Mar Rojo

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 13:00

Por Claudio Cova

 

Solo si tenés más de 50 años vas a comprender el corazón de esta pequeña historia, y digo corazón porque en ella late la infancia de decenas de villamarienses, en esta historia corre sangre por arterias talladas en carbón triturado y cubierta de sueños futboleros, de esos que tienen solo como techo alguna constelación aún no descubierta.

El Mar Rojo era nuestro equivalente a la Bombonera o el Monumental, para no dejar afuera a la baja proporción plumífera que habita nuestras tierras.

Para ingresar al Mar Rojo había que atravesar estrictas medidas de seguridad, las cuales ponían en riesgo algunas de las partes anatómicas más expuestas.

Lo habitual era tirarse cuerpo a tierra y entrar por algún espacio rastrero, otra subirse a las rejas y de allí el salto al campo de juego.

El contacto con el terreno de juego era una invitación a la aventura y a las emociones fuertes, el césped era remplazado por miles de fragmentos de carbón triturado, generosamente facilitados por los vagones colindantes, y que conservaban en forma inviolable su poder lacerante y quirúrgico, gracias a sus vértices detalladamente afilados.

El sonido de las zapatillas flechas sobre ese campo de juego perturbador, de carbón sobre fondo de arena y tierra, era la música que estimulaba los músculos y ponía en alerta al cuerpo ante la inminente disputa deportiva.

Si veíamos que alguno osaba utilizar botines, sacachispas y botafogo eran las estrellas del momento, sabíamos inmediatamente que el jugador no era del barrio, ya que desconocía que el uso de tapones era una invitación al derrape permanente, y el encuentro furtivo sin intermediarios entre codos, rodillas y manos, con el carbón triturado, que los recibía emocionado y como muestras de su afecto retenía partes del epitelio de las zonas corporales mencionadas.

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El partido siempre era de inicio incierto, empezaba cuando llegaba el que traía la pelota. Esto le agregaba una dosis de incertidumbre y dramatismo, ya que en algunas oportunidades el útil nunca llegaba, y terminábamos en intrépidas expediciones de alto riego en vagones abandonados y estepa ferrocarrilera de dudosa higiene.

En forma algo desordenada salían al campo, el Leo reconocido durante décadas por su afición a la pesca, esperando siempre el esfuerzo de sus oficiosos y esmerados compañeros.

El Aureliano, jugador de primer cuarto de hora, ya que después fundía máquina sin razón aparente. El Loro que corría, corría, corría hasta que algún tren de casual paso cerraba su marcha. El Chelo que siempre fue el mejor, pelota al piso, cabeza levantada y magia, para dejar patinando al que quisiera tomar el balón.

Yo ponía lo mío, lucha, sudor y sangre, ya que tirarse al piso en el Mar Rojo era pasaporte seguro a una herida sangrante, justo donde termina el glúteo y comenzaban los ojos llorosos.

Venir de visitante a nuestro estadio era asegurarse una humillación, ya que el desarrollo de nuestra técnica futbolística sobre esa superficie era multidisciplinaria, a saber patín sobre el carbón, equilibrio luego del derrape inevitable, y tolerancia al dolor ante la caída y posterior impacto sobre el poco afable terreno de juego.

Nadie que haya pasado por el Mar Rojo conserva impunes sus codos y rodillas, podríamos sin dudarlo identificar a aquellos que disputaron algún partido en nuestra cancha desnudándolos y verificando las secuelas.

Hoy pequeños atisbos de modernidad y decisiones de planificación urbana hicieron que el Mar Rojo solo permanezca en nuestra memoria.

Todos aquellos que acercamos nuestros pasos por allí levantamos la mirada cargada de melancolía y, aún, cerrando los ojos y abriendo el alma, sentimos esa mezcla de olor a carbón, a efluvios adolescentes, a ese perfume a sueños desparramados en los rincones.

Buscamos en la memoria el mejor gol, el mejor partido, y sin dudarlo elegimos entre todos los recuerdos de los abrazos, esos de los amigos formando una muralla, de a dos, de a tres, de a cuatro, de a cinco.

Suena la sirena del tren, las barreras se abren luego de su paso, ahí junto con los vehículos que van de un lado a otro de las vías, va también nuestra vida abrazando al tiempo y los recuerdos crecen como una enredadera.

Después de todo aprendimos que para ganar a veces hay que tirarse al piso, rasparse, sangrar, y aún así lo que el corazón guarda es el abrazo con nuestros amigos, nuestros afectos, nuestros sueños cumplidos a no.

El Mar Rojo, nuestro estadio eterno, nuestro rincón de arena, carbón y vagones abandonados, parte de lo más entrañable de nuestras vidas sigue intacto en los recuerdos de nuestra generación.

Llevamos sus marcas como un escudo de gloria, como símbolo de una Villa María que ya quedó atrás, pero sigue latiendo en cada rincón de nuestros corazones.

 

La confitería y heladería Fagiolo. Al lado estaba la de Falco. Ambas al frente del Mar Rojo. Cruzar a tomar un helado en medio de la tarde era un lujo para pocos...

 

Ahí, delimitado, el mítico “estadio”. Entre la Estación y la avenida Sabattini, a un costado del galpón que hoy ocupa la Medioteca. Ya había dejado de ser campo de juego y la gramilla le había ganado a la carbonilla que raspaba a los jugadores

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