad pronunció; ramal que para ramal que cierra, decretó la muerte del país de los inmigrantes, mutiló parte de nuestra identidad, cercenó la imaginación de los artistas, despobló un país solidario, nos dejó sin pasado, transfirió las responsabilidades del estado a mercenarios que chocaron y mataron, toda una devastación humana e histórica justificada por una anodina y falsa palabra, déficit, palabra que escondía y esconde pactos aberrantes

En que fallamos, parecieran más políticas de castigo que de crecimiento.

De esta repetición nos urge salir modificando el momento en que nuestro país se petrificó en el tiempo.

He observado que los juegos que jugamos en la infancia se parecen demasiado a nuestras conductas.

Es aplicable a nuestro país, había y hay un antiguo juego en los parques de diversiones que aún perdura y nos calza justo  a nuestra medida, el palo enjabonado, teniéndolo todo nunca llegamos a la cima a recoger el premio y cuando estamos cerca una mano misteriosa, hija de nuestra propia idiosincrasia lo vuelve a enjabonar.

Alexa, en qué historia del pasado nos habremos quedado atrapados.

En todas.

*Psicoanalista, escritor, vicepresidente nacional de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE)

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