Un proyecto pionero contra el consumo y la estigmatización

Los programas asistenciales del Estado fueron desarticulados por la falta de fondos, sin embargo la cooperativa logró salir adelante

Con una “Casa Terapéutica Productiva”, la Cooperativa Communitas se encarga de generar proyectos formativos y ocupacionales para personas con padecimientos de salud mental, adicciones o vulnerabilidad social
La Cooperativa Communitas fue ideada y construida a pulmón por jóvenes rosarinos para generar una instancia de inclusión social y laboral de personas con padecimientos de salud mental, problemas de consumos adictivos y situaciones de vulnerabilidad
En 2015, rompió el molde en materia de contención de jóvenes con problemas de consumo de drogas al inaugurar una “Casa Terapéutica Productiva”, un proyecto pionero en el país. La institución se abocó de lleno a la generación de proyectos formativos y ocupacionales -todos remunerados- para posibilitar una inclusión social y laboral.
Los creadores del programa obtuvieron el respaldo del Gobierno nacional. Becas del Sedronar para jóvenes sin asistencia social y financiamiento del Ministerio de Trabajo para fortalecer los talleres productivos: textil, cocina, corte y confección, redacción, luz y sonido.
El proyecto funcionó sin contratiempos durante todo 2015. El cambio de gestión nacional encendió algunas alarmas. La retracción del Estado en materia social golpeó a la cooperativa durante 2016. La altísima inflación se “comió” las partidas del Sedronar y el Ministerio de Trabajo no envió más fondos para reeditar los talleres. Algunos se lograron sostener gracias a la buena predisposición de los profesionales que aceptaron colaborar ad honórem.
Pero a diferencia de los programas asistenciales del Estado, en su mayoría desarticulados por la falta de fondos, Communitas capitalizó los saberes adquiridos en los talleres ocupacionales y se lanzó con éxito al mercado laboral. A puro pulmón, las autoridades crearon convenios tanto con el sector público como privado. Hoy en día, los 50 jóvenes que asisten al Centro de Día tiene una remuneración mensual por sus tareas productivas.
El trabajo textil y gastronómico se consolidó a través de los mercados populares. La revista “Que Sapa” se ganó un lugar en la calle: todos los meses se venden los tres mil ejemplares que se ponen en circulación. El sonido y la iluminación son hoy en día los rubros “estrellas” por la cantidad de eventos de fin de año.
“La posibilidad de desempeñarse en un oficio le cambió la vida a muchos chicos. Muchos de ellos llegaron a la cooperativa con sus derechos vulnerados y hoy están juntando peso a peso para, por ejemplo, comprarse un terreno para construir una casa propia”, contó a Matías Senderey, responsable del proyecto junto a Camila Bettanin.
A su juicio, hay tres variables que se modificaron con respecto a 2015: la retracción del Estado, el hambre que cala cada vez más hondo en los barrios de la periferia y el hostigamiento policial que sufren los jóvenes.
“Nosotros subsistimos por fuerza propia. El Estado nacional se desentendió de la problemática. El retroceso es evidente”, detalla sobre el primero de los puntos. Y completa el panorama: “Vemos un hambre y una necesidad de comida que antes no veíamos, como también un aumento de casos de abusos por parte de las fuerzas de seguridad”.
La experiencia demuestra que la posibilidad de desarrollarse en un oficio quiebra la estigmatización que se arrastra por el consumo problemático. “Buscamos transmitir que el valor y la cultura del trabajo son muy importantes en esta situación. Los resultados que estamos obteniendo avalan esta tesis”, ratificó Senderey.
Fuente: Andrés Actis y Rosarioplus.com

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