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Un suelo bien manejado puede ayudar a prevenir inundaciones

INFORME de la Facultad de Agronomía de la UBA

A mediados de enero en las redes sociales circularon dos videos de un campo sembrado con pasturas en el sur de Córdoba donde había llovido 130 mm en solo cinco horas. Llamaba la atención porque si bien el suelo estaba anegado, se veían enormes burbujas que salían de la superficie del suelo dejando infiltrar el agua. En el segundo video, grabado el día siguiente, podía apreciarse que el agua se había ido. Las imágenes contrastaban con otras que se difundieron al mismo tiempo en distintas zonas donde también habían caído fuertes precipitaciones, pero que permanecían inundadas.

¿Qué diferencia podría haber existido entre este campo y otros que respondieron de un modo tan diferente a las lluvias? ¿El contraste entre ambas situaciones responde solo a las características propias de cada suelo y otros aspectos del ambiente, o también a las prácticas de manejo que se emplean en cada establecimiento?

“Nuestro país es muy vasto y tiene muchas regiones con diferentes características ambientales. Desde el punto de vista del suelo hay regiones más frágiles, que pueden erosionarse y degradarse rápidamente, y otras que tienen cierta capacidad de ser resilientes y soportar un estrés como el de las lluvias intensas. Pero más allá de estas diferencias, en todos los casos es necesario emplear buenas prácticas para conservarlos. Los fenómenos extremos propios del cambio climático, como las fuertes precipitaciones, justamente ponen en evidencia tanto la fragilidad natural del suelo como el manejo al que están sometidos”, explicó Diego Cosentino, investigador de la cátedra de Edafología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) y del Conicet, al órgano de difusión “Sobre la Tierra”.

Al respecto trazó dos grandes líneas de manejos posibles: aquellos establecimientos sembrados con monocultivos, donde los suelos sin cobertura vegetal quedan expuestos durante una gran parte del año a la erosión hídrica y eólica. Y en segundo lugar destacó aquellos planteos que incorporan rotaciones con gramíneas y cultivos de cobertura, por ejemplo, que ayudan a conservar la estructura de los suelos.

“Si un suelo mal manejado recibe lluvias de 100-150 mm por hora, como también pasó recientemente en el norte de la provincia de Santa Fe, puede tener problemas de infiltración, que es la entrada del agua al perfil, y generar inundaciones”, advirtió Cosentino. ¿Cómo sucede esto? “Un suelo arenoso, por ejemplo, tiene un tipo de textura que permite que el agua pase muy rápido. Pero si ha sido trabajado con monocultivos, por ejemplo, se pueden formar una costra impermeable que no deja pasar al agua”.

“Cuando el suelo está desnudo, las gotas de la lluvia pegan directamente sobre su superficie y rompen la estructura de los primeros milímetros. Esto hace que la arcilla se separe del limo y de la arena, y entonces puede formarse una costra superficial (también llamada sello por los especialistas en edafología). Aunque el suelo sea permeable, el agua no va a poder entrar, con lo cual la infiltración va a ser igual a cero”, explicó Cosentino. “Estas situaciones se hacen más evidentes en los momentos estresantes, cuando hay excesos de agua”, agregó.

“En cambio en los suelos bien manejados, con esquemas de rotación que incorporan a las gramíneas, cultivos de cobertura o de servicios, por ejemplo, aparece una importante actividad de las raíces y un mayor contenido de materia orgánica. Estas buenas prácticas mejoran la estructura y permiten que no se forme una costra superficial. El suelo va a ser más saludable, a formar poros y a poder infiltrar, soportando estos grandes factores de estrés”, detalló.

Para finalizar, Cosentino señaló: “Es fácil percibir la falta de algún nutriente en un cultivo, como nitrógeno o fósforo, donde el problema puede resolverse fácilmente comprando fertilizantes en una Agronomía. Sin embargo, pese al impacto que tiene una mala fertilidad física del suelo (falta de poros y compactación, por ejemplo) la solución no es inmediata ni evidente porque no se puede ir a comprar poros a ningún lado. En la Argentina y en el mundo ya se está generando el conocimiento y experiencia para estimular la creación de una arquitectura saludable de los suelos”.

 

Carnes – Diferencian peso de faena

A través de una Resolución de la Secretaría de Agricultura se modificó el peso mínimo de faena diferenciando hembras de machos.

La normativa vigente hasta el 15 de abril establecía como piso 165 kilos de res con hueso. “Desde el punto de vista de la producción ganadera, por razones propias de la biología, la conversión de alimentos a carne es menos eficiente en las hembras que en los machos”, indican en los fundamentos de la Resolución. Aseguran que esa característica “hace imprescindible en el engorde de hembras cumplir con ciertas prácticas productivas y de alimentación sin las cuales se producen inadecuadas relaciones músculo/grasa tanto en la grasa de cobertura como intersticial”, por lo que fijan el mínimo en 140 kilos para las hembras.

Entienden que “fijar para las hembras un límite de peso de faena inferior al de los machos no afecta la producción global de carnes, ya que genera una mejora en la rentabilidad por mejor aprovechamiento de la eficiencia de conversión y una disminución de la necesidad de traslados de hacienda en diversas zonas ganaderas”.

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