Un emblema sin tiempos

El extinto jefe de Bomberos, retratado durante un acto
El extinto jefe de Bomberos, retratado durante un acto

Escribe Miguel Angel Sponer

BOMBERO VOLUNTARIO

A Juan Carlos, en nombre de muchos que te conocieron

¿Sabe, jefe?, si viera hoy las aguas del Ctalamochita, diría que no son las mismas. Ni la costanera, ni la fuerza del río es la misma. Pero están las mismas compuertas para atestiguar en silencio que el almanaque suele detenerse en determinados acontecimientos en la memoria colectiva.

Así es jefe, difícil explicar que ya pasaron 34 años de aquella tarde calurosa de domingo, un día en el que la gente desandaba la existencia sin la premura del reloj. Y sin saber que las agujas iban a detenerse bajo el sofocante sol aquel 23 de octubre de 1983, para marcar un momento eterno de la vida de la ciudad; para señalar un punto en el recuerdo de tantos habitantes.

Había vidas en peligro en el Balneario que ahora lleva su nombre. El deber lo convocaba y el arrojo lo llevaba en andas, como siempre. Los sacó a flote, los empujó a la orilla y entonces sufrió el golpe de la muerte, que se lo tragó y detuvo el tiempo.

Jefe, usted no se podía ir. Menos en esas aguas que tanto conocía y quería.

La Villa se transformó en una lágrima de agua dulce; una ciudad que repelía las voces que acercaban la noticia de la tragedia.

La dimensión del hombre que conocimos, con quien compartimos y del cual aprendimos la dignidad de una profesión, es la que en ese preciso momento de relojes dormidos, nos hizo comprender que esa persona querida ingresaba en la dimensión de mártir.

Porque los grandes, los forjadores, permanecen entre los suyos y en aquellos sentimientos que forjaron.

Nos enseñó que el peligro no da treguas, que la sensibilidad no se adquiere en ningún mostrador, que la entrega por el prójimo viene en el ADN de cada uno. El suyo, jefe, marcó la diferencia. Es que había nacido para bombero y voluntario, además.

 

Un maestro

A veces nos preguntamos con los muchachos si aparecerá otro emblema como usted: enorme, desinteresado, solidario, leal, de convicciones y sin claudicaciones. Padre y amigo.

Y lo recordamos unos días antes, enseñándonos cómo nadar contra la corriente, la importancia de cuidar una manguera y repitiendo el consabido “estudiá, pibe, estudiá”. Y después, un tronco maldito se le hundió en el pecho. Nunca sabremos cómo fue que llegó hasta la orilla salvando a ese joven, para luego regresar por el otro.

Dudo que le fuera a agradar que le dijéramos héroe, porque no creía en esas cosas. En realidad, nunca se creyó nada que lo diferenciase del resto.

Grande, jefe. Le prometo que hoy, lunes, cerca de las 16, con los muchachos andaremos por las aguas, por ahí cerca de las compuertas. Partiremos desde el cuartel (que está hermoso, con vehículos nuevos y jóvenes que trabajan a la luz de una llama inmortal llamada Juan Carlos Mulinetti).

Si algunas flores le acarician las manos, sepa que fueron arrojadas por aquellos chicos, hoy hombres, que usted educó, disciplinó y conformó como personas.

En cada pétalo está el afecto inconmensurable de estos hijos postizos que nunca abandonamos el uniforme y el de los nuevos integrantes del cuerpo, que se lo ponen como nosotros, con el orgullo de saber que también es el suyo.

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