Sorpresas te dan las sierras

Desconocido por la mayoría, el pueblo regala algunas de las mejores postales que Córdoba cobija. Emblema de las Sierras del Sur, ofrece mucha agua, mucha quebrada, y un espectacular bosque de pinares, entre otras virtudes

Escribe: Pepo Garay
ESPECIAL PARA EL DIARIO

Alpa Corral es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más lindos de toda Córdoba. La afirmación debería retumbar a los oídos de muchos, acaso de la mayoría, que son los que nunca han estado en este pueblo especial. Esquina perdida de las Sierras del Sur, el valle menos explorado de todos los que cobijan la zona montañosa de la provincia. Rincón de ensueño donde lo que sobra es el agua, los cerros, los bosques, y unas panorámicas para enmarcar.

La sorpresa empieza de temprano, con el arribo a la médula urbana. Calles de tierra reparten los tonos de pueblo, mientras una costanera de fábulas se despliega pintando todo de muchas arboledas, playitas y el agua ancha, cristalina y tranquila del Río Las Barrancas. De este lado, es césped cortito, y asadores, y camping, y amplias áreas de arena para chupar sol sin descanso. Del otro, unos paredones vestidos de verde y roca. Divina la acuarela, distinta. Todo, a apenas 95 kilómetros de Río Cuarto y 230 de Villa María.

Seguimos en la zona del “centro”, el de una aldea que no cuenta con más de mil almas, que se reparten en arterias que, con rumbo sur, se empinan lindo, dejando ver restaurantes y tiendas de productos regionales. En ese sentido, sobresalen las casitas de madera que sobre la misma costanera y cerca del bien parado puente, ofrecen quesos, salames y otras delicias de la zona. Al lado, los puestos de artesanos perfuman el resto.

 

Lo mejor, cerquita

Esa primera estampa ya paga el viaje, y sin embargo es apenas uno de los encantos de Alpa Corral (“Corral de Tierra” en quechua). Los otros, se acomodan apenas más lejos, y superan en beldades a los explorados hasta aquí.

Hace falta recorrer un par de kilómetros con rumbo oeste, siguiendo la costanera y la línea de casas quintas, cabañas y hosterías, para encontrarse con las estrellas del pueblo. Cerro Blanco a la izquierda, cielo abierto por doquier, y un camino que sube y baja, hasta llegar al Vado. Entonces, las quebradas se hacen bien Sierras, al paso del Río Talita. Las piedras ganan en tamaño, las playitas de arena suben su valor, y un tremendo bosque corona la postal. Esa que a más de uno le recordará a El Durazno, hermano de Alpa Corral que se fue a vivir lejos (en los fondos del Valle de Calamuchita, próximo al Champaquí).

Impresiona la belleza del bosque, henchido de pinares y ambiente a otro lado, a otras latitudes, a Patagonia acaso. Altísimos van los árboles, marrones, delgados y puros sus troncos. Así, caminando algunos cientos de metros, absorto, el viajero se encuentra con un balcón natural donde aprecia el Vado y el marco general. De lo mejor de Córdoba, ya se dijo.

Continuando por el sector, muy recomendable es el paseo que lleva a la Unión de los Ríos. Allí, entre más molles (el árbol local por excelencia) y piedras, se besan el Talita y el Zarzamora, engendrando el mayor, Las Barrancas.

Para el desenlace, queda la visita a escondrijos que solo quedan en segundo plano por el protagonismo que merecen los antes citados. Entre ellos, el Puente Colgante, El Codito (zona donde Las Barrancas juega zigzageando, popular balneario), La Olla (y sus cascadas rodeadas de quebradas y naturaleza), El Cajón, la Gruta de la Virgen de Lourdes y otros sectores de fuste como Los Sauces Colorados, Las Lagunitas y Villa Jorjoricó (a tres kilómetros del pueblo).

 

Cómo llegar

Desde Villa María, hay que pasar por Río Cuarto y desde allí embalar por la ruta provincial 30 con rumbo a Achiras. Tras aproximadamente 45 kilómetros de marcha (desde Río Cuarto), surge la ruta provincial 23 (a la derecha), que toma rumbo norte y llega a Alpa Corral. El recorrido total es de 230 kilómetros (siempre por asfalto).

 

RUTA ALTERNATIVA

Oso, pero melero

Por el Peregrino Impertinente

Viajar no es solo andar por ahí realizando las perversiones que en casa están moralmente vedadas. Viajar, también es conocer a los seres vivos que habitan un lugar, lo que incluye a la fauna. Así las cosas, viene muy a cuento hablar en este caso del Oso Melero, bellísimo ejemplar que reside en distintas zonas de Sudamérica. Entre ellas nuestra Córdoba, donde extrañamente el animal en cuestión duerme mucho más y trabaja mucho menos que en otras latitudes.

Interesantísimo este bicho, también conocido como oso hormiguero pequeño. Y es que, al igual que aquel, tiene una larga trompa y una cara muy parecida a la de Nelson Castro, y se alimenta también de hormigas y termitas. Tal comportamiento le ha valido el mote de “Mirmecófago”. “Más mirmecófaga será tu hermana”, salta un irascible melero, sin saber que el término significa “animal que se alimenta de hormigas y termitas, y que anda en cuatro patas”. “Por eso”, responde la bastante mal llevada criaturita del señor.

De caminar cansino y desganado, el oso deambula cerca de los ríos y arroyos, donde encuentra árboles que le sirven de refugio, y en los que mora su alimento predilecto. Asimismo, destaca por su comportamiento nocturno “Eeeeeeste… eeeee… eeeeeste…. eeeeee… eeeeeeste es delos míos”, dice el Diego, 57 segundos más tarde.

Dichoso aquel viajero que pueda cruzarse con uno en plena naturaleza. En tal caso, probablemente el oso mostrará sus afiladas garras solo como advertencia y, antes de salir espantado, emitirá un fuerte y repugnante olor a través de su glándula anal, otra de sus armas de defensa. “¿Vos comes hormigas o uranio?”, le gritarán entonces los pajaritos, hartos de las ventiscas de su vecino.

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