Tradición oriental al máximo

Escribe Pepo Garay ESPECIAL PARA EL DIARIO

INVENTARIO/Japón/Kioto

La otrora capital del imperio nipón cobija uno de los patrimonios arquitectónicos más impresionantes del mundo. El plano incluye dos millares de templos, además de castillos, palacios y mucha cultura autóctona

 

1) Templos por 2.000

Conocida extraoficialmente como la “capital cultural” de Japón, Kioto es dueña de uno de los patrimonios arquitectónicos más impresionantes del mundo. Catálogo que encierra nada más y nada menos que alrededor de 2.000 templos y santuarios. Ellos, dedicados mayoritariamente a las dos principales religiones del país del sol naciente: el budismo (aproximadamente el 75% de los templos locales) y el sintoísmo.

Son rincones para absorber costumbrismo nipón a manos llenas y deleitarse con fabulosas construcciones que contienen inmensas torres y pagodas, los clásicos tejados, cantidad de detalles en madera y, como no podía ser de otra manera, deliciosos parque y jardines (que en muchos casos incluyen lagos con fauna local como tortugas, garzas y peces del tamaño de una botella de dos litros).

La lista, ya se dijo, es colosal. Con todo, se podrían destacar nombres como Fushimi Inari, Kinkakuji (o Templo Dorado) y Kiyomizu-Dera, por solo citar algunos.

 

2) Palacios y castillos

Entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, Kioto fue la capital del imperio nipón. Aquellas marcas aún sobreviven en el mapa urbano y no sólo a partir de los ya referidos templos y santuarios. El recorrido por esta ciudad de un millón y medio de habitantes incluye muchos otros íconos de la era feudal, como el Palacio Imperial y varios castillos.

Entre ellos, descuella el notable Catillo de Nijo (referente del Shogunato Tokugawa, principios del siglo XVII). Una joya de casi 30 hectáreas que podría ser tomada como muestra del resto de sus “parientes” y que comprende palacios, deliciosos jardines y mucha impronta ancestral.

Por su parte, el Palacio Imperial (otrora residencia del emperador) se asienta en el corazón mismo de la ciudad, rodeado de dos kilómetros de murallas y de uno de los parques públicos más grandes de la región.

 

3) Distritos con carácter costumbrista

Los aires costumbristas de Kioto no solo se palpan en estructuras grandilocuentes. También respiran en pequeños barrios, donde las casas bajas de madera, el aroma a incienso y el paso de las geishas son una constante.

Al respecto, hay que nombrar al distrito de Gion y a la calle Pontocho. Lugares ideales para sentarse en una tradicional casa de té o en un restaurante a probar el sushi original y por qué no el clásico sake (la bebida alcohólica por excelencia en Japón). El paseo “melancólico” bien podría completarse con la visita a alguno de los mercados artesanales y a la media decena de baños públicos que aún habitan el centro (a no sorprenderse: rodeados de extraños, bañarse desnudo es obligatorio).

 

4) Lo moderno también tiene lugar

Si bien Kioto está muy lejos de presentar el perfil ultramoderno de Tokio, cierto es que varios edificios y algunas particularidades de la vida diaria dan esa idea de siglo XXI recargado que en general exhibe el atrapante mundo Japón.

Un detalle es ver a los taxis como naves, cuyas puertas traseras se abren automáticamente. O el hecho de que los inodoros (incluso los de los bares más humildes) son electrónicos y tienen calefacción en el sector donde uno se sienta (y hasta emiten sonidos si existen deseos de disimular algún ruido desagradable). O contemplar el orden casi militarizado del transporte público y el tránsito en general.

En un sentido más general, emergen ante los ojos los lungos edificios espejados (muchos para una ciudad estándar, poquísimos, de vuelta, en comparación con Tokio), la emblemática Torre de Kioto y la futurista y enorme Estación Central local.

 

5) Escapadas cercanas y naturales, una “monada”

Envuelto en montañas, el plano tiene de vecinos a sitios que bien justifican una pequeña escapada. En rigor parte del mismo ejido urbano, son varios los pueblos que llaman al viajero, con más templos y cultura oriental.

Así y todo, ninguno brilla tanto como Arashiyama. En el oeste (a apenas 10 kilómetros del Palacio Imperial), la aldea perteneciente a la prefectura de Kioto goza de paisajes hermosos, de la mano de cerros amables y el paso del río Katsura, muy de fantasías de imperios y batallas de ninjas y samuráis él.

Además, el pueblo convida con varios templos, su famoso bosque de bambús y el Parque de los Monos. Un emprendimiento donde decenas de macacos se pasean libremente, a centímetros de foráneos a los que les cuesta creer el ensamble, sólo posible a partir del respeto casi religioso que la mayoría de los japoneses tiene por los animales. Otra faceta extraordinaria de un país alucinante.

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