“Todo joven, todo niño tiene derechos, duele la discriminación”

Marisa Sánchez

Nació en Villa María el 14 de noviembre de 1964. Tiene cuatro hijos y tres nietos. En junio de 2012, junto a dos vecinas, Luisa y Silvia, decidieron poner en marcha el comedor comunitario Caritas Felices en barrio La Calera. Empezaron con una copa de leche una vez por semana para 15 chicos y hoy dan la cena de lunes a viernes a 90 pibes, además de diversos talleres. El lugar creció y se sostiene en base a la solidaridad de la población. Es presidenta del centro vecinal de La Calera.

 

Escribe Nancy Musa
DE NUESTRA REDACCION

Fuerza, tesón, perseverancia, amor a los niños. Algunas de las características que tiene Marisa, una de las tantas mujeres que escriben diariamente, y en forma anónima, la historia llevando un plato de comida a la mesa de pibes que el sistema ha dejado a la vera del camino.

Marisa y su grupo reciben el aporte desinteresado de numerosos vecinos, comerciantes, municipio, para darle una cuota de felicidad a los bajitos. Se emociona cuando habla de “sus hijos del corazón”, está llena de gratitud hacia la ciudad y la región que da muestras sobradas de espíritu solidario, se siente orgullosa de su familia que la sostiene y de sus colaboradores que son los pilares del espacio ubicado en Juárez Celman 842.

Marisa es una de las tantas personas que aportan su granito de arena para servir al prójimo,  mientras sueña con una sociedad con oportunidades para todos.

 

-Hace seis años que emprendiste el comedor Caritas Felices, ¿cómo fueron los comienzos?

-Empezamos los sábados con una copita de leche en la casa de mi hijo, que estaba trabajando en otra provincia. Todos los sábados les dábamos la leche a los chicos, comprábamos biscochos, cacao, leche, había una cocina y eran 15 los chicos que teníamos.

Así lo hacíamos, un día una pilchería nos regaló medias y algunas zapatillas, les lavamos los pies en el baño y les pusimos medias y calzado a todos. Porque uno entiende que la mamá trabaja, pero no le alcanza.

Esas cosas hoy las comentamos con las chicas, no te olvidás nunca de esas cosas, porque por algo estamos ahí, estamos puestos por algo (se emociona).

Y así seguimos, con dos colaboradoras más, y un día mirando hacia la cocina, mirando esa olla vacía, dije que quería darles la comida, porque sentía que estaba esa necesidad de la comida.

Entonces, ellas me dijeron “bueno, vamos a empezar los lunes con la comida”.

 

-¿Qué hicieron para agregar un día de comida?

-Usé una publicación en Facebook, contamos que habíamos empezado a dar de comer y comenzaron a llegar alimentos. Fuimos agregando días, lunes y miércoles, luego le sumamos el viernes y hoy ya es de lunes a viernes. Todo lo hizo la gente y nosotros.

 

-¿Cuántas personas trabajan para hacer posible esta acción solidaria?

-Hoy somos nueve personas. Un día va uno u otro, a veces viene gente a traer cosas y se queda a colaborar. Caritas Felices es un lugar que está abierto para todo el mundo, todo aquel que quiera colaborar, tanto llevando alimentos como participando en distintos talleres, será muy bien recibido.

Te sigo contando, logramos dar comida de lunes a viernes, pero llegó un día que a mi hijo lo trasladaron a trabajar en el Servicio Penitenciario de Villa María y necesitaba la casa.

 

-Tenían que buscar un nuevo lugar para seguir adelante.

-Sí. No teníamos dónde darles de comer. Fue un dolor, una tristeza muy grande para las tres, lloramos, nos consolamos y después me fui al canal de Villa María. Hablé con Gustavo Caroni, que tenía un programa, y le conté lo que nos pasaba.

El estaba con David Bustamante y me dijo que el sábado iba a ir a ver lo de la copa de leche para comprobar que fuera cierto lo que le había contado.

Fueron, compartieron la leche y así se lanzó la campaña de los materiales, porque yo tenía mi terreno nada más.

 

-¿En el canal empezaron una campaña para construir un espacio en tu terreno?

-Sí, con la idea de construir un galponcito, algo. Empezó a llamar la gente al canal, las primeras que llamaron fueron las chicas de Las Iguanas Solidarias, nos hicieron el contacto con la gente de la bloquera de Cabral. La bloquera se comprometió a darnos los ladrillos block y no teníamos cómo ir a buscarlos (sonríe).

Teníamos un vecino, Gustavo Livesio, esposo de Gabriela Alarcón, que en ese tiempo estaba en un camión. Lo hablamos y nos llevó.

 

-El primer paso ya estaba dado, tenían los ladrillos.

-Sí, volvimos de Cabral, fueron las chicas de Las Iguanas a recibirnos, los vecinos nos ayudaron a descargar los ladrillos y el tema era la mano de obra. No teníamos nada, ni 10 centavos (risas). En ese tiempo mi marido me dijo que iba a levantar las paredes hasta el techo y los chicos colaboradores cavaron los cimientos.

Y se levantaron las paredes hasta el techo, en ese momento mi hijo volvió a su casa, así que le dábamos de comer sin puerta, sin ventanas, sin techo, estuvimos así como dos o tres meses.

Se seguía con la campaña en el canal, pidiendo la cal, arena, portland para revocar y los colaboradores iban revocando de a poco.

 

-Todo lo lograron en base a la solidaridad de la gente.

-Sí, me acuerdo que el abogado Olcese nos donó para que pusiéramos el piso, otro señor no ayudó con mosaicos, otra chica que trabaja en Paviotti nos regaló las ventanas y la puerta. Y así fuimos completando, pero nos faltaba el techo.

Un chico fue un día con una lona de un camión y ese era nuestro techo, pero los chicos comían. Teníamos una cocina muy chiquita, así que Luisa, Silvia y yo empezábamos a cocinar a las 4.30 de la tarde para que los chicos pudieran tener la comida, porque eran muchos.

Y un día llega Noelia Meza, una chica que tiene una mueblería.

 

-¿Ella era colaboradora de ustedes?

-Sí, ella colaboraba con pan, bizcochos, y un día viene y me dice: “Vine del Chaco, cuando llegué a Villa María tenía un bolsito y salí a buscar trabajo. Empecé a trabajar en una oficina y mi patrón un día me dijo que si alguna vez podía ayudar a alguien con algo que perdure para siempre, le avise”.

Entonces, Noelia creyó que era hora de hablar con su patrón para conseguir el techo. Y así tuvimos el techo, no sé quién es el patrón, nunca lo supimos, pero tuvimos todo, los tirantes, las chapas.

Así fue cómo techamos nuestro comedor.

 

-¿Recordás la fecha?

-(Se ríe) No, no me acuerdo de la fecha porque fueron tantas emociones, tanto agradecimiento a la ciudad, porque todo es gracias a Villa María y otras localidades cercanas, a tanto que colaboró y hasta el día de hoy colabora. Muchas emociones, mucho llanto con las chicas porque era el picado de la cebolla a mano (risas).

Después, un día Gustavo Caroni me dijo que fuéramos al Mercado para conseguir frutas y verduras, me daba vergüenza pedir, pero fuimos un día y se comprometió el puesto de Felipe y hasta el día de hoy nos dan lo que nos hace falta.

Nunca pedimos de más, sólo lo que nos hace falta. Y el puesto de Miguel nos da las mandarinas y las naranjas. Es gente que está comprometida desde hace cinco años con el comedor.

Y llegó el día que tuvimos nuestra casita nueva, así le decíamos.

 

-¿En la casita nueva surgieron otras necesidades?

-Empezamos a pedir mesas, bancos porque no teníamos, nos íbamos amontonando porque cada día venían más chicos. Te puedo contar que teníamos hasta hace cinco meses 60 pibes y en los últimos meses pasamos a 90. Hoy tenemos 90, 92, está todo lleno.

Por supuesto lo fuimos agrandando un poco con todas cosas que nos donaron. Un día fueron de un club, no quiero equivocarme el nombre, y nos vieron cocinar en la cocinita chica.

A los 15 días nos llevaron un anafe industrial nuevo. Otra vez a llorar… es que eran cosas tan hermosas, tan emocionantes.

 

-También recibieron aportes de un colegio.

-Sí, del San Antonio, los chicos del secundario hicieron un proyecto, es una materia, y van los martes una vez por mes. Llevan la leche, llevan pinturas, van a jugar con los nenes, pasan la tarde con los chicos. Y me dijeron que tenían un dinero de un fondo para comprarnos un horno pizzero. Así que me llamaron en un acto, el anteaño pasado, y nos regalaron el horno pizzero para hacerle pizzas, tartas.

Todo lo que tenemos en Caritas Felices hoy fue y es donado por la gente, desde el plato, la cuchara, el vaso, todo.

Y el amor que lleva la gente también, eso lo valoramos mucho porque no es solamente la comida, de los 90 que tenemos cada uno tiene una historia, a veces muy triste (se emociona).

 

-Ustedes también están para contenerlos.

-Y nosotros estamos en cada uno de ellos para que su carita esté feliz, los vemos tristes y les preguntamos qué les pasa y lo llevamos al patio, que nosotros le llamamos el confesionario, y ellos te cuentan.

A veces están tristes por problemas en la casa o porque a la mamá no le alcanza para comprarle las cosas para el colegio, hay muchos problemas en cada casa.

Nosotros tratamos de estar. Les juntamos calzados, ropa, les festejamos el cumpleaños, el cumpleaños del comedor, el Día del Niño, Navidad.

La Navidad pasada para nosotros fue algo que nunca nos había pasado. Me dicen que soy la loca que inventa cosas.

 

-¿Y qué inventaste para la Navidad?

-En septiembre, les digo a las chicas que habían venido algunos nenes descalzos a los talleres que tenemos. Le pregunté a uno por qué estaba descalzo y me contestó que la mamá le había lavado las zapatillas y no tenía otras.

Se me cruzó la idea de juntarle gomones nuevos para todos en lugar de juguetes. El juguete es típico de la Navidad, pero el estar calzados es una necesidad.

Y ahí nos pusimos, “vamos a juntar 90 pares, Dios nos va a ayudar”, les dije a las chicas.

Lo puse en el Facebook al pedido, una de las chicas anotó el número de cada uno y cuando la gente empezó a llamarme preguntábamos qué número de gomón nos donaba y lo íbamos tachando (se ríe) para poder pedir los que faltaban.

Y llegamos a Navidad, los chicos no sabían nada, envolvimos todos los regalos que había donado gente de todos lados, un señor que hacía de Papá Noel vino a la noche.

A la tarde yo había ido al Mercado a pedir para la ensalada de frutas, armamos toda la mesa navideña, para que puedan disfrutar de la Navidad y ser felices.

Primero comimos choripán, Papá Noel se cambió en mi casa y apareció con las bolsas y los regalos. Y de nuevo lloramos, porque tratamos de que sean felices.

 

-Cuando festejan el cumpleaños del comedor, es otra fiesta.

-Sí, en junio festejamos el cumpleaños del comedor y de ellos. Y lo festejamos con todo, este año nos fue más difícil porque uno ve que la situación no está nada bien, pero tuvieron de todo, desde las hamburguesas que donaron, cinco tortas, golosinas, de todo, cortamos la calle, hicimos karaoke, fue Marito Campos que siempre nos ayuda, la Municipalidad que nos ayudó con el sonido, con gaseosas, con chorizos que los hicimos otro día porque ese teníamos hamburguesas.

La gente llegaba con paquetes de caramelos, masitas, parvas de cosas, como siempre. A pesar de que la situación no está nada buena, la gente siempre responde.

Está siempre, para que a ellos no les falte la comida.

 

-Dijiste que en los últimos meses se incrementó significativamente la cantidad de chicos que van al comedor.

-Sí, tenemos mamás que se quedaron solas, tenemos mamás que trabajan todo el día y no les alcanza porque tienen cinco o seis niñitos, no está bien la situación económica, hay mamás que ponen el pecho todo el día y no les alcanza. Tengo dos o tres mamás que van a buscar a la noche la comida para ellas. Algunas vinieron a decirme: “No los mandé nunca al comedor, pero hoy los tengo que mandar porque no tengo para darles de comer” (se le llenan los ojos de lágrimas).

Y acá no hay que anotarse, acá viene todo el mundo, no importa de qué barrio sean.

 

-¿Tienen niños de otros barrios?

-Hoy tenemos de La Calera y del Roque, pero del barrio que sean tenemos las puertas abiertas para un plato de comida, para ropa,  todas las colaboradoras están muy comprometidas.

Y también va gente a colaborar, estudiantes, vecinos, todos son bienvenidos.

Y no sabés lo felices que son los chicos cuando van a visitarlos.

Para ellos todos los que van son las seños o los profes. Hemos logrado mucho con ellos.

Hoy tenemos a Walter, que empezó en el comedor siendo un niño y ahora tiene 15 y va ayudar a servir.

Nosotros le damos mucho amor. El niño viene maltratado de la casa y si le das amor, te entiende. El niño se educa con amor, con maltrato no se educa.

Para todas nosotras, esos 90 niños son nuestros hijos del corazón. Ellos buscan amor, comprensión, hoy los más grandes te ayudan a poner la mesa, a atender y aman su comedor.

Nosotros siempre les decimos que eso es de ellos, no es mío ni de las colaboradoras, es de ellos y lo cuidan.

 

-En una parte de la charla me dijiste que te provoca mucho dolor que los chicos no puedan cumplir sus sueños por ser humildes, por la falta de oportunidades.

-Sí, a veces nos planteamos con las chicas por qué ocurre. A veces por la falta de Estado, un poco abandonados, a veces porque a los papás no les alcanza, hay muchos padres que trabajan, se preocupan por ellos y no les alcanza.

Y me duele porque pienso que todo niño tiene derecho a jugar, a estudiar, a talleres, a ir a un baby fútbol y a veces están limitados a eso por ser humildes.

Me duele en el alma, por eso mientras pueda voy a pelear, voy a luchar por conseguir cosas para ellos. Tenemos los talleres. En el comedor tenemos un taller de rap, la semana pasada grabaron un videoclip en la Tecnoteca; me lloro todo cuando los veo felices y ellos te expresan que te aman.

Y después nos fuimos a merendar al centro con la chica de la Municipalidad y estoy segura de que jamás habían ido a merendar al centro y tienen su derecho.

Nosotros vamos a hacer todo por ellos, pero me duele que esté ausente el Estado, que a quien le corresponda no esté.

 

-¿Siempre te sentiste inclinada a ayudar, a estar con los niños?

-Siempre, fui niñera. Después crecí y cuidaba en mi casa, tenía mamás que trabajaban y me los dejaban, algunas de noche en distintos bares o comedores y los dejaban a dormir en casa.

Mi viejo también, en casa éramos muy de los chicos, y por eso digo que desde el cielo me debe estar mirando y dándome la fuerza que por ahí necesito para seguir.

 

-Vamos a hablar de tu infancia, naciste en Villa María y se quedaron acá, ¿dónde fueron a vivir?

-Mi mamá, Rosa Gutiérrez, vino desde Tío Pujio conmigo en la panza. Nací en el Hospital Pasteur, salí del hospital, según me contaba mi mamá, sin rumbo. Ella conmigo en los brazos se fue al barrio La Calera, ahí está mi tía, que es mi madrina y la amo, a ella y a mi prima.

Una vecina le dio lugar para que se quedara en una pieza, mi mamá le limpiaba la casa. La señora que le dio la pieza, Yolanda, me cuidaba para que mi mamá pudiera salir a trabajar, ya que consiguió otros trabajos en casa de familia. A mi papá biológico no lo conocí.

Y cuando yo tenía 1 añito, mi mamá conoció a un señor, José Antonio Sánchez, que lo amo con toda mi alma, no lo tengo más, pero es mi viejo. Nos dio todo. Y también ya de grande me dio su apellido.

 

-¿A qué se dedicaba José?

-En ese tiempo era verdulero ambulante. Tenía una jardinera con un caballo y yo fui su hija. El no tuvo otros hijos. Estuvo un año o dos de novio con mi mamá, después la llevó a la casa que estaba a dos cuadras, él vivía con su mamá, la abuela Ramona Micaela, que me crió como una hija. Después con los años tuvieron un almacén, mi viejo se jubiló porque también trabajaba en el Molino Fénix. Un padre con todos los honores, con todas las letras, para mí fue un papá de sangre porque se privó de un montón de cosas para darme a mí.

Nosotros éramos muy humildes, después él compró una casita enfrente y pusieron un almacén chiquito que lo atendía mi mamá. El salía a hacer changas, le gustaba mucho jugar a las bochas (risas). Fui a la Escuela Sarmiento de La Calera, que es mi orgullo.

 

-¿Eras tranquila de niña?

-Era terrible (risas). Por ejemplo, como nosotros teníamos almacén yo estaba bien con todos los chicos del grado, me querían porque era cariñosa, pero además les llevaba caramelos, bizcochos, entonces si yo peleaba, sabía que los chicos me defendían (risas).

Y era muchachera la Marisa y peleadora (risas).

 

-¿Te gustaba estudiar?

Me encantaba, la primaria me encantaba, después no tuve la oportunidad de poder seguir la secundaria, fui dos años, luego hice un curso de contabilidad, tuve que trabajar en una casa de familia, no se me dio la oportunidad de seguir estudiando, pero les agradecí a mis padres por todo.

Tuve una infancia muy linda, nos juntábamos en la esquina con los chicos del barrio, jugábamos, éramos todos amigos, nos cuidábamos, nos queríamos, no había desconfianza. Jugábamos al carnaval, jugábamos a los hoyitos, hacíamos hoyitos en la tierra y con las pelotitas tratábamos de embocar en el hoyito (risas), a la payana, fue una infancia muy sana, nos cuidábamos todos.

Hoy ha cambiado mucho.

 

-¿En qué etapa comenzaste a notar los cambios en el barrio?

-Hará unos 15 años. Antes éramos una familia grande, hoy no hay esa confianza. Es muy triste,  hoy no podés salir a sentarte en la vereda. Todo ha cambiado.

No recuerdo que en mi niñez hubiera comedores como el que tengo. Cada uno comía con su mamá y su papá porque había, mucho o poco, pero había. Hoy no hay.

Hay pibes que si no comen en mi comedor, no comen. Es doloroso porque comer es un derecho y se perdió.

 

-¿Cómo es un día en Caritas Felices?

-Depende la comida. Nosotros damos de lunes a viernes la cena porque al mediodía los chicos comen en el colegio, tienen Paicor. Y cuatro veces por semana, la leche a la tarde.

Por ejemplo, ayer (por el jueves pasado) hicimos pastel de papas. Fuimos con Verónica a la siesta para pelar la bolsa de papas. A las 5.30 de la tarde fueron las otras chicas e hicieron la carbonada y prepararon la comida, porque a las 20 ya se come en invierno y a las 21 en verano.

Entre la cocina y la mesa, nos desocupamos tipo 9.30 de la noche. Muchos chicos a las 7 de la tarde ya están afuera esperando, aman el comedor.

 

-¿Cuánto necesitan por día para hacer la comida a los chicos?

-No sé en dinero. Por ejemplo, los lunes hacemos salsa con cinco kilos de carne molida, 12 paquetes de fideos o siete de arroz, más toda la verdura, que la vamos a buscar al Mercado y la tenemos siempre. Son cuatro o cinco kilos de pan. Nosotros estamos haciendo 90 porciones por día, 450 por semana. Es mucho, lo vamos piloteando, hay días que se cocina sin carne.

Le vamos armando el menú de acuerdo a lo que recibimos, vamos viendo el día a día. Pero comen, eso es lo importante, comen.

La Municipalidad nos da por mes, pero eso lo destinamos a pagar la luz, el gas, el agua, las cosas que tenés que pagar con dinero.

 

-¿Qué talleres tienen?

-Los jueves danza, tenemos hip hop, el playón de fútbol, el sábado hay reciclaje, tienen folclore, candombe, batucada.

Les encanta el baile, eso queremos para ellos, que se luzcan, que la gente los conozca, que no estén limitados por ser humildes, por ser de La Calera.

 

-¿El chico siente las limitaciones de las que hablás?

-Sí, las siente, las siente el niño y las siente el joven. Nosotros hemos tenido charlas con jóvenes que te dicen que hay confiterías a las que no los dejan entrar por ser morochos o ser de La Calera. Me pasó con mi hijo un día. En la puerta le dijeron un sábado “no entrás” y al otro sábado lo dejaron entrar.

Son cosas que no se entienden, eso es doloroso. Porque todo joven tiene derechos, todo niño tiene derechos y duele mucho la discriminación.

A veces nos preguntamos con las colaboradoras ¿qué va a ser del futuro de los chicos? ¿Cómo cambiamos esta sociedad para que no sean discriminados?  Eso nos preocupa.

Otro de los temas, como presidenta del barrio hemos charlado con los jóvenes que están todo el día en el playón, que no tienen trabajo.

Y los juzgamos, sin darles la oportunidad a cambiar. ¿Les dimos lugar a una educación digna, a un trabajo digno? No, pero los juzgamos.

Es fácil juzgar. Hay que hacer, no juzgar.

 

-Mencionaste el centro vecinal, ¿qué logros tuvieron?

-Cuando empecé con el centro vecinal, en la primera reunión que tuvimos con Martín Gill nos preguntó que queríamos. Le planteamos que se arreglara el colegio del barrio, que estaba deteriorado, que se arreglara el playón y la guardería que estaba con luz de obra todavía.

Y se le propuso armar un tipo de cooperativa y darles la oportunidad de trabajo a estos jóvenes. Fue así que se pasó un presupuesto y se empezó a arreglar el colegio, entre 20 y 22 jóvenes estuvieron trabajando, ellos cobraban por semana, comían en el comedor, y se iba dejando parte de lo que cobraban en un fondo para que después pudieran comprar herramientas.

Hoy no sé si están trabajando todos, pero hay que hablarlos, hay que darles oportunidades.

 

-¿Qué otras acciones se han concretado en estos dos años de mandato?

-Se está levantando la sede del centro vecinal, la Municipalidad nos ayuda con los materiales, se pavimentaron algunas calles del barrio, faltan otras que ya las harán, los arreglos en todas las instituciones que estaban muy deterioradas.

Me puso muy feliz el arreglo de la guardería, estaba en obra, no tenía ni buena iluminación, y hoy es una Sala Cuna de primera, con todos los chiches.

 

-¿Encontraron eco en la Municipalidad a sus pedidos?

-Sí, en lo que puede siempre está con nosotros, en los dos lados, en el comedor y en el centro vecinal. Me parece que si este intendente pudiera ayudarnos más, más nos ayudaría. Es la única gestión que nos ayuda en el comedor, antes nunca se llegaron al comedor.

Martín antes de ser intendente fue al comedor a hablar con nosotros, le pedimos que viniera con uno o dos, que no vinieran todos los políticos (risas). Fue, con toda su humildad nos prometió que si ganaba nos iba a ayudar y así fue.

Por eso lo quiero, lo quiero como persona porque nos ha demostrado cariño con los chicos, ha ido almorzar con los pibes.

No me caso con nadie, te aclaro, pero valoro a aquellas personas que se llegan, que están con los niños, con los jóvenes, que nos ayudan.

También han ido algunos concejales.

 

-Marisa, ¿cuál es el problema más preocupante de tu barrio?

-La seguridad nos está preocupando mucho. Esperemos que alguien nos escuche y se puedan encontrar soluciones, sigo insistiendo en que hace falta caminar el barrio, hablar con los jóvenes, escucharlos, para combatir la inseguridad hace falta mucha contención.

 

-¿Es complicado estar al frente del centro vecinal?

-A veces me siento sola, pero no voy a bajar los brazos. Es como que a la gente no le interesa mucho participar del centro vecinal. Y otra de las cosas que a veces los vecinos no entienden es que el centro vecinal no está para solucionar problemas de cada cosa puntualmente. Y por ahí me enoja. Estamos para ver los problemas generales del barrio. Si pudiera solucionar los problemas a cada uno, lo haría, pero no puedo, no tengo cómo llegar.

Qué más quisiera que todo el barrio esté bien y no le falte nada pero no tengo fondos para ayudar a todos. Trato de ser la Marisa de todos los días, creo que hay mucha gente que me quiere, otros que no me quieren, que hablan mal, pero me consuelo sola (sonríe).

Es muy fácil hablar mal y no hacer. Hago lo que puedo con la gente que me acompaña.

 

-De pronto tenés alegrías, como cumplir un sueño con Tinelli.

-Sí, tengo alegrías como esto. Hace unos seis meses una chica, Flor Quintana, de la Escuela San Antonio, me escribe por Messenger que podríamos mandar una carta a Tinelli para cumplir algún sueño. Ella armó la carta, pedí bancos, mesas y una heladera que no tenemos.

Pasó el tiempo y me llaman de la Producción de Tinelli diciéndome que estábamos preseleccionados. El lunes pasado me confirmaron que ya estábamos seleccionados.

El sueño ya está cumplido con poder llevar a mis peques a Buenos Aires, que conozcan un estudio de televisión y es Tinelli. Ellos están emocionadísimos y espero que todos nos ayuden para que puedan viajar.

Hay niñitos que no salen del barrio, todo lo que pueda hacer por ellos no tiene precio.

 

-¿Cuál es tu sueño hoy, Marisa?

-Mi sueño es que los chicos puedan comer en su casa, con su familia y que el comedor sea para talleres. Ojalá que Dios me escuche y que los que tienen la obligación logren que los chicos no tengan que ir más a comer de Marisa, que vayan para disfrutar de los talleres, aprender distintos oficios, eso me gustaría. Pero hoy la situación lleva a esto y cada vez más. A veces me paro en la mesada y me pongo muy triste, tenemos chiquitos de 1 año y medio, con mamás y papás que trabajan y no les alcanza.

Habrá algunos que no trabajan, pero no juzgo, me interesa que los chicos coman y se sientan felices, en lo que se pueda.

 

-¿Nunca participaste de política partidaria?

-No, recibo de todos los partidos. Me ayudan todos y soy muy agradecida con todos.

Nunca me interesó participar en partidos, mi viejo era peronista de Perón, soy peronista de cuna,  pero cero política porque no quiero que ensucie lo que estoy haciendo.

Sé que lo que hacemos con el comedor es política, todo es política, pero de otro tipo.

La bandera nuestra es Caritas Felices.

 

-¿Qué expectativas tenés  para los próximos meses?

-Está muy difícil, lo vemos en el día a día, todo está más caro, los alquileres están altísimos, hay menos trabajo, gente en la calle se está viendo. Nosotros lo vemos en el comedor, a la gente no le alcanza. Urgente necesitamos soluciones, no sé cómo. Ojalá, Dios quiera, se encuentren las soluciones porque si un chico no come bien, no puede educarse, no tiene oportunidad.

 

-¿Quiénes son las personas que trabajan habitualmente?

-Luisa es la cocinera, trabaja conmigo y Silvia. Somos las tres fundadoras. Después está Viviana, Verónica, hay dos Verónica, María José, Susana, Alejandra, Tomás. Espero no olvidarme de nadie. Y están los colaboradores que vienen, se quedan y ayudan, los chicos de los talleres, los de la Escuela San Antonio.

 

-¿Cuál fue el momento más triste que les tocó vivir en el comedor?

-Nosotros teníamos una vecina, Alicia Copa, que llevaba los nenes al comedor, un día la convencimos para que fuera a ayudar, ella había sido muy golpeada por su pareja, los vecinos lograron que este señor se vaya y ella estaba convencida de que no volvía más.

El comedor a ella la hizo feliz, nos iba ayudar todos los días durante varios meses, es más, iba a empezar el secundario para adultos que dictaba la Municipalidad en el comedor, y el 14 de marzo, ese señor se vino de Buenos Aires y le pegó dos tiros.

Para nosotros fue un golpe, hasta el día de hoy la extrañamos mucho a Alicia.

Me gusta –  Ayudar a los demás. Ser feliz.

Me encanta – Los chicos son mi vida.

Me divierte – Estar, bailar, reírme con los chicos.

Me entristece – El sufrimiento de los niños, que no puedan cumplir sus sueños porque son humildes.

Me enoja – Que no les den a los niños las oportunidades que deben tener.

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