El Diario del centro del país

Poesía mascotera

Escribirle a los animales que nos acompañan a lo largo de la vida es algo que han hecho grandes escritores y personas que, sin serlo, han sentido la necesidad de comunicarles lo importante de su existencia. En situaciones comunes, cuando caen las gotas del digno sudor laboral o las lágrimas por lo que se ha perdido, suele aparecer echado un perro o un gato para recibir la sal… En tiempos de paz o de guerra… Ellos siempre te pueden arrancar una caricia y hasta una sonrisa

 

A Niebla, mi perro

Niebla, tú no comprendes: lo cantan tus orejas,

el tabaco inocente, tonto, de tu mirada,

los largos resplandores que por el monte dejas,

al saltar, rayo tierno de brizna despeinada.

Mira esos perros turbios, huérfanos, reservados,

que de improviso surgen de las rotas neblinas,

arrastrar en sus tímidos pasos desorientados

todo el terror reciente de su casa en ruinas.

A pesar de esos coches fugaces, sin cortejo,

que transportan la muerte en un cajón desnudo;

de ese niño que observa lo mismo que un festejo

la batalla en el aire, que asesinarle pudo;

a pesar del mejor compañero perdido,

de mi más que tristísima familia que no entiende

lo que yo más quisiera que hubiera comprendido,

y a pesar del amigo que deserta y nos vende;

Niebla, mi camarada,

aunque tú no lo sabes, nos queda todavía,

en medio de esta heroica pena bombardeada,

la fe, que es alegría, alegría, alegría.

Rafael Alberti

 

A un gato

No son más silenciosos los espejos

Ni más furtiva el alba aventurera;

Eres, bajo la luna, esa pantera

Que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto

Divino, te buscamos vanamente;

Más remoto que el Ganges y el poniente,

Tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa

Caricia de mi mano.

Has admitido,

Desde esa eternidad que ya es olvido,

El amor de la mano recelosa.

En otro tiempo estás.

Eres el dueño

de un ámbito cerrado como un sueño.

Jorge Luis Borges

 

Copla para mi perro

Se escucha en la mañana tu ladrido

ansioso de jugar, y tu alegría

ya desde la primera hora del día

invita a un matutino recorrido.

Eres único, perro al que yo cuido

y me cuida. Sin ti queda vacía

mi ánima y corazón. Tu compañía

es de lo mejor que he tenido.

Por ser inseparable esta confianza,

por ser un perro fiel, alegre y tan completo,

te regalo este único soneto

como franco homenaje a nuestra alianza,

porque mientras estés conmigo

se hallará junto a mí el mejor amigo.

Giuliana

 

A Maula

Sabes todo cuanto pasa en nuestro derredor

Conoces del dolor de los dolores sin flores

Y acudes presuroso en silencio, con destreza

Para ser silencio y decir “presente”

Hasta el nuevo día que seguramente está llegando

Porque si algo eres más que nuestro gato, Maula,

Es la esperanza de que todo va a estar bien

Verte al llegar tranquiliza

Compartir nuestra alegría hecha caricia

Y los mil juegos que nos hacen ovillos

Nos permite gritar con las ventanas cerradas

Para que te quedes un rato más todavía

que sos nuestra familia

Marisa Andrea Cubas

 

La vida llena de poesía de Paraná, el perro del ascensor

Todavía no es canción como Fernando, el callejero de Alberto Cortez, pero quizás, tal vez, algún día, quién sabe…

Nos cuenta uno de nuestros lectores que lo conoció este último fin de semana que llegó hace algún tiempo a las costas de Rosario, flotando en un camalote sobre las marrones aguas del río Paraná. ¿Cuántos kilómetros? ¿Desde cuál de todos los poblados ubicados aguas arriba? ¿Desde una isla? Desde más allá vino; sobreviviendo, vino, sobreviviendo. Montado sobre las plantas acuáticas, llegó. Y a la vera de ese curso café con leche, el perro al que ahora llaman Paraná, eligió como morada el muelle de pesadores Mitre.

El muelle, la mirada de los pescadores y otros tres perros lugareños lo acompañan ahora, en tierra firme. No es el líder de la “jauría” ni mucho menos. Es uno más, que entró como pidiendo permiso y ahora es parte de la “atracción” del lugar.

¿Por su forma amigable de actuar? Sí. ¿Por el intento de cada momento de no incomodar? También. Pero -dice nuestro querido lector- “lo más increíble es que cuando se cansan de andar por ahí o de estar en un mismo lugar, pasean en ascensor”. ¿Cómo? “Que se pasean en ascensor…”.

La cosa es que en el muelle hay un elevador y los cuatro canes, entre ellos Paraná, van y se suben, hasta que alguien los acompaña en el “viaje” hacia las alturas. Y no se bajan cuando la puerta se abre, sino que esperan a que alguien entre y pulse en botón para bajar. Así se divierten durante unas horas.

Mientras, la gente va y les saca fotos (como la que ilustra esta nota) mientras permanecen dentro del ascensor, los cuatro.

Cuando se cansan de “viajar”, descienden; los tres rosarinos y el que llegó flotando como en un cuento, desde el más allá.

 

Los Gatos

Lentos

por las aceras,

inmóviles

en las repisas,

aovillados

en los sofás,

nos miran,

nos observan,

nos escrutan.

Llevan

miles de años

haciéndolo.

Y siguen

marcando

las distancias.

Karmelo Iribarren

 

Chancha

A veces te miro

deambular

perra de tinta

y siento la caricia

del Angel Raúl José

no sobre tu lomo

sino sobre el mío

En tu mirada lánguida

y negra

observo

que me mira todavía

como en aquellos viajes

compartidos

que duran toda la vida

Estuvo en todos

los suplementos

poniendo el lomo

y las canas

y en las mudanzas

y en las andanzas

(medio blender, por favor)

Cómo no ibas a estar vos

Quedate, por favor

Un compañero de El Diario

 

Callejero

Era callejero por derecho propio,

su filosofía de la libertad

fue ganar la suya sin atar a otros

y sobre los otros no pasar jamás.

Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño

que condicionara su razón de ser,

libre como el viento era nuestro perro,

nuestro y de la calle que lo vio nacer.

Era un callejero con el sol a cuestas,

fiel a su destino y a su parecer,

sin tener horario para hacer la siesta

ni rendirle cuentas al amanecer.

Era nuestro perro, y era la ternura

que nos hace falta cada día más,

era una metáfora de la aventura

que en el diccionario no se puede hallar.

Era nuestro perro porque lo que amamos

lo consideramos nuestra propiedad,

era de los niños y del viejo Pablo,

a quien rescataba de su soledad.

Era un callejero y era el personaje

de la puerta abierta en cualquier hogar,

era en nuestro barrio como del paisaje,

el sereno, el cura y todos los demás.

Era el callejero de las cosas bellas

y se fue con ellas cuando se marchó,

se bebió de golpe todas las estrellas,

se quedó dormido y ya no despertó.

Nos dejó el espacio como testamento,

lleno de nostalgia, lleno de emoción,

vaga su recuerdo por los sentimientos

para derramarlos en esta canción.

Alberto Cortez

 

La historia de Fernando, el perro callejero que retrató Alberto Cortez en la canción, fue recreada de manera magistral por Alba Muñiz para Mis Animales.

Alba nos ofreció detalles del pequeño peludo lanudo blanco, un animalito que fue adoptado por el pueblo de Resistencia, Chaco, donde hoy tiene su estatua.

Por eso es que sabemos que el can apareció en Nochebuena de 1951, en un bar de esa capital provincial, buscando refugiarse de una fuerte tormenta.

Allí se echó a los pies de Fernando Ortiz, un cantante que, por esas cosas del destino, estaba de paso por la ciudad en la que, desde ese día, se quedó para siempre.

De inmediato, Ortiz se constituyó en su “dueño oficial”, y hasta le transfirió su nombre. El perro se supo ganar el corazón de los lugareños e hizo de la ciudad su casa. Todos querían recibirlo en sus hogares o compartir un rato con él en los bares y restaurantes que frecuentaba, según la rutina que se había establecido: dormir en la recepción del Hotel Colón, desayunar café con leche y medialunas en el despacho del gerente del Banco Nación, visitar la peluquería ubicada junto al Bar Japonés, almorzar en el restaurante El Madrileño o en el Sorocabana, dormir la siesta en la casa del doctor Reggiardo, perseguir gatos en la plaza principal, cenar en el Bar La Estrella y asistir a cuanto concierto se diera en Resistencia, porque -le contaron a Alba- “le encantaba la música” y “se solía sentar junto a la orquesta o los solistas y meneaba su cola en señal de aprobación”.

Pero el 28 de mayo de 1963, frente a la plaza ubicada junto a la Casa de Gobierno, un coche atropelló y mató a Fernando.

Lo lloró Resistencia entera, y su entierro está considerado el más concurrido en la ciudad.

Hoy descansa bajo la vereda de El Fogón de los Arrieros, un centro cultural de la capital chaqueña.

 

El Gato

De su piel blonda y oscura

brota un perfume tan dulce, que una noche

yo quedé embalsamado, por haberlo

acariciado una vez, nada más que una.

Es el espíritu familiar del lugar;

él juzga, él preside, él inspira

todas las cosas en su imperio;

¿No será un hada, Dios?

Cuando mis ojos, hacia este gato amado

atraídos como por un imán,

se vuelven dócilmente

y me contemplo a mí mismo,

veo con asombro

el fuego en sus pupilas pálidas,

claros fanales, vívidos ópalos,

que me contemplan fijamente.

Charles Baudelaire

 

Pastor de gatos

Era pastor de gatos y tenía

una larga callada por respuesta.

Las noches las pasaba en los tejados,

jugando con las hebras.

Los gatos y las gatas le miraban,

apoyado en las cuatro chimeneas;

el pastor de gatos se reía

por nada, o mirando a su vecina prisionera.

Era entendido en noches y sabía

sin mirar el reloj la hora que era,

y subía y bajaba su rebaño de gatos

por los campos de tejas.

Algunos aseguran que está loco,

otros que está poeta,

yo, que lo trato mucho,

sólo digo

que es un sabio vestido de princesa.

Gloria Fuertes

 

A mi perro, Sirio

Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.

Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás

y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo.

Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,

converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.

Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.

Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.

Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.

Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes… Oh, yo te escucho…

Vicente Aleixandre

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