Taparrabos (y otras cosas)

HUMOR VIAJERO

Por El Peregrino Impertinente

Todos saben que el principal propósito de viajar por el mundo es comprar armas de contrabando para después revenderlas a precios abusivos en el barrio de uno. Ya en un segundo plano, el trasladarse a otros países nos ayuda a aprender aspectos de culturas ajenas. Por ejemplo, sobre las vestimentas típicas de sociedades muy diferentes a las nuestras.

Insertos en esa línea temática, llamará la atención del andariego saber que en algunos lugares recónditos del planeta tierra hay gente que todavía usa taparrabos. En la inmensa mayoría de los casos, son miembros varones de tribus aisladas los que lo utilizan. Los más llamativos son los de la comunidad africana “Focabebé”, que por razones no del todo claras llegan hasta las rodillas.

Dicho esto, bien viene explorar en la historia de la célebre prenda y descubrir varios datos interesantes. Por caso, que la primera de la que se tiene constancia es la que perteneció al Hombre de Similaun, que habría habitado allá por el 3.200 antes de Cristo. Desafortunado sujeto cuyo cuerpo congelado fue encontrado en las alturas de los Alpes europeos, con una nota que decía “Ojo con el frío Monumental: Monumental de Núñez”, en un chascarrillo que escribió con sus últimas fuerzas, haciendo  notoria referencia a las gélidas temperaturas que suelen dominar el estadio porteño.

Continuando con el presente artículo, que evidentemente no se hará acreedor del premio Pulitzer, habrá que decir que el uso del taparrabos alcanzó su cénit durante las épocas del antiguo imperio romano y del Imperio Nuevo de Egipto, sobre todo en la capital de este último, Tebas. “Eso: ‘Tebas’ a lavar esa hilacha de tela ya mismo, que tiene más baranda que Damián Córdoba después del baile”, le reprochaba una señora egipcia a su esposo, quien ya por entonces soñaba con pantalones, y divorcios.

 

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