Sacate la carreta

Por el Peregrino Impertinente

“Es una carreta”, se suele decir, de forma despectiva, para referirse a algo que es lento, que se mueve con enorme dificultad, que pareciera ir por la vida llevando a las espaldas un cargamento más pesado que el guaso de la propaganda de Trivago. “Carreta”, le decimos, por ejemplo, a Mascherano, porque somos unas basuras insensibles y desmemoriadas. Después se preguntan por qué ganó Cambiemos.

En cambio, para el viajero de ley la carreta es sinónimo de mística pura. Un invento legendario, que durante siglos sirvió como principal medio de transporte de personas, sueños y drogas sintéticas. “Hay que ser un necio para no reconocer su inmenso valor histórico, su extraordinaria funcionalidad, su carácter divino: ¡Mussolini fue, es y será el padre del superhombre! ¡Glorium Cesare!”, comenta el historiador Renzo Fachoni, quien como siempre se re va de tema con el solo objetivo de difundir su peligrosa ideología.

Lo cierto es que si uno se pone a hurgar en los libros (“si van a revisar los libros, aclaro que los de Gendarmería ya tenían las hojas llenas de liquid paper de antes”, dice la Bullrich, muy cola de paja), descubrirá que el dispositivo que funciona a tracción de sangre se usa desde hace, por lo menos, 4.500 años.    

Ya los sumerios utilizaban una especie de carro para fines bélicos: las levantaban entre cinco y se lo partían en el lomo a sus enemigos más acérrimos. Los romanos también, aunque fueron ellos quienes comenzaron a adoptarlo como medio de movilidad de forma masiva.

Después se expandió globalmente, llegando a nuestras tierras en la época de la colonia. Así, fue convirtiéndose en símbolo de la gauchada y del andariego. Tanto, que hasta Atahualpa le escribió: “Soy carreta que trazó entre cardales la huella. A toditas las estrellas, si les habré cantau yo”. A ver si a Romeo Santos le sale. Por Dios.

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