Ver al Diego en una pata

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 13:00

Por Pablo Rayo

 

Todas las veces se producía más o menos la misma ceremonia cuando intentábamos colarnos en la Placita: relojear de punta a punta la tapia que separaba las tribunas de cemento con las vías del tren para ver cómo venía la mano con los controles.

Anterior a ello se había producido el encuentro en alguna de las casas de algún barrio, siempre a la hora de la siesta, porque para colarse había que hacerlo bien temprano: la cana llegaba siempre minutos antes del partido, y ahí más o menos a cierta hora alguien se llegaba a la casa de alguien, esos dos pasaban a buscar a Fulano si estaba, si ya esos tres llegaban temprano a la casa del que se levantaba tarde el domingo, por la joda del sábado a la noche, quería decir que el mote de barrita ya estaba bien puesto para enfilar para la Placita todos juntos.

No debíamos ser más de cuatro: era más complicado meterse cuando éramos varios.

Pero esa vez solo había ido con el David ‘um Vera, a veces lo hacíamos con el Tucuca, el Cucaracha, el Tatín y también con el Negro Good Morning que era alto, grandote y de un tirón te revoleaba del otro lado sin antes no creer que eras el Hombre Araña, Superman o el famoso y temible Visitator de estos barrios llamado con un seudónimo que empieza con Pata y termina con Lana.

¿El momento ideal para hacerlo? Cuando pasaba un tren… el traqueteo del mismo, los reiterados silbatos que el maquinista tocaba en la diésel antes de llegar a la calle San Juan, impedía escuchar algún ruido por si había alguien queriendo truncar tal proeza.

 

Pero ese día no era un día cualquiera de domingo, no era día del clásico Alumni-Alem, ni jugaba ninguno para el Regional que llevaría a alguien al Nacional, ni nada que superara ver jugar al más grande de todos los tiempos: ese día venía a jugar el Diego y el resto de Argentino Junior.

Punto.

De pie.

Así lo vimos: de pie, con un pie apoyado en el extremo superior de uno de los parantes de madera que soportaban los gigantes carteles que daban al ex-Aserradero Bermúdez. Era una vista privilegiada: dominaba todo el campo de juego sin nada que interfiriera, se alcanzaba a ver casi hasta la plaza del entonces Palace, un montón de gente abarrotada para entrar, el humo que te decía que en ese lugar ardían brasas para choripán, se oía mientras la publicidad que salía alternando con relatos del comentarista de turno, las radios que lo transmitían… y en la calle unos temerarios Torinos con la yuta local entremezclados con algún Falcon verde con sendos muñecos de lentes negros y abultado bigote vigilanteando otra cosa y que no era precisamente el encuentro deportivo: era diciembre de 1979. En las tribunas todos pelito corto y seguramente escuchando “La avenida de las Camelias” que salía de alguna radio oficial.

Era “mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador” cantaban Pedro y Pablo, pero ahí todavía no se podía.

Cambio de pie.

La superficie del madero dejaba apoyar un solo pie, cuando ya estaba a punto de explotar del calambre lo cambiabas por el otro y lo estirabas un poco para que descansara algo hasta entrar en posición de nuevo: ese era el detalle, la vista era privilegiada, pero los pies te quedaban morados.

David ‘um Vera estaba parado en el otro poste y con él fuimos testigos de la entrada de los equipos, ese día obvio se alentaba a Alumni, con el refuerzo de nuestra Pepona Reinaldi, pero… todos nos deleitábamos con el Diego, solo lo mirábamos a él que solo nos distraíamos cuando se entremezclaba el destello de la melena de la Pepona que sobresalía con el resto, él jugaba a la pelota, el resto jugaba un partido de fútbol, se divertía como un niño que era, él y la pelota: uno solo.

La sucesión de hechos, goles y características generales del encuentro lo podrá narrar mejor cualquiera de los miles que allí concurrió aquel memorable 22 de diciembre o los destacados periodistas deportivos que allí se dieron cita.

Solo me acuerdo el gol del 10 de Villa Fiorito, el Nipón Bazán era el arquero del equipo local y le habían advertido en los vestuarios antes de salir: “Ojo, Nipón, que si patea Maradona cerca del área con pelota detenida te la clava”.

Foul cerca del área a favor de los bichitos colorados de La Paternal.

Cambio de pie.

Se paraban 2 o 3 frente a la pelota, pero todos lo miraban al 10 y el balazo entró obviamente como se la habían anticipado a Bazán.

Mucho pero mucho tiempo después el inolvidable Nipón contaba que “se la podría haber atajado, me sobraba mano para sacársela al córner, pero dejé que me pegara me la doblara y se colara al ángulo”.

¿¡!?... “Sí, si yo le sacaba ese tirazo al Diego nadie se iba a acordar, era un tiro más que yo salvaba, en cambio ahora yo puedo decir ¡que me hizo un gol Maradona!”, nos contaba cancheramente.

Cambio de pie.

Salto largo al tejido, descenso exhausto, pero inmensamente feliz y nos vamos para las casas con el David ‘um Vera haciendo toques enardecidos con una latita de Coca.

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