Paz en Paravachasca

En el meridiano del Valle, muy cerca de Alta Gracia, el pueblo convida con su espléndido río, peculiares obras hechas por el hombre y acceso a otros bonitos pueblos vecinos


Escribe: Pepo Garay
ESPECIAL PARA EL DIARIO

“Pueblo del cielo”, lo llamó el cacique Anicharaba, mandamás de lo que hoy son los territorios de Villa Anisacate. Aldea callada que aún conserva el aura dejada por los comechingones, quienes se fueron penando y no sin antes luchar, ante la llegada de los españoles. El nombre, le habrá salido de ver, sentir y amar esas alturas límpidas, de días de escampe y noches de infinitas estrellas. Escenarios que hoy disfruta el viajero, al borde del río que hace las veces de esencia, y al que con el tiempo se le fueron sumando algunas construcciones que despiertan curiosidad.

El municipio se echa debajo de los árboles en el meridiano del Valle de Paravachasca, 165 kilómetros al norte de Villa María y 10 al sur de Alta Gracia. Viniendo desde la ciudad cabecera de la región, se presenta como el primer eslabón de un rosario que incluye a localidades como La Bolsa, Los Aromos y la Serranita, todas recostadas como él al borde del inspirador río Anisacate, el de los verdes, y de las loas a las Sierras Grandes, más lejanas, pero presentes.

Es en torno al río que el destino de hoy despliega sus principales conjuros. Va pasando sutil el agua cristalina, en el ronroneo de las piedras, las alfombras de césped y unas arboledas mullidas, imprescindibles cuando el sol pica.

Aquella estampa se disfruta de veras en el balneario local, que recibe al viajero con asadores, y servicios básicos (con barcito y proveeduría) durante los calurosos veranos. El escape que agradecen, y mucho, los incinerados por el cemento. Los de Córdoba capital, los de Alta Gracia, y los de Villa María también.

La infraestructura del pueblo es más bien acotada, pero acaso allí radique una virtud. Llegan visitantes, sí, pero no hay la masividad de otros centros turísticos mediterráneos. Ni de cerca. Así, los acólitos de la calma y los sigilos estarán de parabienes. Restaurantes, posadas y comercios varios son protagonistas de una oferta corta pero suficiente.  

 

Propuestas varias

Apenas despegados de la naturaleza (en realidad todo el lugar goza de una conexión con lo serrano), surgen propuestas para la visita. Primero, será menester descubrir los morteros que dejaron los comechingones en lo que hoy es una pequeña plaza pública (hay otros en la zona de la costa, pegaditos al río, abandonados, honrados y reveladores).

Después, es recomendable salir a conocer las obras del hombre moderno, entre ellas la Torre del Ingeniero Dietrich (peculiar construcción realizada por el profesional que levantó el puente que cruza el Anisacate), la Capilla Sagrado Corazón de Jesús (a cuyo lado descansa la gruta de la Inmaculada Concepción), el Rincón Criollo (donde se realizan ferias de distintos estilos, y se lucen los monumentos de figuras de la talla de Mercedes Sosa), y la Capilla Ortodoxa San Nicolás de Bari. Esta última, una de las edificaciones más emblemáticas del Valle, tiene un marcado y atractivo estilo ruso-bizantino, y se la menciona como herencia de los inmigrantes rusos de la zona.

En algún momento del paseo, resulta vital llegarse hasta el Mirador de Costa Azul (Hogar de la escultura del Cristo Pastor) y disfrutar de las panorámicas típicas de Paravachasca.

También, seguirle las huellas al río Anisacate, husmear las atractivas y ya citadas vecinas como La Bolsa y La Serranita, y ya de vuelta a lomos de la ruta provincial 5 (que con rumbo sur lleva al Valle de Calamuchita), desembocar en el Dique Los Molinos. Otra joya de Córdoba asentada a solo 20 kilómetros de Villa Anisacate, y que la localidad, en la breve distancia, abraza con cariño.

 

HUMOR VIAJERO

Titicaca de leyenda

Por el Peregrino Impertinente

El Titicaca es el lago navegable más alto del mundo, y uno de los íconos por excelencia de nuestra América. “Ameeeeerica, Ameeeeerica… me hueles a guayaba, a cordillera helada, a tierra verde y flexibilización laboral”, canta José Luis Perales, que es un enorme poeta y un mejor cronista de los tristes tiempos que corren.  

Ubicado en territorio de Bolivia y Perú (prácticamente la mitad en cada país), el espejo de agua es dueño de una enorme belleza, y de una mística colosal. Buena parte de ella le viene de las leyendas forjadas por los pueblos originarios. La más famosa, asegura que la propia civilización inca nació de los fondos del lago “El friazón que hace ahí abajo. Urgente un whisky y un sacrificio masivo de niños como para ir calentando el cuerpo”, habría ordenado ni bien emergió Manco Cápac, el primer gobernador del imperio.

Tuvo que ser un parto de lo más sublime, sobre todo teniendo en cuenta las dimensiones de ese fenómeno natural: unos 8.500 kilómetros cuadrados de superficie, que contienen a más de 40 islas. Entre ellas, la del Sol y la de la Luna, hoy pobladas por aimaras y visitadas por viajeros de los cinco continentes, quienes se sorprenden grandemente al descubrir que la factura del hotel no incluye el “impuesto a lo sagrado”, que tiene tintes metafísicos y se cobra en dólares.

Gran mérito el del lugar, de fama mundial a pesar de lo poco “marketinero” de su nombre. En realidad, hay que aclarar que amén de lo que piensen las mentes más retorcidas, Titicaca significa algo así como “Puma de Piedra”. Parte de aquello, aparentemente surge del hecho de que, visto desde las alturas, la figura del lago se asemejaría a la de un puma cazando “Si se creyeron la del emperador saliendo de abajo del agua, porque no se van a creer la del puma”, analiza el secretario de Turismo local, echando por la borda toda la magia del asunto. ­­­

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