Todos los nombres de nuestros pueblos en un solo libro

Carlos Belfatini

Hace poco tiempo se presentó “El nombre de nuestros pueblos”, la obra del escritor Carlos Belfanti que aborda el significado de cada una de las localidades de nuestra provincia. Hay muchas sorpresas, mucha historia y mucho de nosotros

Escribe: Daniel Rodríguez

Carlos Belfatini

¿Por qué nos gusta tanto la toponimia? Sí, nos encanta. Son esas cosas que nos gustan y que no sabíamos su denominación. Veamos, la toponimia es el estudio de origen y significado de los nombres propios de los lugares. Y ahí está “El nombre de nuestros pueblos”, la obra de Carlos Belfanti, un curioso incansable. El volumen reúne el nombre de cada uno de los pueblos, ciudades, parajes y comunas ubicados en toda nuestra provincia (son más de 500).

Hace ya un par de años, el autor recorrió bibliotecas, libros, páginas, lugares y hasta llamó a una innumerable cantidad de números telefónicos en búsqueda de conocer por qué James Craik tiene es nombre, por ejemplo. ¿Por qué El Arañado tiene dicha denominación? ¿Y Agua de Oro? Sí. Lo hizo con todos y hay varias sorpresas con las que uno puede encontrarse a la hora de analizar cada una de sus páginas. Un dato anecdótico es que hasta en algunos casos ni siquiera el jefe comunal tenia idea del porqué del nombre originario de su localidad.

Con prólogo de Luciano Pereyra, reconocido historiador local, la obra también destaca el nombre de los departamentos de la provincia y algunos datos anecdóticos que contextualizan la obra.

 

La cuestión ferroviaria

Al momento de encontrarse de cara con los poblados, Belfanti pudo saber que muchas ciudades tienen un nombre que está sujeto a cómo se llamaba anteriormente la estación de tren. En muchas locaciones lo primero que llegó fue el tren, lo que trajo el progreso y a las personas, naturalmente, a ocupar dichos meridianos.

Con un Domingo Faustino Sarmiento que intervino en el nombre de la localidad de Bell Ville o hasta pueblos que homenajean con su nombre a algún empleado ferroviario, las sorpresas son muchas y se destacan.

Otro dato a tener en cuenta es que la provincia tuvo a sus pueblos originarios -los comechingones y sanavirones- que también tuvieron mucho que ver a la hora de definir cómo llamar a alguna zona.

Para más datos, se puede saber que los nombres de militares y santos también son parte del eje. La provincia fue una de las primeras en ser avizoradas por los jesuitas y la temática religiosa se va repitiendo a la hora de mirar el mapa, como, por ejemplo, Jesús María, Santa María de Punilla, San Agustín y demás.

En el prólogo, Pereyra afirma: “El trabajo […] nos muestra la pasión, dedicación y meticulosidad de años de minuciosa búsqueda, recopilación y ordenamiento de datos”. Además, vale la pena mencionar que es una obra inédita porque no existe ninguna otra placa que reúna a todas las localidades de la provincia. Hay en existencia un libro, pero solo lo hace con los pueblos que tienen nombres aborígenes.

“El hombre es quien da nombre a las cosas”, me dice Belfanti y muestra que esa es su frase de cabecera. Además, afirma que “hace 18 años que en la provincia no nace una nueva comuna. La última fue Colonia Las Pichanas, en San Justo, por el año 1922”.

Un trabajo que nos alegra encontrar y un libro al que uno siempre tendría en la mesa de luz, para contemplarlo e ir conociendo cada vez un poco más de lo que nos rodea. Con la falta que nos hace.

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