El Anfi, el infierno y el paraiso

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 13:00

Por Juan Manuel Gorno

 

Sábado 23 de mayo de 1998. Villa María tiene encima los ojos de Argentina. Su alma de pueblo con mezcla de gran ciudad de tierra adentro la pone en un desafío atractivo y peligroso, como todo lo que suele seducir.

En el Anfiteatro tiene que tocar Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que atraviesa su momento de ebullición, está en la cúspide. Entonces se espera un recital para guardar en la colección de los mejores, por la calidad de ese rock argentino y popular, y porque la previa no pudo ser más colorida en los bulevares, en el centro o en la costanera, donde cientos de jóvenes llevan el sello de ricotero para romper con la monotonía del habitante medio y simple de Villa María, el que no se define tan desacartonado, a solo 15 años del final de la dictadura cívico-militar.

Quizás tenga que pasar algo, un sacudón, un shock de locura. De hecho, el hermano de una amiga, que siempre fue sumiso y domesticado (hijo de aquel adoctrinamiento del miedo), se puso la camiseta de Oktubre que le prestó un vecino, escapó por la ventana y anda con saltos de simio frente al lago. Y el Gordo Balo, considerado un “careta” en la secundaria, ya está entreverado con los que acampan desde hace días bajo los eucaliptos en el Parque de Villa Nueva, colorados de tanta cerveza acumulada.

“Merca pura”, dice Cacho, mientras pasa apresurado frente a dos rosarinos que se prendieron un porro debajo de una palmera en el bulevar España.

Villa María está extraña. Tiene la hermosura de la diversidad, pero para algunos, “algo le pasa”.

La juventud es lo que es, pero no te lo cuentan. Y la abuela no sabe. Ella fija la tele en Crónica, como en todas las siestas, y empieza a descubrir ese “mundo oscuro” de las aglomeraciones ricoteras acá nomás, a la vuelta. Y mientras a los pibes en la costanera se les sube el vello de los brazos por la emoción en la inminencia de un show tan esperado, a la vieja le cae mal el mate porque jamás vio tanto despeinado junto, ni por la tele ni por la ventana.

“Están mintiendo, no puede ser”, afirma la televidente, mientras van pasando los controles los ricoteros para ingresar al coloso de la música en una tarde gris, bien de mayo.

“Sí, abuela, vienen de Jujuy, de La Plata, de La Pampa… De todos lados”, le digo, para explicarle un furor inexplicable.

“Hay más de 10 mil personas haciendo fila, con un buen operativo policial”, relata el cronista de Crónica con un semblante opuesto a lo que sucede en la zona. El hombre lleva el micrófono pegado al pecho, está de traje como para el Colón y trata de usted a pibes que solo le gritan “¡aguanten los Redo!”.

-¿De dónde viene? ¿Cómo ve usted este recital?

-Soy de Hurlingham y esto es una fieeesta, loooco.

Toda esa imagen “revolucionaria” es captada por la abuela con atención, sentada frente al televisor en modo “nadie me haga zapping” y con la palma de la mano en la oreja, mientras muerde la bombilla del mate cuando se entera que todavía deben llegar 2.800 personas en tren desde Córdoba.

Pasadas las 17, el relato cambia. Ya la Policía del “buen procedimiento” dispara balas de goma y la esquina de Balerdi y Elpidio González se transforma en campo de batalla.

Un loco con la bandera de Newell’s muta en el personaje de Mel Gibson en Corazón Valiente y es el William Wallace que cruza emitiendo arengas por el frente de la formación de los bravos “escoceses” armados con piedras.

Claro que, en este caso, los caballos están del lado opuesto, donde la orden suprema es dispersar a los “300 loquitos que quieren ingresar al Anfi sin entrada”, a pesar de que sigue llegando gente que camina bordeando el lago con la ilusión de no perderse el show.

El enfrentamiento se torna más violento cuando empiezan a llover sobre la calle diferentes proyectiles que provienen desde adentro del coloso, arrojados por los que habían sufrido cierto desprecio en el cacheo y por los que tiran nomás porque odian “a la yuta”.

El Indio Solari, Skay y el resto de la banda aguardan todavía en el hotel céntrico, mientras las imágenes recorren el país y desde Córdoba viaja urgentemente en helicóptero el comisario mayor de la Policía provincial, Máximo Lascano, para interiorizarse del asunto en la zona de conflicto.

Mi abuela sigue viendo la tele, azorada, sin darse cuenta que su visitante nieto veinteañero ya partió para la costanera. Imposible ser periodista sin poner los ojos en directo sobre semejante suceso histórico.

Encima la gresca no se detiene: cientos de efectivos de Villa María, Río Tercero, Río Cuarto, Bell Ville y Córdoba se agrupan tras la fuerza de choque para endurecer el enfrentamiento ante un puñado experimentado de lanzapiedras.

Nadie se percata que, mientras la batalla tiene epicentro en la calle, la Policía deja un flanco por una puerta de acceso cercana al quincho. Por allí se marca el punto de inflexión de la compulsa porque las rejas se abren y una marea de ricoteros se abalanza sobre el Anfiteatro como quien entra al paraíso.

La Policía montada queda desairada porque busca frenar a quienes aspiran a entrar gratis y el objetivo no puede cumplir.

 

Zona liberada

Negociaciones que uno desconoce por completo derivan en una orden policial sin precedentes: “Señores, retírense dos cuadras, cuiden a los vecinos del barrio, y si estos ricoteros se quieren matar adentro, que se maten”, dice un jefe de los uniformados, palabras más, palabras menos.

El Anfi queda a expensas de la seguridad privada de los Redondos y de la responsabilidad individual. El recital se hace lo mismo. La zona es tierra de nadie o de todos. Al menos también lo es para este joven que llegó “como queriendo” y entró gratis, sabiendo.

Las butacas están ganadas mucho antes de que salga el Indio Solari al escenario.

“Estábamos en el hotel tranquilos, esperando el momento de venir a encontrarnos con todos ustedes y nos enteramos de las cosas que estaban pasando. Les pido calma a todos, por favor, porque de lo contrario estos hechos pueden precipitar la despedida del grupo para siempre”, dice el cantante cuando se asoma, de camisa a cuadros, lentes oscuros y una figura inconfundible.

El mensaje del Indio causa efecto en gran parte de la manada y la música termina siendo la verdadera protagonista, la que aleja todo el mal y transforma a la marea humana.

Se derrumba el techo del quincho porque algunos pensaron que se podía ver mejor desde allá arriba; se llama la atención a otros locos trepadores de torres de iluminación… Todo parece anecdótico, aunque la imagen siga siendo inédita para los villamarienses.

Mientras tanto, en el Hospital Pasteur, el director Juan Carlos Zazzetti cuenta que tiene a tres o cuatro jóvenes en observación con lesiones, más algunos menores. “La mayoría está alcoholizada”, afirma el médico ante la prensa.

También se informa que hay efectivos policiales con heridas cortantes.

En tanto, en la calle General Paz se sabe que “son casi 30 los detenidos por disturbios, muchos de Buenos Aires”.

Todo saldrá publicado en El Diario, que preparó una gran cobertura a lo sucedido y decide imprimir siete mil ejemplares, aunque si hubiese dispuesto más, los vende lo mismo. Encima el Negro Babalfi está contratado por la banda de manera especial y por primera vez un medio tiene a su fotógrafo desde arriba del escenario para una presentación de Los Redondos.

El Indio era reacio a las cámaras, pero esta vez parece que “la noche tira un salto mortal”, como canta sin fisuras ante una multitud que llora, que baila, que se pone en trance durante más de dos horas.

El remate de la velada es contundente. Queda claro que “el infierno está encantadoooor” y se escucha la frase “Verte feliz no es nada/¡es solo un rocanrol del país!/Verte feliz no es nada/Es todo lo que hacemos por ti”.

Como el cuento de la cenicienta, las luces se apagan a la medianoche. Los Redondos finalizan uno de los recitales más emblemáticos en la historia del rock argentino.

Las piernas te quedan temblando de emoción. La garganta también lo siente. Y algunos todavía siguen con fuerzas para levantar “a los caídos” que vienen arrastrando días de zarandeo al cuerpo y pretenden pasar la noche entre las butacas.

La banda ya no volverá, el Anfi será techado, vendrá Cromagnón, habrá competencia para Crónica, se impondrá el regatón y el trap, las manos se ocuparán con celulares, no estará la abuela… El tiempo jamás se detendrá, aunque difícilmente se pueda repetir ese 23 de mayo del 98, el día que Villa María “sobrevivió estoicamente” a un recital tan histórico. El día que invita a contarlo así, en presente.

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