Pipi, la mujer de hielo

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 13:00

Por Hernán Cuello

De pies helados todo el año, descalza con una pollera a cuadros que en algún tiempo habían sido marrones, una blusa desteñida gris humo y, tejido a mano, un sobre todo negro. Atuendo mugriento, no obedecía estaciones y parecía hacerse carne en su piel. Pelo de escoba, oscuro como la noche que habitaba en su cabeza, ojos desorbitados, profundos, que querían decir algo, algo que se había desconectado entre su psique y su habla, solo murmuraba, gritaba o sollozaba una palabra: “Hielo”.

Era la más vieja del barrio Las Playas, se contaban mil historias que la tenían como protagonista. Decían que el viejo pozo de agua acunaba un recién nacido ahogado por ella, hasta aseguraban que por las noches se podía escuchar ese llanto infante; otros vecinos aseveraban con total seriedad que en un tiempo fue una señora “de bien” hasta que falleció su marido, algunos decían que ella pedía hielo porque mantenía todavía su cuerpo en una heladera vacía (nadie se atrevía a corroborar esa historia).

Nosotros éramos muy pequeños y ya jugábamos en la plaza del barrio, ella aparecía y al grito de “hieeeelooo” huíamos despavoridos. Nunca nos hizo nada, pero esa aura de historias siniestras la rodeaba. Era demasiado misteriosa... La excusa ideal de las madres para que durmieras la siesta, tomaras la sopa o hicieras los mandados (apurando el paso al cruzar por su casa).

Era la mezcla exacta de personaje pintoresco y oscuro, los estudiosos dicen que estas personas psicóticas utilizan la holofrase, una palabra que significa mucho más que la palabra en sí, un único hilito que los mantiene en contacto con la realidad, un intento desesperado de la mente por aferrarse a la cordura, un manotazo de quien se está ahogando. Pedía hielo, pero quizás en ese pedido estaba escondida otra cosa. ¿Comida? ¿Techo? ¿Abrigo? La gente, generosa, donaba botellas congeladas que ella guardaba en una bolsa de arpillera. Pedía hielo porque así, quizás, escarchaba su esperanza, mantenía en un impasse eterno el devenir de los días. Quizás tanto hielo congeló su alma, para no sentir dolor, quizás así fue más llevadera su vida.

Cuentan algunas señoras que barren la vereda tres veces por mañana y pasan horas en el almacén, que esta mujer hizo un pequeño iglú y allí esperó, tranquila (como su vida) la muerte. Juan Carlos, el viejo sabio del barrio, que es más escéptico, me dijo que falleció un 9 de julio, cuentan los memoriosos, fotógrafos e historiadores que ese mismo día, después de 43 años, nevó en Villa María.

 

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