Querencias del noroeste

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La pintoresca localidad disfruta de un río espléndido, paisajes de montaña que reflejan las lejanías, edificios históricos y gente para descubrir. Escapadas al Dique Pichanas, las aguas termales de El Quicho y la Estancia Jesuítica La Candelaria

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Escribe Pepo Garay

ESPECIAL PARA EL DIARIO

Da gusto escuchar a los habitantes de Villa de Soto. Le meten el cantadito, más propio de las cercanas La Rioja o Catamarca que de la propia Córdoba, que cobija a esta ciudad con espíritu de pueblo en el noroeste. Allí, donde el llano mira a la montaña de lejos, pero la mira. Y donde las gentes de simpatía subcutánea hacen acordar a los chistes de Cacho, como ese del viejo que dijo ser comido por un león, allá en los bañados.

Aquí, apenas una de las razones para visitar el municipio. Un tapado que a 300 kilómetros de Villa María y a 25 de Cruz del Eje, amasa un suelo distinto, donde reina el fresquísimo río de Soto y sus playas, el monte, los horizontes de siluetas serranas y algunas joyas históricas que vale la pena descubrir.

 

Añejo centro y playas

Hablando de este último apartado, destaca el añejo centro, hogar de la veterana, acicalada y arbolada plaza San Roque, y de La Recova. Célebre construcción de arcos y galerías de mediados del siglo XIX, por donde pasaron generales ilustres como Lamadrid, Lavalle o Acha, en plena bronca entre unitarios y federales. Incluso, el silbido de las montoneras, con los tales Facundo Quiroga y “Chacho” Peñaloza a la cabeza.

También de tiempos extraviados hablan íconos como la iglesia San Roque (blanca, mostaza y colonial, es epicentro cada agosto de los multitudinarios festejos patronales de Villa de Soto, uno de los eventos religiosos más convocantes de la provincia), el Instituto Santo Domingo, la Quinta Emauc, el Hotel Municipal de Turismo (en funcionamiento) y varias viviendas anónimas.

A la hora de refrescar el cuerpo, nada como acercarse al río y disfrutar de sus playas de arena custodiadas por árboles en todos los frentes, y unas vistas sorprendentes de la Sierras Grandes, que allá a lo lejos brindan un marco de fuste. Para más pistas, habrá que dirigirse a la zona del camping (a diez cuadras del centro) y al Balneario La Toma, ubicado a unos 5 kilómetros (cuenta con pequeñas ollas y cascadas, asadores y todos los servicios).

 

Luces campesinas en los alrededores

Tras el chapuzón y los dorados del sol, el viajero se sentirá atraído por el ángel que baña los alrededores. Luces campesinas que se despliegan entre montes y humildes chacras. Ráfagas de los comechingones, que en esta zona hicieron uno de sus principales puntos de asentamiento.

Aquello se palpita fuerte con rumbo oeste, en los dominios del Dique Pichanas (ubicado a 25 kilómetros de la plaza central). Un lago de 400 hectáreas embellecidas por la Sierra de Guasapampa, y saludadas de cerca por un área de salinas que se extiende allende, llegando a dominios riojanos. En el espejo de agua (alimentado principalmente por el Río Salsacate), se puede practicar la navegación sin motor y la pesca.

Continuando hacia el norte, pasando por Serrezuela y desviando por ruta de tierra, aparece el desconocido y hasta misterioso El Quicho, un pequeño centro termal natural donde las aguas llegan a los 40 grados de temperatura.

Más alejada (55 kilómetros), ya tomando la ruta provincial 15 hacia el sur (la que a la postre desemboca en Mina Clavero y el Valle de Traslasierra) y embalando por caminos de ripio y pampa de altura, surge la Estancia Jesuítica La Candelaria. Nacida en el devenir del siglo XVII, Patrimonio de la Humanidad, guarda varias conexiones con Villa de Soto. Por historia, por paisaje, por mística y por candores.

 

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